lunes 31 de octubre de 2011

¿Cómo? ¿Vos no usás celular?

El otro día alguien me dijo con cara de asombro ¿Cómo? ¿No usás celular? ¿Y si te quedás encerrado en el ascensor? No era un vendedor de celulares, sino alguien para quien la vida sin telefonía móvil carecía de sentido.
Lo primero que le contesté fue que no iba a comprarme un celular para la muy improbable contingencia del ascensor y, si acaso me ocurriese algo así, haría como mi anciana madre cuando se quedó largo tiempo encajada entre un piso y otro: luego de haber tocado el timbre del pánico, se puso a dormir una siesta, y aquí no ha pasado nada. Además, unas horas de confinamiento solitario no le vienen mal a nadie para recapacitar acerca de su vida.
Lo segundo que le contesté fue que yo no tenía celular porque podía usar el de los demás, ya que ¿quién no tiene un celular? La otra vez estuve arrastrando a un amigo completamente borracho por la avenida Rivadavia, que por supuesto había perdido el celular, y enseguida varios transeúntes se ofrecieron con sus celulares para llamar a la ambulancia. Finalmente me tomé un taxi y lo llevé a un lugar más seguro, el living de mi casa, hasta que se despabiló y se fue a su covacha.
En otra oportunidad debía comunicarme urgentemente con alguien, estuviese donde estuviese, y le pedí el celular a mi pareja. Asunto resuelto: para eso es mi pareja. Igualmente si me tocaba una pareja sin celular (algo imposible), diría simplemente que no me pude comunicar por falta de celular: tal vez me darían una reprimenda por no estar a la altura del tercer milenio pero nadie saldría muerto.
Lo tercero que le contesté fue que solamente compraría un celular cuando fuese realmente necesario, o sea, si algún día acabara viviendo solo en un rancho sin teléfono fijo, sin vecinos con celular ni extintores de incendios, en cuyo caso podría comunicarme rápidamente con ambulancias, policías, bomberos y seres queridos ante diversas contingencias como ataques cerebrovasculares, mordeduras de serpientes venenosas o avistajes sorpresivos de platos voladores. Claro que todo esto vale siempre y cuando el celular tenga señal en tan aislado lugar, porque da la casualidad que cuando más uno necesita el celular, allí mismo no tiene señal. Ninguna empresa se gastaría miles de dólares para instalar torres transmisoras en el desierto de Atacama para acercarle señal a un sujeto que apenas paga unos dólares por mes.
Sin celular mi vida se simplifica: tengo un gasto menos, no corro el riesgo que me lo roben ni que me robe la compañía telefónica, no recibo mensajes publicitarios, tengo un objeto menos en los bolsillos, no tengo que andar pensando en cargar la batería a cada rato, bajan mis probabilidades de contraer cáncer cerebral y no corro el riesgo de tener una nueva adicción, yo que soy tan propenso a ellas.
Mi interlocutora no se daba por vencida y volvió al ataque: ¿Y si vas viajando solo por la ruta y se descompone el auto en un paraje desolado? A ello le contesté que eso nunca me ocurriría porque no tenía auto, otro objeto inútil. Hasta llegó a preguntarme que hacía yo, siendo médico, si me llamaba un paciente por una urgencia. Le contesté que yo no era médico y, si lo fuera, el paciente llamaría con su celular a la ambulancia, que cuenta con más tecnología que yo. La conversación finalizó cuando me preguntó cómo pediría auxilio si a mi casa entraba un asesino serial, a lo cual le dije simplemente que, con o sin celular, y de no poder defenderme, me habría llegado la hora, sobre todo porque, aunque hubiese pedido una emergencia con el teléfono, ya estaría muerto. Para estos casos sirve más la resignación que la telefonía móvil, y además es gratis.
Luego de haber interrumpido varias veces nuestra perorata porque la llamaban al celular, me hizo finalmente la pregunta que estaba esperando: ¿Y si alguien quiere comunicarse con vos?, a lo cual respondí triunfante que bien podía llamar al teléfono fijo y hasta dejar un mensaje en el contestador por si estaba ausente.
Claro está que hablo a título personal y no sugiero que nadie debería usar celular salvo en circunstancias extremas como quedar varado en una isla desierta o decirle a los seres queridos que los quiere mucho segundos antes que el avión caiga al océano. Cada uno se simplifica o se complejiza la vida a su manera. Yo que pierdo el tiempo mirando los partidos de Newells’s o Gimnasia, ¿qué derecho tengo a criticar a los que pierden el tiempo mirando fijamente el celular en todo el trayecto del colectivo mientras mueven frenéticamente el dedito sobre las teclas?
Pablo Cazau. Junio 2011.

Frases varias VII

Malgasté el tiempo y ahora el tiempo me malgasta a mí. Shakespeare
Más doloroso que aprender de la experiencia, es no aprender de la experiencia. Lawrence Peter
Más vale un abrojo de experiencia que toda una selva de advertencias. James Russell Lowell
Mezcla a tu prudencia un grano de locura. Horacio
Mi conciencia tiene para mí más peso que la opinión de todo el mundo. Marco Tulio Cicerón
Mientras los necios deciden, los inteligentes deliberan. Plutarco
Muchas personas son lo bastante educadas como para no hablar con la boca llena, pero no les preocupa hacerlo con la cabeza vacía. Orson Welles
Muy a menudo, casi siempre, callar es también mentir. Joan Fuster
Nada es tan peligroso como un buen consejo acompañado de un mal ejemplo. M. de Sable
Nada grande se ha realizado nunca sin entusiasmo. Emerson
Nada impide tanto el ser natural como el afán de parecerlo. François de la Rochefoucauld
Nada se olvida más despacio que una ofensa; y nada, más rápido que un favor. Martín Luther King
Nadie habla de nosotros en nuestra presencia como en nuestra ausencia. Pascal
Nadie se burla del que se ríe de sí mismo. Séneca
Nadie se nos montará encima si no doblamos la espalda. Martin Luther King
Ningún tonto se queja de serlo; no les debe de ir tan mal. Noel Clarasó
Ninguna persona merece tus lágrimas, y quien se las merezca no te hará llorar. G. García Márquez
No dejes que una pequeña disputa dañe una gran amistad. Dalai Lama
No existe nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado su tiempo. Víctor Hugo
No hay condición tan baja que no tenga esperanza; ninguna tan alta que no inspire temores. Lin Yutang
No hay más realidad que la imagen ni más vida que la conciencia. Azorín
No hay mayor señal de ignorancia que creer imposible lo inexplicable. Bilard
No hay nada que los hombres más deseen conservar y menos cuiden que su propia vida. Jean de La Bruyère
No hay necios más insoportables que aquellos que tienen algún talento. François de la Rochefoucauld
No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió. Sabina

lunes 24 de octubre de 2011

Besos respetuosos

Siempre me llamó la atención cómo a veces la gente expresa sus sentimientos diciendo “te mando un beso y un abrazo, con todo respeto, claro”. ¿Es que hay besos irrespetuosos? ¿Qué significa este agregado de “con todo respeto”? He aquí que puede significar muchas cosas, o varias de ellas:
a) “No vayas a pensar que me estoy haciendo un levante”.
b) “No quiero que mi pareja ni los demás piensen, al leer esto, que me estoy haciendo un levante”.
c) “Quiero que pienses que voy despacio en el levante y, aunque esté pensando en la cama, no quiero que creas que soy un/una sexópata”.
Parece estar claro que un beso respetuoso no es un beso de lengua sino un beso en la mejilla, y que en un abrazo respetuoso la mano no llega allí donde la espalda pierde su honorable nombre. Y además es un beso entre dos conocidos o amigos generalmente de diferente sexo que no tienen relación de parentesco. Hoy nadie le dice a un padre, una madre o un hijo que le manda un beso con todo respeto. Se supone que la prohibición del incesto es tan fuerte que ni falta aclarar eso del “con todo respeto”.
La gente también puede decir “te mando un cordial saludo”, con lo cual no hay necesidad de agregar “con todo respeto”. Lo del cordial saludo suele significar simplemente que “no somos enemigos”. Y así, mientras el beso con “con todo respeto” frena el sexo, el “cordial saludo” frena la agresividad.
Un abrazo a los lectores. Con todo respeto, claro.
Pablo Cazau. Junio 2011.

Qué es un buen gobierno



Nunca hice una encuesta científica preguntando qué es un buen gobierno, pero intuyo que habrán tantas respuestas diferentes como encuestados.
Algunos dirán que un buen gobierno es aquel en el cual “a mí me fue bien en el trabajo y gané plata”, sin importar mayormente si aumentó o no la pobreza de la población. Está claro que el hecho de haberle ido bien a alguien poco tiene que ver con la calidad de un gobierno.
A quien le robaron varias veces dirá que un buen gobierno es aquel que resulta eficaz en materia de seguridad, y a quien se le murió un hijo en un hospital público dirá que un buen gobierno cuida la salud de los habitantes.
El radical o el peronista dirán que buenos gobiernos son los de extracción radical o peronista. Otro dirá que un buen gobierno es aquel a quien el presidente le cae bien como persona. También está claro que un buen gobierno poco tiene que ver con un partido o con una simpatía personal.
Un socialista sostendrá que el buen gobierno distribuye equitativamente la riqueza, un anarquista que no existe ningún buen gobierno, y otros más prudentes que un buen gobierno sólo puede juzgarse al final, cuando la mayoría lamenta el alejamiento del presidente tal como ocurrió en Chile y en Brasil.
Para otros un buen gobierno reparte dinero en vez de trabajo, pero como dijo Adrian Rogers ya en 1931, “Todo lo que una persona recibe sin haber trabajado para obtenerlo, otra persona deberá haber trabajado para ello, pero sin recibirlo. El gobierno no puede entregar nada a alguien, si antes no se lo ha quitado a alguna otra persona. Cuando la mitad de las personas llegan a la conclusión de que ellas no tienen que trabajar porque la otra mitad está obligada a hacerse cargo de ellas, y cuando esta otra mitad se convence de que no vale la pena trabajar porque alguien les quitará lo que han logrado con su esfuerzo, eso... mi querido amigo...es el fin de cualquier Nación. No se puede multiplicar la riqueza dividiéndola”.
No existen los gobiernos perfectos, pero sí hay gobiernos mejores que otros. Sin embargo, mucho más importante que un buen o mal gobierno son los sistemas de elecciones de los gobiernos. Un ejemplo típico lo constituye Arabia Saudita: exteriormente parece una monarquía porque hay un Rey, pero las decisiones las toma un Consejo, incluyendo la decisión de remover a un Rey y reemplazarlo por otro. Fue así que en un determinado momento le quitaron el poder a un Rey que gobernaba mal, y se lo dieron a otro que gobernó bien, como el Rey Faisal. Entre otras cosas, el consejo considera que gobernar mal es dar prioridad a los lujos del gobernante, y gobernar bien dar prioridad a las necesidades del país, incluyendo sus habitantes, sean de la clase social que sean, y abrirse pragmáticamente al mundo evitando quedar encerrados en dogmas religiosos o ideológicos de cualquier tipo.
En Argentina, un ejemplo de mal gobierno fue el primer gobierno peronista, y aún así rescato sus logros sociales: es que su gobierno en general benefició a los pobres y perjudicó a los ricos, o sea, no gobernó para todos. Ello no me hace ni peronista ni antiperonista. De hecho cuando hablo con un peronista le doy el ejemplo de cómo en aquella época mi padre compró una casa para vivir, se la ocuparon unos inquilinos que nunca pagaron el alquiler y terminó malvendiéndola. Y cuando hablo con un antiperonista le pregunto cuánto cobra de aguinaldo: alguno me contestó que recibía 2000 pesos en junio y otros 2000 en diciembre, respondiéndole entonces que el aguinaldo fue un invento de Perón del año 45, y a él tenía que agradecérselo.
Finalmente, oigamos la opinión científica. Un gobierno es una organización, y muchos psicólogos organizacionales sostienen que una buena organización es aquella que es capaz de adaptarse eficazmente a los cambios del entorno (por ejemplo a la economía mundial), y que es capaz de conciliar los intereses de la organización y de los individuos que la integran (por ejemplo del bien público y el bien privado).
Pablo Cazau. Diciembre 2010.

lunes 17 de octubre de 2011

Desventuras en el video club



Harto de ver siempre las mismas cosas en los canales de cable, decidí días pasados incursionar en el viejo hábito de visitar el video club del barrio para ver si había algo nuevo y mejor. En un negocio de estos uno se siente como un bombero que hurga entre la basura a ver si encuentra alguna joya.

De las seis películas que alquilé, solamente dos eran más o menos digeribles, con lo cual el porcentaje de basura era de un 66%, bastante menor que el 90% de basura de los canales de cable.
Aún así, la experiencia fue escalofriante. Lo que parecían películas de suspenso resultaron ser versiones yanquis de culebrones mexicanos incluyendo mujeres despechadas, hombres indecisos, traiciones y mentiras familiares envueltas en argumentos tan complejos que para entenderlos se requería por lo menos un Máster en Interpretación de Guiones. Por momentos pensaba que la trama era más difícil, y entonces terminaba rompiéndome la cabeza averiguando qué se había querido decir. En otros momentos pensaba que era más fácil, lo que hacía que nunca terminara de entender el final.
¿Es que acaso usted no sabe elegir una película en un video club?, podrá increparme el lector. Bueno, yo hice lo que hacen casi todos: si quiero una película de suspenso voy a la góndola donde está el cartelito “Suspenso” y una vez allí leo el resumen argumental en la cajita de plástico. Fue así que seleccioné una película que parecía prometer porque hablaba de un hombre que ve a una mujer por la ventana en otro edificio, tiene un breve romance con ella y luego desaparece como por arte de magia para reaparecer luego de dos años en una confitería. La caja de plástico agregaba que a partir de allí el protagonista “descubre una trama de intrigas con un imprevisible desenlace”. Al final terminó siendo un vulgar culebrón que hubiese entrado mejor en la categoría “Drama romántico light”.
Claro, el hombre del video club leyó rápidamente lo de trama de intrigas con final imprevisto y sin pensarlo dos veces lo puso en la góndola de suspenso. Para colmo, mi ingenuidad me llevó a creer en el resumen del argumento, que me defraudó porque entre otras cosas el final no era imprevisible. Tampoco caí en la cuenta que, según estos resúmenes, todas las películas eran casi la mejor de la época: nadie va a escribir que son un verdadero bodrio.
Desde entonces tengo pánico de entrar a un video club y encontrar una comedia en la góndola “Terror” o una porno en el género “Infantiles”.
Terco como soy, volví por última vez al video club adoptando otra estrategia. Les pregunté si tenían tal película, pero invariablemente no la tenían ni podían conseguirla. También les pregunté si tenían documentales, y el hombre me miró como preguntándome de qué planeta venía y estuve a punto de contestarle que venía de “Animal Planet”. Luego me enteré que las documentales se venden en ciertos y determinados lugares que por cierto no estaban cerca de mi barrio ni al alcance de mi bolsillo.
Pero como dijo el electricista, todo tiene su lado positivo. Como en mis conversaciones mi frase más creativa es “Ajá”, las películas alquiladas me enseñaron algunas ingeniosas frases de guiones hollywodenses para impresionar de una vez por todas a mis interlocutores, tales como “Tengo una cita con mi novia. ¿Cómo, no me dijo que era casado? Sí, pero no le dije que era perfecto”. O también: “Te pareces mucho a mi próxima novia”. Últimamente dejo perpleja a mi esposa cuando le digo que la pizza me gusta pero yo no le caigo bien a ella, o a algún entrometido que me pregunta ¿”Y usted en qué se ocupa?, contestándole “En nada. Gano dinero”. Claro está, siempre recordando esos diálogos cinematográficos que casi nunca reflejan las conversaciones reales de las personas.
En medio de tanta película sin pies ni cabeza, a mí también se me quemó la cabeza pero al menos me quedaron los pies. ¿Y qué podía hacer sin la cabeza y con los pies, además de jugar en Gimnasia y Esgrima? ¡Irme de vacaciones! Desde entonces me la paso en la piletita Pelopincho de mi casa mirándome los pies y el paisaje urbano de la foto con las pocas neuronas que sobrevivieron al holocausto cinematográfico.
Pablo Cazau. Enero 2011.

La privacidad con los contactos en las redes sociales


Una de las necesidades importantes de los usuarios de las redes sociales es poder publicar cosas para que las vean determinadas personas o conjuntos de personas y no otros, lo cual es fácil de resolver en la vida real. Por ejemplo, si queremos publicar un chiste verde, podemos estar interesados en que lo vean solamente el conjunto de “amigos”, pero no el conjunto de “colegas” o el conjunto de “familiares”. En la vida real esto se resuelve fácilmente contando el chiste verde solamente en una reunión de amigos, pero en las redes sociales de Internet puede ocurrir que, por impericia o ignorancia, el chiste verde llegue a cualquiera.
Tiempo atrás, antes de la aparición de Google+, la red social de Google, Facebook ofrecía al usuario la posibilidad de agrupar o clasificar sus contactos en conjuntos: amigos, compañeros de trabajo, familiares, ex compañeros de colegio, etc, pero esta opción no era tan evidente y muchos no se daban cuenta que podían hacer estas clasificaciones que Facebook denominaba “listas”.
Cuando finalmente aparece Google+, estos conjuntos de contactos pasan a un primerísimo primer plano de manera tal que el usuario no podía dejar de utilizarlos, y Google los llamó “círculos” en vez de “listas”. Así, se podían crear círculos diferentes como amigos del club, compañeros de universidad, etc., ofreciendo también la posibilidad de ubicar de manera muy simple a una misma persona en dos círculos diferentes.
La respuesta de Facebook no tardó en llegar: reconfiguraron la interfaz de manera tal que fuese más fácil y evidente para el usuario la utilización de este sistema de clasificación de contactos, aunque no llegaron a ser tan centrales, visibles o explícitos como en Google+.
La creación de las listas de Facebook o los círculos de Google+ contribuyeron a perfeccionar la privacidad: ahora el usuario puede publicar algo para que lo lea solamente determinada lista o determinado círculo. Con este sistema, un usuario Casanova puede crear un círculo llamado “novias” y enviarles solamente a ellas un mensaje del tipo “sos la única mujer de mi vida”. En la vida real el Casanova puede hacerlo diciéndoselo a cada novia por separado, y el único riesgo es que algunas de ellas se conozcan entre sí y se cuenten lo que les dijo un mismo hombre. El riesgo también existe en Internet, si acaso algunas novias son contactos unas de otras.
Tampoco es necesario integrar una red social para enviar información a determinadas listas o círculos. Mucha gente utiliza el correo electrónico para enviar determinados Power Points a determinadas personas y no a otras gracias a un servicio que ofrece Gmail y otros webmails, donde la denominación ya no es listas o círculos sino “grupos”. Por ejemplo, se puede enviar un Power Point oficialista al grupo de los contactos oficialistas o, incluso, al grupo de los gorilas de la oposición.
Pablo Cazau. Octubre 2011.

lunes 10 de octubre de 2011

La espera en los consultorios

La gente ya ha comenzado a entender que esperar indefinidamente en el consultorio del médico o el dentista es un mal necesario que hay de soportar estoicamente. Probablemente la causa principal de esta tortura sea el afán de lucro de los profesionales, que creen poder atender cinco minutos a cada paciente cuando en realidad, por uno u otro motivo, ellos están siempre más tiempo y al médico poco le importa que a los de la sala de espera los devore la ansiedad.
Claro está que la solución sería solicitar el primer turno del día, cosa imposible porque casi siempre hay alguien que ya se nos adelantó o es el horario donde uno está trabajando. Y es así que llegamos a la sala de espera como a las cinco de la tarde y nos encontramos con diez pacientes que inmediatamente fijan nuestra atención en nosotros como diciéndonos: “Jodete hermano: aquí tenés todavía para dos horas”, y quizás hasta alguno sonría socarronamente o se sienta feliz porque hay alguien en peores condiciones que él.
Estudios realizados sobre confinamiento solitario en cárceles o lugares inhóspitos revelan que tarde o temprano el confinado hace algo para no volverse loco. Y el profesional, para evitar que ello suceda, ofrece las llamadas revistas de consultorio que, además de transmitir bacterias y virus y estar todas rotas, generalmente contienen noticias viejas o temas que a nadie interesan (una vez encontré una revista de hace cuarenta años y me la llevé para venderla como antigüedad). Y menos mal que no puso revistas médicas con ejemplos de pacientes moribundos y fotos de tumores en la cabeza.
Llama la atención que nadie haya colocado el Quijote o el Martín Fierro, habida cuenta de las interminables horas de espera. Así podrían mantenerse largamente entretenidos, siempre y cuando no haya niños que griten desaforadamente y muevan continuamente la silla donde uno está sentado. Es el momento donde uno quisiera estar en el desierto de Atacama, el lugar más árido y aburrido del planeta.
El paciente tiene no obstante otras opciones de entretenimiento, como por ejemplo armar un rompecabezas haciendo corresponder las tapas sueltas con sus correspondientes revistas, o colocar las páginas en orden en una revista completamente desarmada. También puede iniciar alguna conversación con otra víctima, o escuchar conversaciones ajenas, aunque generalmente esto no ocurre porque todos están callados reeditando aquella época infantil donde uno no hablaba porque estaba enojado.
En muchos consultorios hay alguna silla para sentarse, pero otras veces no sólo uno debe permanecer parado, sino que además debe mantenerse fuera del consultorio, o sea en la vereda, como he observado repetidamente en una ciudad entrerriana de visité hace poco: Colón. Al menos allí corre un poco de aire y evitan las calurosas temperaturas de la sala, donde invariablemente no hay aire acondicionado.
Las salas de espera ofrecen también la posibilidad de escribir aquella novela que nunca se tuvo tiempo de escribir, de imaginar cómo uno remodelaría la horrible decoración de la sala, o de ser admirado y envidiado por los demás cuando por fin los llama el médico y se ingresa triunfante en su consultorio. De hacer palabras cruzadas mejor olvidarse, porque en las revistas ya están todas resueltas. También es posible aprovechar el tiempo haciendo una siesta, aunque con el riesgo de estar dormido cuando llegue el turno de ser atendido: los médicos deberían colocar sillas eléctricas que envíen una descarga cada diez minutos para mantener alerta a la víctima.
Ahora entiendo por qué las personas que van a visitar a médicos y dentistas se llaman pacientes.
Pablo Cazau. Abril 2011.

Mi amigo empezó de arriba

Mi amigo José Iturriberrigoycoerrotaberricoechea es todo lo contrario del famoso self made man norteamericano de la posguerra, o sea, del tipo que empezó de abajo y luego terminó enriqueciéndose a costa de trabajar de sol a sol como un negro.
Aquí en la Argentina, en lugar de ir de abajo hacia arriba mi amigo José comenzó desde arriba y se fue cada vez más abajo. En efecto, cuando era niño se creía Superman, y se la pasaba tirándose del balcón para neutralizar a los malvados. Más tarde, con tantos moretones bajó un poco de categoría, y empezó a ser Batman, que no tenía superpoderes ni se tiraba desde la azotea. Luego fue Robin, y, terminando la adolescencia, ya estaba tan abajo que se creía uno de los payasos de Titanes en el Ring.
Conforme fue pasando el tiempo se recibió de ingeniero, que por supuesto ganaba menos que la Momia de Titanes en el Ring, pero luego fue bajando todavía más hasta llegar a taxista, donde se convirtió en un superhéroe de las calles capaz de esquivar motos a 100 kilómetros por hora y colectivos que venían de frente. Finalmente llegó a la escala más baja de todas, cuando se convirtió en jubilado, y de hecho se hizo hacer una remera como la de Superman, sólo que en vez de la S se puso una J. Como jubilado superhéroe del bolsillo fue capaz de las cosas más increíbles que hasta el mismo Hombre Araña le envidiaría, como por ejemplo vivir durante un mes con apenas 300 pesos.
Pablo Cazau. Diciembre 2010.

lunes 3 de octubre de 2011

Misterio en Groenlandia



Buscando con el Google Earth o, en Internet, con el Google Maps, puede visualizarse la extraña estructura que se ve en la imagen satelital al sur de Groenlandia, que tiene entre 80 y 100 kilómetros de longitud. No parece ser una formación natural, pero, ¿entonces qué es? Aquí arriesgamos algunas conjeturas:
a) Es el monolito de 2001 Odisea del Espacio; b) Es otra área 51 tapada con una lona negra para evitar a los curiosos; c) Es un entretenimiento que ofrece Google a los ufólogos; d) es un agujero negro rectangular fugado del Centro Colisionador de Hadrones de Ginebra.
Más o menos 300 kilómetros hacia el noreste hay una estructura similar pero de un color anaranjado o algo parecido. ¿Un depósito de zanahorias?
Pablo Cazau. Junio 2011.

¡Qué país generoso!

La única cosa inteligente que dijo Tinelli fue una frase que suele atribuírsele: ¡Qué país generoso!, refiriéndose, claro está, a nuestra Argentina. Tal vez lo haya dicho porque fue este país que le permitió pasar en pocos años de humilde muchacho del pueblo de Bolívar a exitoso empresario del espectáculo.

Pero la verdad de su afirmación va más allá de su biografía porque, ¿en qué otro país se puede afanar libremente y seguir impune? En la Argentina, donde la violencia circula de arriba hacia abajo (los más ricos le afanan a los demás), y circula de abajo hacia arriba (los más pobres le afanan a los demás), mientras que los del medio se afanan entre ellos. Y en un país donde todos afanan a todos está asegurada la equitativa distribución de la riqueza, un privilegio que pocos países en el mundo tienen.
En la Argentina no somos xenófobos extremos como en los países del Primer Mundo (EEUU, Europa) dado que, al haber una gran cantidad de vagos, recibimos muy generosamente a cualquiera que quiera trabajar en serio: décadas atrás eran los inmigrantes europeos, y hoy son los paraguayos, bolivianos, peruanos, coreanos y africanos. No se entiende entonces cómo los argentinos que quieren trabajar y progresar en serio se vayan a otros países.
Hace cien años los inmigrantes eran recibido generosamente en un hotel gratuito a cargo del estado, el Hotel de Inmigrantes- Hoy, son recibidos por una mafia de delincuentes creadores de villas miserias que les “venden” terrenos públicos a precios irrisorios en parques ubicados hasta en la misma ciudad de Buenos Aires, a pocos minutos del Obelisco. Somos tan generosos que dejamos que cualquiera se adueñe de las propiedades del Estado y monte su propia inmobiliaria enriqueciéndose de la noche a la mañana.
En la Argentina no hay volcanes, huracanes de grado 4 o 5 ni terremotos jodidos como en Japón donde cada tanto uno destruye nada menos que una ciudad entera, y casi todo el territorio nacional es un inmenso jardín sólo comparable al paraíso, donde se puede disfrutar de hermosos paisajes y producir los alimentos que uno quiera, sin hablar de la abundancia del agua y de los megayacimientos de gas recién descubiertos en Neuquén, y que abastecerán al mercado interno durante los próximos 50 años.
En la Argentina no lloramos como en Brasil o Chile a los presidentes que han terminado sus mandatos aclamados por todo el pueblo, sino que recibimos generosamente a cualquier inútil que quiera gobernar, mientras premiamos con una abultada jubilación al inútil anterior. Si esto no es generosidad, ¿qué carajo es?
Tan generoso es el país que permite a cualquiera que maneje un auto o un colectivo hacer los desastres que quiera, y deja que los políticos gasten todas sus energías en dirimir sus internas sin preocuparse por el bienestar de los habitantes, que ya está asegurado porque cualquiera que quiera trabajar y progresar en serio, puede hacerlo.
¿En qué otro país podemos estudiar gratis la primaria, la secundaria y la universidad? ¿En qué otro país podemos cometer las infracciones y contravenciones que querramos porque, a pesar de las leyes, no hay nadie que las controle? ¡Qué país generoso!
Quien esto lee podrá acusar al autor de defensor fanático del oficialismo, o tal vez de estar enrolado en las filas de la oposición, o quizás de derechoso, izquierdoso, socialista, comunista, conservador, gorila o anarquista. Tan generoso es este país que cualquiera puede opinar cualquier cosa de los demás sin el menor fundamento. Pero la realidad es distinta: el autor de esta nota no es ninguna de las cosas anteriores sino apenas un ciudadano más, asustado de tanta generosidad porque el día de mañana seremos uno de los países más codiciados y saqueados de todo el planeta.
Pablo Cazau. Diciembre 2010.