Joe Markham observó por milésima vez la placa metálica que se aproximaba por la cinta transportadora. Apretó el destornillador Parker que desde hacía horas tenía en las manos, y por milésima vez ajustó los tornillos A, G y P, tal como le había indicado el supervisor.
Joe había comenzado a trabajar en la fábrica hacía dos años para reemplazar a su padre, quien se jubiló luego de cuarenta años de apretar los tornillos A, G y P con el mismo destornillador Parker que ahora tenía en sus manos.
Era una fábrica enorme. Por lo que Joe podía saber, cubría varias manzanas, y en cada sección se fabricaba una pieza distinta. Sabía que se trataba de una pieza diferente porque había interrogado a sus compañeros de trabajo de las otras secciones al final de la jornada laboral, cuando iban para sus casas.
En realidad, conocía algunas piezas pero no conocía el rompecabezas completo. Cuando empezó a trabajar, el supervisor le dijo que debía ajustar durante cuarenta años los tornillos A, G y P, pero nada le dijo acerca de para qué servía su trabajo, nada le dijo sobre qué se fabricaba allí, nada le dijo sobre cuál era el producto final una vez ensambladas las diferentes piezas. Además, le sugirió no hacer más preguntas de las estrictamente necesarias, tales cómo dónde quedaba el baño o cuándo debía cobrar su salario.
La semilla de la curiosidad fue creciendo lentamente en el cerebro de Joe, hasta que un día se animó, y le pidió a Albert que le dibujara la placa metálica que él ajustaba diariamente en la sección vecina.
Cuando comprobó que la pieza de Albert y la suya propia no encajaban de ninguna manera, siguió pensando que eran piezas de un mismo rompecabezas, sólo que no eran contiguas, razón por la cual, en las siguientes semanas, fue pidiéndoles a otros compañeros de más secciones que dibujaran sus respectivas piezas.
Una noche, en la paz de su hogar, pudo finalmente armar el rompecabezas con todas las piezas, que ensamblaron perfectamente.
Sin embargo, nada tenía sentido. El conjunto no era ni una licuadora, ni un automóvil, ni un telescopio. Era un bloque de placas metálicas perfectamente ensambladas, pero perfectamente inútil. Fue entonces cuando se le ocurrió pensar que la fábrica donde trabajaba era apenas una de las muchas fábricas que, en conjunto, podrían estar construyendo alguna máquina enorme.
En las semanas subsiguientes, robó horas a su descanso para hablar con los operarios de las otras fábricas. Le costó bastante trabajo, porque algunas fábricas estaban muy alejadas.
Pasado un año, su investigación lo condujo a dos conclusiones, la segunda de las cuales resultó más sorprendente aún que la primera. La primera conclusión que obtuvo fue que cada fábrica estaba encargada de construir una gran placa metálica con elementos de plástico y cemento, pero que en sí mismas no tenían ninguna utilidad aparente. Muy pocas de ellas se podían a su vez ensamblar entre sí, pero aún no aparecía ningún artefacto que pudiese tener una función o un sentido. Sin embargo, fue a partir de la segunda conclusión que Joe Markham pudo continuar sus investigaciones.
Ocurrió que, en su visita a las diferentes fábricas, Joe fue descubriendo los límites de la gran ciudad donde vivía. Jamás se le había ocurrido que su ciudad podía tener límites, hasta que los encontró. En su recorrido por las fábricas más lejanas, se dio cuenta de que la ciudad tenía una forma aproximadamente circular, y que más allá de sus precisos aunque irregulares límites, no había... nada. Fue una sensación aterradora. Las calles, las fábricas se interrumpían, y más allá de ellas... ¡cómo explicarlo!, no había ni oscuridad ni luz. Simplemente no había nada, y no me pida el lector que le aclare esto, porque no tengo palabras para hacerlo.
Perplejo, Joe se sentó en el borde de la gran ciudad a meditar sobre este increíble descubrimiento. Estuvo allí varias horas intentando comprender aquel misterio insondable... hasta que advirtió que el borde de aquel sector de la ciudad ¡ensamblaba perfectamente con una de las grandes piezas que construía una de las fábricas!
Al parecer, las fábricas estaban construyendo la ciudad, y también estaban construyendo nuevas fábricas, porque en aquel borde había una fábrica, aún inactiva, a medio construir y cortada por la mitad, y más allá de ella... nada.
Evidentemente, la fábricas viejas estaban construyendo fábricas nuevas, pero... ¿cómo se habían construido las fábricas viejas?
Joe Markham pensó que la gran ciudad donde vivía debió comenzar a construirse por algún lugar y, a juzgar por la orientación y el tiempo que se tardaba en ensamblar las nuevas piezas que cada vez agrandaban más la ciudad, dedujo que todo debió haber comenzado hace millones de años en un punto muy próximo al centro geográfico de la urbe. Hacia allí encaminó sus pasos. El centro de la ciudad era un lugar al que jamás había llegado, aunque no encontró grandes diferencias con el resto de los lugares. Había, eso sí, una fábrica inusualmente grande, mucho mayor a las que conocía, y pensó que allí debía estar la clave del misterio. Por fin podría descubrir qué o quién estaba construyendo la ciudad. Con suerte, para qué lo hacía. Y con más suerte aún, hasta podría llegar a saber qué había antes de comenzar a construirse la gran ciudad.
Ingresó en la fábrica, y encontró muchas secciones donde se fabricaban placas metálicas parecidas. Allí no podría encontrar ninguna solución, por lo que decididamente se encaminó hacia las oficinas centrales.
Atravesó la oficina de personal y la oficina de producción hasta que, finalmente, llegó a una puerta que ostentaba un rótulo dorado: "Presidencia".
Golpeó suavemente la puerta, pero nadie contestó. Finalmente, se atrevió a abrirla e ingresó en un recinto amplio y lujoso, con una gran mesa en el centro, aunque no había persona alguna que pudiese atenderlo.
Además de varios planos de placas metálicas y de algunos cirios encendidos, Joe sólo pudo encontrar sobre el escritorio un cartel que identificaba a su dueño: "E.S. Dios. Presidente. Compañía Constructora de la Realidad".
Pablo Cazau. 1990.