La gente es considerada “mejor” o “peor” en cualquier arte, oficio, deporte, delito u otra actividad por insignificante que sea, como la habilidad para cortarse las uñas. Muchas de tales actividades pueden juzgarse como mejores o peores en base a patrones bastante objetivos: un buen pintor no ensucia, distribuye la pintura uniformemente, hace el mismo trabajo en menos tiempo y por menos dinero, sabe elegir los tipos de pintura y herramienta para cada superficie, etc, etc. En función de todo ello empieza a ser valorado por quienes contrataron sus servicios, momento a partir del cual agregamos a la lista de criterios para decidir si es mejor o peor el hecho de ser más recomendado que otros. La mejor publicidad suele ser la recomendación, porque allí no se miente.
Sin embargo existen ciertas otras actividades cuyas producciones son etéreas, subjetivas y que impactan de muy diferente manera al público, lo que hace más difícil y caprichoso juzgarlos como mejores o peores. El ejemplo típico lo encontramos en el arte, y más concretamente en cualquiera de ellas: la literatura, la pintura, la escultura, la danza, el teatro, el cine, la arquitectura o la música, por citar solamente las más conocidas. El arte no está destinado a resolver una cuestión práctica del tipo pintar una casa, sino a gustar, impactar, generar placer estético y estas cuestiones ya son mucho más subjetivas porque no todos tienen los mismos gustos ni las mismas sensibilidades.
Uno podría decir que alguien es “mejor” artista porque su obra le gusta a más cantidad de personas, pero como nadie hizo una estadística científicamente confiable al respecto, de momento no hay manera de saber quién es el mejor. Otro podía decir lo contrario: que el “mejor” artista es juzgado como tal por una minoría lo suficientemente calificada como para juzgar su calidad. En estos casos no sólo no hay estadísticas sino que encima la expresión “calidad” es muy ambigua y puede significar cosas muy diferentes para distintas personas. Otro camino sin salida.
También habrá quienes juzgan quien es mejor artista a partir de cuán difundida está su obra, cuántos libros vendió o cuánta gente fue a sus representaciones artísticas, cuestión que depende muchas veces no tanto de si el artista es mejor o peor sino del marketing y el azar mismo, entendiendo aquí por tal un montón de factores que nada tienen que ver con la obra artística en sí. Por ejemplo hay artistas lo suficientemente adinerados o apadrinados como para montar toda una estrategia de difusión que lo vuelven más conocidos, y, por lo tanto, “mejores” según algún razonamiento popular. En el fondo la cuestión depende de otra más básica: quién califica a quién. ¿Quién dice que Fulano es mejor artista que otro? ¿Zutano? ¿Y quién dice que Zutano está calificado para juzgar la obra de un artista? ¿Perengano? ¿Y quién es Perengano para juzgar esto?, y así sucesivamente.
Otros dijeron que un “mejor” artista es quien ha ganado más concursos, pero, ¿quiénes conforman el jurado? ¿Solamente los “eminentes” o los “especialistas”? ¿Y quién dice quiénes son los “eminentes”? En otros casos la selección de jurado ha sido más cauta, y han intervenido no sólo “eminentes” sino también el público en general.
Es indudable que todos nosotros necesitamos de alguna manera saber quiénes son los mejores y los peores, porque a la hora de elegir qué obra de teatro ir a ver o a la hora de comprar un libro nos sentimos indecisos, y necesitamos que algún otro nos diga cuáles son los mejores, incluso aunque hayamos tenido varias experiencias previas donde hemos sido defraudados. Es así que aparece una especie nueva: los llamados “expertos”, muchas veces designados arbitrariamente como tales por ellos mismos.
Analicemos más en detalle todas estas cuestiones tomando como referencia una de las artes como ejemplo: la literatura.
b) Los “grandes” en literatura
En lo que sigue me referiré especialmente a novelistas, cuentistas, dramaturgos, poetas, etc, aficionados o profesionales, malos o buenos que han decidido incursionar en una de las actuales ocho o nueve artes: la llamada literatura. Quedan entonces excluidos quienes escriben textos científicos o filosóficos, documentos jurídicos, crítica literaria e incluso los alumnos que escriben machetes para copiarse o amas de casa que escriben la lista de cosas para el supermercado. Claro está que las diferencias no son a veces tan nítidas como en algunos escritos de Nietszche, que para algunos son más poesía que filosofía, y para otros al revés.
El tema es demasiado amplio y no tengo la pretensión de ser exhaustivo, limitándome a desglosar el tema en forma de posibles respuestas a varios interrogantes.
1) ¿Quiénes son los grandes escritores? Si hacemos esta pregunta a un conjunto de personas tomadas al azar, seguramente encontraremos respuestas muy diferentes: algunos dirán Shakespeare o Borges, tal vez para no pasar como incultos o desubicados, otros dirán Julio Verne, Emilio Salgari y hasta Agatha Christie o J. K. Rowling, la autora de la prolífica saga de Harry Potter.
Si elegimos que quien decide quienes son los grandes escritores es el público en general, bastará con hacer una encuesta y las estadísticas dirán quienes son los más nombrados, que entonces pasarán a ser los más renombrados. Claro está que enseguida saltarán algunos autodenominados críticos literarios o denominados Licenciados el Letras por la Universidad que dirán que el público no está calificado para apreciar una obra de arte porque no tienen la suficiente formación y/o sensibilidad para hacerlo, sobre todo si la encuesta revelara a Corín Tellado como una de las más grandes escritoras.
La literatura popular es a veces descalificada o denostada por ciertas personas porque no tiene una misteriosa propiedad llamada “calidad literaria”. Se trata de un tipo de literatura que es consumida por una gran cantidad de gente, entre otras cosas porque su lectura resulta fácil y entretenida. En ella suelen incluirse las novelitas románticas, historias policiales, de terror o de ciencia ficción, y las letras “livianas” de muchos temas musicales. Esta cuestión de inscribe dentro de otra más amplia, relacionada con la diferencia entre la cultura de élite (principalmente los críticos literarios) y la cultura popular (toda la gente). ¿Usted eligió a Shakespeare? Entonces pertenece a la cultura de élite. ¿Usted eligió las novelitas románticas de Corín Tellado? Entonces está anotado con la literatura popular.
Sólo por curiosidad decidimos entonces realizar la encuesta únicamente a quienes son considerados -por quien sea- más calificados para apreciar una obra de arte. Aunque no hice tal encuesta, sospecho que nuevamente encontraremos respuestas disímiles aunque no tan diversas. Encontraremos quizás más Cervantes, Cortázares o Joyces que Bram Stokers o Sidney Sheldons. Claro está que siempre entran en esta competencia quienes hayan publicado, porque tal vez ande por ahí escondido algún “genio” literario que nunca dio a conocer su obra.
En este punto no sabemos si darle la razón al público en general o a los “especialistas”, lo cual nos lleva a la siguiente pregunta.
2) ¿Qué criterios se utilizan para decidir cuándo alguien es un gran escritor? No quiero volver a utilizar el truco de la encuesta, que probablemente arrojaría respuestas diferentes en la cultura popular y la cultura de élite. Alguno dirá que es el que más ejemplares vende, y aquí los autores de la Biblia se llevarían las palmas. Otro dirá que es el más entretenido o divertido, y aquí acumularía puntaje Pepe Muleiro, autor de libros sobre chistes de gallegos. Otro dirá que grandes escritores son los que aparecen siempre en los manuales de literatura o en los diccionarios enciclopédicos. Otro dirá que es aquel que puede llegar a muchas clases de lectores porque sus escritos son susceptibles de muchas interpretaciones diferentes, y aquí podría acercarse al podio Abbott, el autor de Flatland (Planolandia). Otro dirá que es aquel capaz de escribir sobre temas conocidos con un enfoque totalmente original, y entonces tal vez andaría en los primeros puestos Mary Shelley, cuando recreó la vieja leyenda tantas veces “versionada” de Prometeo (si se me permite el neologismo) en la novela que da vida al monstruo de Frankestein. Opiniones similares hablan del sujeto capaz de transformar una anécdota en una historia interesante como sostiene el cuentista Monterroso, conocido entre otras cosas por haber escrito el cuento más corto del mundo en apenas siete u ocho palabras. Tal vez yo esté equivocado y este cuento sea muy interesante: repito, no soy crítico literario.
Otro dirá que alguien es un gran escritor cuando va más lejos rompiendo todos los esquemas y creando nada menos que una nueva forma de escribir, y aquí no sé realmente a quién poner porque no soy crítico literario, pero probablemente estos “grandes” escritores serían calificados como “maravillosamente transgresores”. Otro dirá con aire circunspecto que un gran escritor tiene “calidad literaria”, una misteriosa característica que, cuando le preguntamos por ella, nos devuelve un discurso inentendible que habla de “sentidos trascendentes” o “estéticas espirituales” (?). Otro, como un editor, dirá que es aquel que deja más dinero, con lo cual estarían entre los primeros puestos varios como Sidney Sheldon y le mencionada Rowling. Otro, incapaz de decidir por sí mismo, dirá que los mejores escritores son los que eligió su papá, su hermano o su pareja. Otro dirá que un gran escritor es aquel que escribe para sí mismo, no para el lector, lo cual nos lleva a la siguiente pregunta.
3) ¿Los grandes escritores escriben para ellos mismos, para los lectores, o para ambos? Nuevamente habría que hacer aquí una encuesta entre los grandes escritores, cosa difícil, habida cuenta de los muchos criterios que hay para decidir si alguien entra o no en la muestra de los grandes. En lugar de ello, valga la siguiente digresión.
Es posible que algún “gran” escritor diga que escribe para sí mismo, y aquí la lógica indicaría que debería guardar todo lo que escribe en un cajón cerrado o en un librito con candado tipo diario íntimo, pero sin embargo se preocupa por publicarlo o por intervenir en concursos literarios. Si hace esto es porque también escribe para lectores, aunque más no sea por su dinero o por su admiración, según que el escritor tenga una tendencia codiciosa o narcisista.
También están quienes escriben únicamente para otros: son los llamados “escritores fantasmas”. En mi caso personal, escribo primero para mí, y segundo para los lectores, porque primeramente la historia debe convencerme, gustarme o emocionarme, y a partir de allí abrigo la esperanza que a los lectores también les gusten mis líneas no tanto por una comprensible cuestión narcisista como por el hecho de poder hacer felices a otros con algo como la lectura.
Otra situación interesante es aquella donde los grandes o pequeños escritores escriben para “determinados tipos” de lectores. Corín Tellado seguramente pensará en las soñadoras histéricas que gustan de recrear romances increíbles en sus fantasías. Alguien como yo, cuya profesión oficial es la docencia, pensará en alumnos, y entonces los textos, literarios o no, serán lo más claros y explicativos posibles. Otros tal vez, cuya actividad principal es ser coordinador de un taller literario pensarán en el lector como un alumno al que hay que aleccionar o estimular para que sea un gran escritor, lo cual nos lleva a la siguiente pregunta.
4) ¿Qué hay que hacer para ser un gran escritor? Primero de todo hay que elegir un criterio de calidad o un conjunto de ellos. Si ser un gran escritor significa ser leído por multitudes, deberá comenzar por invertir mucho dinero en editoriales y promociones, anotarse en concursos importantes, y quizás, sólo quizás, algún día tenga suerte. Si ser un gran escritor significa escribir con “calidad”, podrá ir a algún taller literario cuyo coordinador le definirá arbitrariamente lo que se entiende por tal. También puede arriesgarse a crear sus propias reglas personales de escritura o bien a imitar el estilo de los considerados “grandes” y dedicarse a redactar pastiches o, si uno es más prudente, consultar a un especialista en literatura, lo cual nos lleva a la siguiente pregunta.
5) ¿Quién decide quiénes son los especialistas en literatura? Para mucha gente los grandes escritores son los que eligen los especialistas, llámense críticos literarios, coordinadores de talleres, profesores de literatura o aun otros escritores. Pero, ¿quién decide quiénes son estos “especialistas”? Porque como en todas las actividades humanas siempre están los que saben y los que no saben. En algunas cuestiones la cosa es muy simple: un “gran plomero” es un tipo que siempre te arregló bien las cosas, incluso las que no pudieron arreglar otros plomeros. Pero decidir cuándo alguien es un “gran político” o un “gran escritor” el asunto es más difícil, como procuré ilustrar en esta nota.
En el caso de los coordinadores de talleres literarios, mañana mismo yo, que estoy lejos de ser un buen escritor, puedo autoproclamarme coordinador en algún centro cultural y tal vez logre tener alumnos. En este caso el título de especialista me lo he puesto yo mismo y nadie puso objeciones. En el caso de los críticos literarios, estos son designados por editores que a su vez no son críticos literarios, pero que les parece que el sujeto en cuestión puede andar porque sus comentarios parecen medidos y objetivos (?). En el caso de los profesores de literatura, presumiblemente ellos obtienen el título porque han demostrado en los exámenes muchos conocimientos sobre autores y estilos pero nada de percibir cuándo alguien es un “gran” escritor. Y si lo hacen, lo evalúa otro profesor de literatura, con lo cual todo esto sigue hasta el infinito. En el caso del escritor mismo, finalmente, también podrá ser el responsable de la editorial el encargado de evaluarlo (o tal vez algún jurado en un concurso), incluso a pesar de la gran cantidad de veces que se equivocaron rechazando sistemáticamente autores que luego consagraron otros y terminaron siendo de los “grandes”.
Más allá de todas estas cuestiones, los escritores escriben como se les canta, pero deberán atenerse a las repercusiones de su producción: “escribe maravillosamente”, “podría escribir mejor”, “nunca será un buen escritor”, “prefiero leer a Corín Tellado”, etc, apreciaciones siempre relativas porque en un territorio como es la literatura donde suelen recalar la creatividad y las transgresiones a las reglas, ¿quién tiene derecho a calificar a quién? ¿Tal vez podría contratarse a algún psicólogo especialista en creatividad para contar con una opinión mínimamente fundamentada?
Si comienzan a abundar los buenos comentarios, provengan de la cultura de élite o de la gente común, sepa el autor que estará bien encaminado si acaso pretende algún día ser un “gran escritor”, sea cual fuere el significado de esta expresión. Y respecto de los lectores, en lo personal y como tal puedo saber quién es un gran plomero pero no aún quién un gran escritor, conformándome por ahora con aquellos que, como Arthur Clarke o Maurice Leblanc, sigo releyendo siempre a pesar del paso de las décadas. Mientras tanto Shakespeare, Alfonsina Storni, Pizarnik y otros consagrados por el establishment como “grandes” siguen no existiendo porque me he quedado dormido del aburrimiento al intentar leerlos. Y es que tengo un cerebro liso que funciona muy primitivamente: un autor me gusta o no me gusta, me conmociona o no me conmociona, me hace pensar o no me hace pensar, independientemente de si es considerado un “grande” o no por una élite que se apropió del derecho a decidir sobre la misteriosa característica denominada “calidad literaria”.
6) ¿Alguien puede ser un “gran” escritor solamente por una de sus obras? Hay autores considerados “grandes” por una sola obra que escribieron, como Lewis Carroll por “Alicia en el país de las maravillas”, sea que hayan escrito otras cosas o solamente esa. Claro está que también están aquellos que son elevados de categoría por el conjunto de toda su extensa obra, aunque siempre habrá entre todas una que es la mejor, pasándose a llamar entonces su obra maestra.
7) ¿Los “grandes” escritores son buenas personas? El periodista y escritor español Juan Cruz Ruiz ha escrito un libro llamado “Egos revueltos”, donde describe las vanidades, miserias, miedos y ambiciones de varios “grandes” escritores, tal vez para ilustrar que no son seres de otro planeta sino humanos falibles como nosotros o el vecino. Aprovechando esto, no han de faltar algunos que con tal de criticar o ensalzar algún “gran” escritor revela sus debilidades o virtudes como ser humano. Un escritor no es grande o pequeño por sus grandezas o defectos personales, y si lo es, será grande o pequeño por la forma en que ha sabido expresarlas literariamente.
Pablo Cazau. Diciembre 2010.