lunes 26 de diciembre de 2011

Cristina comienza su segundo mandato



Cristina Fernández asumió días pasados su segundo mandato presidencial en Argentina. Los resultados oficiales indican que la votó el 53%, aunque no aclara que fue el 53% de los votantes y no de todos los ciudadanos, ya que sólo emitió su voto un 76%. Aún así, ganó por mayoría.

Hay varias razones que explican este triunfo, pero me detendré en dos de ellos.

1) Una economía floreciente en su primer mandato.- Claro está que es más fácil el manejo económico cuando se trata de un país con muchos recursos y cuando la coyuntura internacional es favorable. En realidad, la idoneidad en estas cuestiones aparece cuando el país está en una verdadera crisis, y si no vean lo que le pasó a Zapatero en España.

Además, durante su primer mandato Cristina heredó y amplió una política de estado benefactor con los llamados subsidios: la población entera pagaba bastante menos el transporte, el gas, la electricidad o el agua, entre otras cosas, porque el estado se hacía cargo del resto. Claro está que una vez reelegida, y no antes, vino la sorpresa: se acabaron la mayoría de los subsidios, de manera que ahora el grueso de la población debe pagar dos o tres veces más el gas, la electricidad o el agua. Y si el gobierno quiere recortar gastos drásticamente, eso significa que la política económica no es tan buena como parecía.

2) Una oposición que no convence mucho.- Aquí me estoy refiriendo solamente al partido radical, el tradicional oponente del peronismo de Cristina. En los últimos veinte años los radicales, aunque probablemente menos corruptos, han demostrado ser completamente inútiles en materia económica. Los dos presidentes que por entonces pasaron, en medio del enojo popular tuvieron que renunciar antes de tiempo porque no sabían que hacer con la economía. Particularmente dramática fue la caída de De la Rúa en 2001 a raíz de una pésima receta del ministro Cavallo llamada “el corralito”, donde miles y miles de personas perdieron sus ahorros porque los bancos jamás se los devolvieron. Yo me salvé porque, siguiendo el consejo de mi fallecido padre, tenía algunos dólares en el colchón: si los hubiera tenido en el banco los perdía, y si los hubiera guardado en el colchón como pesos argentinos, habría perdido la mitad o más debido a la repentina devaluación de la moneda.

Pablo Cazau. Diciembre 2011.

lunes 19 de diciembre de 2011

El Café Martínez



Paseando por Buenos Aires encontré muchos denominados “Café Martínez”, a los cuales nunca entré porque no me parecían demasiado típico de Buenos Aires, igual que los McDonald. Y los hay también en Chile y Uruguay.
Sospecho cuál puede ser el origen de esta cadena de locales, para lo cual debo remontarme a los finales de la década del 20 a Cannes, en la Riviera francesa, donde se construye el primer hotel verdaderamente grande: el Hotel Martínez. Tenía una pileta de natación pentagonal, pero la gente “bian” no se bañaba en ella porque bañarse estaba mal visto, con lo cual los dueños instalaron alrededor de la pileta mesas, sillas, sombrillas y reposeras para que allí la gente hiciera “sociales”.
Pero en la década del 30 ya la gente comenzaba a animarse al baño, y en lugar de ir a la pileta del hotel iban a la playa mediterránea de enfrente. Viendo que todo el mundo se iba para allá, los dueños del hotel decidieron instalar un “Café Martínez” junto a la playa, que curiosamente tiene el mismo logo que los Cafés Martínez de Buenos Aires.
Moraleja: Si usted quiere fantasear con una vista del Mediterráneo, vaya al Café Martínez, aunque seguramente no tendrá enfrente una playa de arena sino una playa de estacionamiento.
Pablo Cazau. Julio 2011.

Frases varias VIII

No hay pasajeros en la Nave Espacial Tierra; todos somos tripulantes. Marshall McLuhan
No juzgues a nadie por sus parientes. Anónimo
No llores porque ya se terminó, sonríe porque sucedió. G. García Márquez
No maldigas la oscuridad, sólo prende una vela. Anónimo
No me dolieron los golpes. Me dolió que me golpearan. Anónimo
No necesito amigos que cambien cuando yo cambio y asientan cuando yo asiento. Mi sombra lo hace mucho mejor. Plutarco
No pases el tiempo con alguien que no este dispuesto a pasarlo contigo. G. García Márquez
No se desea lo que no se conoce. Ovidio
No siempre advertimos donde está la delicadeza, pero sí notamos su ausencia. Anónimo
No tengo tiempo para tener prisa. John Wesley
No vengarse puede ser también una forma de venganza. Danny Kaye
Nosotros no vemos las cosas como son; vemos las cosas como somos nosotros. Anais Nin
Nunca es demasiado tarde para ser lo que deberías haber sido. George Eliot
Nunca hay viento favorable para el que no sabe hacia dónde va. Séneca
Nunca me enfado por lo que la gente me pide sino por lo que me niega. Antonio Cánovas
Ocúpate de tus propios asuntos. Anónimo
Para encontrar gusto a la vida, no hay como morirse. Enrique Jardiel Poncela
Para hacer negocios no se requiere ingenio, basta con no tener delicadeza. Chevalier de Bruix
Para qué repetir los errores antiguos habiendo tantos errores nuevos que cometer? Bertrand Russell
Para rezar a Dios con devoción no hace falta creer en Dios según los dogmas de ninguna religión. Sometset Maugham
Pasa un tiempo solo todos los días. Dalai Lama
Podemos detenernos cuando subimos, pero nunca cuando descendemos. Napoleón
Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. Pablo Neruda
Prefiero que la gente pregunte porque no hay una estatua mía, y no que pregunte porqué la hay. Catón
Prefiero que mi mente se abra movida por la curiosidad a que se cierre movida por la convicción. G.Spence
Puedes ser solamente una persona para el mundo, pero para alguna persona tú eres el mundo. G. García Márquez

lunes 12 de diciembre de 2011

Remembranzas de un lector-autor-editor aficionado

Ya de chiquito me encantaba escribir. Me acuerdo que a los 9 o 10 años me escondía en el baño a escribir, en una libretita, lo que yo consideraba una novela de aventuras con reminiscencias de Tarzán o de Sandokan.

Por aquel entonces había empezado a leer de todo: comenzando la década del '60 me iba a la biblioteca de la esquina fascinado con las viejas ediciones de Sherlock Holmes y, en mi casa, me devoraba las famosas revistas mejicanas de las cuales aún hoy recuerdo su característico olor. Leía Hora Cero, El Tony, Dartagnan, viajaba a lugares lejanos con el "Corazón" de Edmundo de Amicis y los libros de la colección Robin Hood, como "Hombrecitos", de Louise May Alcott, o "El Eternauta".
Mi padre nos compraba todas las semanas el "Billiken" y el "Patoruzú", y hasta incluso un día me dijo si no quería recibir "El Gráfico". Nunca supe por qué le dije que sí, porque el fútbol no era precisamente algo de mi agrado: tal vez fue porque me hipnotizaba el olor de la tinta fresca.
Otro tanto pasó con aquella legendaria revista "Primera Plana", dirigida por periodistas como Ramiro de Casasbellas y Tomás Eloy Martínez, sólo que aquí, si bien leía alguno que otro artículo, lo que me encantaba era la original diagramación. Y lo mismo me pasaba con el boletín del "Economic Survey" que le robaba cada semana a mi padre de su escritorio.
Más tarde llegaron Ray Bradbury, Edgar Allan Poe, y las novelas de Mister Reeder, de Sexton Blake, de Gastón Leroux, Maurice Leblanc y del Séptimo Círculo, entre otras. También me releí las "Ficciones" de Borges y la "2001 Odisea del espacio" de Clarke. Luego vinieron las revistas pornográficas, que disfrutábamos en casas de amigos lejos de la mirada severa de mi madre, aunque aquí ya había poco y nada para leer. Por entonces también me había fanatizado con la ciencia y me pasaba leyendo y releyendo incansablemente la revista "Tecnirama", el libro de mil páginas de Bunge sobre "La investigación científica" o la "Lógica" de Romero, sin hablar de los cursos que seguía en la Asociación de Amigos de la Astronomía (de la cual era socio) o en el Instituto de Biología Experimental del Colegio Máximo de San Miguel, de lo cual mis padres nunca se enteraron porque querían que me dedicara ¡a estudiar!
De cada cien páginas que leía, escribía una, y poco a poco fui convirtiéndome es un escribidor (o sea, estaba bien lejos de ser un escritor: esto llegó décadas más tarde). Una poesía a mi madre acá, unas rimas para las relaciones del programa "De lo nuestro con humor" por allá, o la letra de una milonga lunfarda más lejos, que inexplicablemente fue seleccionada en un lugar de Internet junto a la de grandes en serio como Discépolo, Carlos de la Púa o Alfredo Le Pera. También presenté en un concurso una crónica de la vida de los cirujas en Buenos Aires, y ni siquiera llegué a los preseleccionados: seguramente fue lo primero que descartaron.
Siempre continué siendo un lector y un autor incansable, pero en un momento dado me agarró el berretín de la edición, y entonces me dediqué a fundar revistitas: las hice en el colegio secundario, en la Acción Católica (donde iba exclusivamente porque tenía amigos, había un metegol, y había chicas buenas pero no de bondad).
Por la década del '70 hice una publicación satírica para la barra de amigos del boliche, dibujé varias historietas con argumento. y por la década del '80 se me dio por hacer una revista barrial impresa en fotocopias, toda escrita por mí. Me levantaba cada mes a las 5 de la mañana a repartirlas casa por casa, y debo haber recorrido cada vez como veinte manzanas diferentes. En la susodicha publicación aclaraba que quien quisiera recibir la revista periódicamente me avisara por teléfono: solamente uno me contestó, y, también a las cinco de la mañana, la seguí dejando en su puerta unos meses más hasta que me pudrí.
Entrando en los '80, obtuve un tercer puesto en un Concurso Internacional de Cuentos, y fundé una revista de 48 páginas, impresa en fotoduplicación, con temas de Filosofía de la Ciencia, Psicología y otras yerbas. Me la pidieron para distribuirla en Mar del Plata pero me la devolvieron medio enojados porque no estaba impresa en Offset y además casi el único que escribía era yo. En fin: salieron cuarenta números y ahí terminaron mis aventuras como editor aficionado. Senté cabeza, terminé mis dos carreras universitarias y paré la máquina cuando obtuve un primer premio científico en la Universidad de Buenos Aires. En el 91 publiqué, por intermedio de una editorial, un libro de Metodología de la Investigación para mis alumnos gracias al aporte económico de mi madre que ya no sabía qué hacer conmigo.
Fui a un taller literario más que nada porque me sentía solo, pero me fui a la segunda vez porque había un tipo que se la pasaba leyendo lo que él había escrito. Seguí escribiendo ensayos sobre el fundamento lógico del conocimiento científico y diseñando experimentos imaginarios que nunca realicé, hasta que hacia el 2007 decidí que lo mío era en realidad escribir relatos imaginarios de diversos tipos.
Por entonces me imaginé en qué acabaría todo esto, y tuve una fantasía recurrente: me veía como un anciano escribiendo historias a la luz de una vela en el medio de una furiosa tormenta por aquello del recrudecimiento del calentamiento global, y que periódicamente me escapaba al bar con los amigos adonde mi hija me iría a buscar para recriminarme que abandonara el cigarrillo.
Escribo “en fácil” y entrego casi todo ya digerido al lector. Aparte de gustarme, ello se debe a una “deformación” profesional. Soy docente universitario desde hace mucho tiempo y encima últimamente también revisor de publicaciones científicas. Como docente explico “en fácil”, y como revisor exijo que el artículo a publicar sea claro y riguroso, además de otras cosas.
Sin embargo en el último tiempo creo estar entrando en una nueva etapa: ahora me propongo no darles todo masticado a los lectores, intentando sugerir mucho más de lo que digo explícitamente. Entre otras cosas, porque a los lectores les gusta también pensar un poco, masticar ellos mismos, lo que da como resultado que un mismo texto tenga tantas interpretaciones diferentes como lectores hay (“polisemia”, como dirían los lingüistas y críticos literarios).
Pablo Cazau. Mayo 2010.

Padres eran los de antes

Mi amigo José Iturriberrigoycoerrotaberricoechea no sólo se casó sino que también se reprodujo, y días pasados me habló de su experiencia como progenitor:
- La verdad es que siempre fui un padre ejemplar. Mis hijos siempre hicieron lo contrario de lo que yo les decía, y por eso siempre les fue muy bien. Si yo les decía que creyeran en la palabra de honor de los demás, ellos jamás le creyeron a nadie. Si yo les decía que nunca debían pagar coimas, ellos sacaban registros de conductor sin exámenes. Si yo les decía que increparan a los distraídos que no daban el asiento a las embarazadas, ellos adherían al "no te metás". Y si yo les decía que debían trabajar duro para tener plata, ellos acumulaban billetes sin mover un dedo.
- Y si no mire a nuestros políticos. Sus beneméritos progenitores siempre les decían que sean honrados, y mírelos ahora: están llenos de guita de origen incierto, tienen cuentas en Suiza y son dueños de hoteles en El Calafate. Qué tiempos aquellos. ¡Padres eran los de antes!
Pablo Cazau. Marzo 2010.

lunes 5 de diciembre de 2011

Me mudé a un ático


Hace dos años me mudé a un ático. En realidad no es más que un vulgar departamento de dos ambientes situado en el último piso, pero si uno se ajusta a la definición de Wikipedia, en realidad es un ático, o sea, “un espacio habitable directamente debajo de la azotea de un edificio”.
Wikipedia agrega también que en edificios modernos suele dejarse el último departamento como un penhouse, “de diseño y lujo muy exclusivo”. Caramba, no sabía que vivía nada menos que en un penhouse, y casi me sentí una estrella de Hollywood. Después de todo es un departamento común y corriente pero tiene un enorme balcón al frente, casi un balcón terraza desde donde puede verse la mitad de Buenos Aires. En realidad, lo que había comprado era un balcón que venía con un departamento.
En edificaciones más antiguas, el ático es un lugar húmedo, caluroso, prácticamente inaccesible y habitualmente destinado a guardar todo lo que uno no quiere tirar. Además, suele aparecer en las películas de terror como el lugar donde moran los fantasmas y se sienten escalofríos en noches de tormenta. Para mí, sin embargo, no es más que un sitio donde uno puede pensar tranquilo sin el fantasma del alquiler. Y por eso estoy feliz en mi ático.
Pablo Cazau. Diciembre 2011.

La televisión en decadencia



Con apenas un día de diferencia han aparecido en los medios impresos dos artículos que podrían tener alguna relación entre sí. Uno fue titulado “En EEUU, Europa y China predomina Internet el desmedro de la TV” (eldiario24.com), y el otro “La desoladora TV argentina” (lanacion.com.ar). El primero se refiere a una estadística objetiva y el segundo a la opinión de un periodista.
Más específicamente, el primero señala que el 61% prefiere navegar por Internet, frente al 54% que elije la pantalla chica, porcentajes que no se cumplen en Latinoamérica, Asia, Oriente Medio y África. Agrega que en Internet la gran mayoría prefiere las redes sociales y una minoría la lectura de noticias. El segundo artículo refiere que la actual TV argentina se hunde en la mediocridad y el desprestigio, haciendo referencia a cuestiones tales como la “tinelización” de la televisión, los realitys shows, el lenguaje vulgar y la interminable repetición de las partes más escandalosas de otros programas.
¿Qué factores están generando la decadencia de la pantalla chica? He aquí algunas respuestas.
1) La culpa no es del chancho sino de quien le da de comer.- Conozco a una mujer muy culta e instruida que, cuando llega a su casa luego de trabajar todo el día, se pone a ver teleteatros en la televisión. “Cuando llego cansada lo único que quiero es entretenerme un rato”, alega en su defensa. En general, la gente prefiere ir de parranda en vez de ir al colegio porque el placer está en la diversión. Es así que la televisión ofrecerá aquello que da más rating, y, por lo tanto, más beneficios económicos. También insume menos gastos producir entretenimiento mediocre que entretenimiento de calidad.
2) La culpa es del chancho.- Conozco a un señor mayor muy exitoso en su trabajo como investigador e incansable lector de arte y ciencia. Él lo atribuye a que cuando era chico en su casa no había televisión ni Internet sino una enorme biblioteca. Así las cosas, el culpable de la decadencia de la televisión sería la televisión misma, incapaz de ofrecer una biblioteca en lugar de diversión barata. Pero claro, si ofrecen una biblioteca del tipo del canal de cable “Encuentros” el rating caerá vertiginosamente y con ello las ganancias, porque la gente buscará la diversión en Internet.
3) La cantidad de televisores y de computadoras conectadas a Internet.- Si conjeturamos que en lugares como Latinoamérica o África hay muchos más televisores que accesos a Internet, ello podría explicar por qué en esos lugares hay más televidentes que internautas. Si además imaginamos que en EEUU, Europa o China existe más o menos la misma proporción, habría que explicar por qué la gente allí prefiere Internet. Una de las muchas razones podría deberse a que al televidente le roban el tiempo, que vale oro: para ver lo que le interesa debe esperar otras noticias e interminables tandas publicitarias, mientras que en Internet puede ir directamente a lo que le interés con una rápida secuencia de clics.
Pablo Cazau. Enero 2011.