El otro día alguien me dijo con cara de asombro ¿Cómo? ¿No usás celular? ¿Y si te quedás encerrado en el ascensor? No era un vendedor de celulares, sino alguien para quien la vida sin telefonía móvil carecía de sentido.
Lo primero que le contesté fue que no iba a comprarme un celular para la muy improbable contingencia del ascensor y, si acaso me ocurriese algo así, haría como mi anciana madre cuando se quedó largo tiempo encajada entre un piso y otro: luego de haber tocado el timbre del pánico, se puso a dormir una siesta, y aquí no ha pasado nada. Además, unas horas de confinamiento solitario no le vienen mal a nadie para recapacitar acerca de su vida.
Lo segundo que le contesté fue que yo no tenía celular porque podía usar el de los demás, ya que ¿quién no tiene un celular? La otra vez estuve arrastrando a un amigo completamente borracho por la avenida Rivadavia, que por supuesto había perdido el celular, y enseguida varios transeúntes se ofrecieron con sus celulares para llamar a la ambulancia. Finalmente me tomé un taxi y lo llevé a un lugar más seguro, el living de mi casa, hasta que se despabiló y se fue a su covacha.
En otra oportunidad debía comunicarme urgentemente con alguien, estuviese donde estuviese, y le pedí el celular a mi pareja. Asunto resuelto: para eso es mi pareja. Igualmente si me tocaba una pareja sin celular (algo imposible), diría simplemente que no me pude comunicar por falta de celular: tal vez me darían una reprimenda por no estar a la altura del tercer milenio pero nadie saldría muerto.
Lo tercero que le contesté fue que solamente compraría un celular cuando fuese realmente necesario, o sea, si algún día acabara viviendo solo en un rancho sin teléfono fijo, sin vecinos con celular ni extintores de incendios, en cuyo caso podría comunicarme rápidamente con ambulancias, policías, bomberos y seres queridos ante diversas contingencias como ataques cerebrovasculares, mordeduras de serpientes venenosas o avistajes sorpresivos de platos voladores. Claro que todo esto vale siempre y cuando el celular tenga señal en tan aislado lugar, porque da la casualidad que cuando más uno necesita el celular, allí mismo no tiene señal. Ninguna empresa se gastaría miles de dólares para instalar torres transmisoras en el desierto de Atacama para acercarle señal a un sujeto que apenas paga unos dólares por mes.
Sin celular mi vida se simplifica: tengo un gasto menos, no corro el riesgo que me lo roben ni que me robe la compañía telefónica, no recibo mensajes publicitarios, tengo un objeto menos en los bolsillos, no tengo que andar pensando en cargar la batería a cada rato, bajan mis probabilidades de contraer cáncer cerebral y no corro el riesgo de tener una nueva adicción, yo que soy tan propenso a ellas.
Mi interlocutora no se daba por vencida y volvió al ataque: ¿Y si vas viajando solo por la ruta y se descompone el auto en un paraje desolado? A ello le contesté que eso nunca me ocurriría porque no tenía auto, otro objeto inútil. Hasta llegó a preguntarme que hacía yo, siendo médico, si me llamaba un paciente por una urgencia. Le contesté que yo no era médico y, si lo fuera, el paciente llamaría con su celular a la ambulancia, que cuenta con más tecnología que yo. La conversación finalizó cuando me preguntó cómo pediría auxilio si a mi casa entraba un asesino serial, a lo cual le dije simplemente que, con o sin celular, y de no poder defenderme, me habría llegado la hora, sobre todo porque, aunque hubiese pedido una emergencia con el teléfono, ya estaría muerto. Para estos casos sirve más la resignación que la telefonía móvil, y además es gratis.
Luego de haber interrumpido varias veces nuestra perorata porque la llamaban al celular, me hizo finalmente la pregunta que estaba esperando: ¿Y si alguien quiere comunicarse con vos?, a lo cual respondí triunfante que bien podía llamar al teléfono fijo y hasta dejar un mensaje en el contestador por si estaba ausente.
Claro está que hablo a título personal y no sugiero que nadie debería usar celular salvo en circunstancias extremas como quedar varado en una isla desierta o decirle a los seres queridos que los quiere mucho segundos antes que el avión caiga al océano. Cada uno se simplifica o se complejiza la vida a su manera. Yo que pierdo el tiempo mirando los partidos de Newells’s o Gimnasia, ¿qué derecho tengo a criticar a los que pierden el tiempo mirando fijamente el celular en todo el trayecto del colectivo mientras mueven frenéticamente el dedito sobre las teclas?
Pablo Cazau. Junio 2011.


