lunes 18 de julio de 2011

Mi amigo el irlandés



A diferencia de los parientes, a los amigos uno los elige, y he aquí que, allá por mi juventud, cayó en la volteada un irlandés por quien terminé teniendo un gran afecto.

Un par de años mayor que yo, vestía siempre una ropa desaliñada y lucía una pipa con la cual debió haber nacido. Por supuesto tenía una larga barba, pero no era una barba cualquiera: él jamás se había afeitado en su vida, y los pelos seguían creciendo impertérritos. Se pudo salvar de la colimba porque se hizo el loco: su hermana psicóloga le dijo exactamente qué tenía que responder en los tests. Y se salvó nomás.

En una ocasión pasó por la estación Devoto del Ferrocarril San Martín, y el policía, viendo su deplorable aspecto de pordiosero, le negó el paso. Ni corto ni perezoso, mi amigo se fue a la comisaría del barrio y pidió hablar con el comisario para solicitarle un ‘salvoconducto’ (sic) para poder pasar por la estación, ya que él era un ciudadano honorable (salvo por lo de la colimba). El salvoconducto le fue extendido y desde entonces pudo pasar por la estación sin ningún problema.

En otra ocasión hizo una apuesta con sus amigos a que podía atravesar la puerta de la discoteca Red Body, toda de vidrio, sin abrirla. Arremetió con violencia contra la misma sin siquiera sacarse la pipa, y terminó todo cortado por los vidrios en el hospital Zubizarreta. Supuestamente con la ganancia obtenida tuvo que pagar los vidrios rotos.

El irlandés tenía una enorme cantidad de hermanos, pero como casi todos ya se habían casado, pasaba sus días en el enorme caserón paterno que compartía con una hermana soltera refugiada en el altillo, a salvo de sus locuras.

No vaya a creerse que mi amigo era un iletrado. De hecho, era un estudiante avanzado de ingeniería química, y como tal había instalado en el living una destilería casera con la cual fabricaba un excelente vino que compartía muchas noches con sus amigos. Fue de las pocas ocasiones en que lamenté ser abstemio, pero bueno, alguien tenía que llevar por la madrugada a los borrachos a sus respectivas casas. Algunas veladas caían unos vecinos octogenarios con sus guitarras, y a la luz de la luna se la pasaban cantando unos tangos raros de la época del Centenario que ni Gardel debía conocer. Mi amigo cantaba tan mal que cuando abría la boca todos nos tapábamos los oídos con algodones que teníamos preparados para esa contingencia.

El caserón de mi amigo fue también mi aguantadero. Cuando mi padre me echaba de mi casa, me recorría todo Buenos Aires y por la noche me iba a dormir a la casa del irlandés, donde camas vacías no eran precisamente algo que faltara.

Una aciaga noche de comienzos de la década del ’70 llegaron a mi casa mi amigo el irlandés y otro amigo más, igualmente estrambótico. Iban manejando un Ford Falcon todo destartalado y además estaban medio beodos, cosa que no me asustó mucho porque en aquel entonces ni la alcoholemia existía y manejar borracho era lo más natural.

- ¿Adónde vamos?- pregunté ingenuamente, aun sabiendo que los proyectos de mis amigos no se extendían más allá de los dos minutos.

Me dijeron que me subiera atrás y que no hablara, que iban a hacer un ‘operativo’. En el camino me explicaron que íbamos (o sea yo también) a entrar en la mansión derruida de los Blaquier, en Palermo, por la esquina de Luis M Campos y Olleros. Claro que no eran ladrones: simplemente querían llevarse algunos recuerdos.

La mansión palermitana en cuestión era enorme, estaba vacía y carecía de puertas y ventanas. Estaba enclavada en lo alto de una colina y rodeada de abundante vegetación selvática. Luego de hurgar concienzudamente en todos los recovecos, finalmente nos llevamos un ladrillo refractario de la chimenea que decía “Made in England”, y el enorme resorte del ascensor.

Sin embargo, esta no es la anécdota. Apenas traspasamos la enorme puerta de rejas, empezamos a recorrer un sendero que subía en medio del tupido follaje. De pronto, vimos una luz de linterna que venía descendiendo de lo alto, e inmediatamente nos escondimos entre las plantas. Pero lo hicimos mi otro amigo y yo, porque el irlandés se quedó parado en el sendero esperando al supuesto guardián.

Y a un par de metros de distancia, pudimos presenciar el fatídico encuentro. El supuesto centinela eran dos intrusos, un hombre y una mujer recién casados a juzgar por sus vestimentas, que habrán querido tener alguna aventurilla en aquella mansión. Inmediatamente mi amigo se plantó delante de ellos y les espetó:

- ¿Qué hacen ustedes aquí en una propiedad privada?

Los pobres novios no sabían qué decir y hasta pidieron perdón. Con el aspecto exótico que tenía el irlandés no dudaron ni un instante que debía ser el dueño del castillo, o por lo menos el mayordomo, y acto seguido huyeron presurosos por la calle Olleros.

¡Qué quiere que le diga! Con amigos así la vida tiene otro color.

Pablo Cazau. Agosto 2009.

Curiosidades varias

Los diestros viven en promedio nueve años más que los zurdos (Fuente desconocida).

La envergadura de un Boeing 747 es superior que la longitud del primer vuelo de los hermanos Wright (Fuente desconocida).

Miguel de Cervantes Saavedra y William Shakespeare, los más grandes exponentes de la literatura hispana e inglesa respectivamente, murieron el 23 de abril de 1616.

Hay personas que son alérgicas al agua, y si sus manos permanecen mojadas un par de minutos, se cubren de ronchas (Revista Descubrir).

Henry Ford y Adolf Hitler se admiraban mutuamente. Cada uno tenía en su escritorio un retrato del otro (Revista Descubrir).

Según los médicos es más importante saber cuánto piensa que durmió anoche que lo que realmente durmió (Revista Descubrir).

Recopilación Pablo Cazau. 2007.

lunes 11 de julio de 2011

El diploma de inteligente

Si usted se hace cosquillas a sí mismo no se ríe, pero sí lo hace cuando otros le hacen cosquillas. Para muchas personas sucede lo mismo con la inteligencia: no sirve que uno se crea inteligente, porque lo divertido es que los demás lo consideren como tal.

Si quiere tener un diploma de inteligente para andar mostrándolo aquí y allá nada mejor que intentar asociarse al club Mensa, creado en la década del ’40 y con filiales en todo el mundo, e integrado por sujetos autodenominados como los más “inteligentes” del planeta. Hasta llegó a ser parodiado por la serie de Los Simpson, cuando Lisa logró una vez ingresar al mencionado club.

Hace tiempo ya que conozco este club, y siempre me recuerda al elitista Platón cuando había creado la Academia para seleccionar ciertos sujetos elegidos por sus cualidades superiores, y también al filósofo Nietzsche, uno de cuyos libros llevaba por nombre “Por qué soy tan inteligente”. Un amigo me decía que lo único que le faltaba para ser perfecto era ser humilde, y por eso me extraña que nadie todavía haya fundado el club de los más humildes o los más perfectos.

Un tal Vulej, presidente de Mensa en Argentina, sostiene que “la inteligencia no te garantiza nada, ni la genialidad, ni la felicidad ni tampoco el éxito” (Clarín, 12/4/11), lo cual me lleva a preguntarme para qué carajo entonces sirve la inteligencia, salvo quizás para ostentar algo frente a los demás o resolver acertijos. Hay individuos con autoestima tan baja que necesitan que los demás los reconozcan como inteligentes, por no decir que no son más que payasos engreídos.

Por su lado un tal Tello, miembro fundador del club en el mismo país considera que las personas con tanta inteligencia son “como francotiradores, tiran respuestas raras y exóticas que el grupo no acepta”, lo cual puede inducirnos a pensar que la inteligencia es una forma del delirio esquizofrénico.

En Argentina Mensa funciona más como un club de amigos que una vez por semana se reúnen a jugar al TEG, el scrabble o sólo sentarse en torno a una mesa redonda a mantener discusiones inteligentes (Clarín, 12/4/11). En el reportaje no se mencionan otras actividades, lo cual lleva a pensar que poco tienen que ver con un objetivo original del club: contribuir al bien común de la sociedad.

Para entrar al club hay que rendir un “test” resolviendo en poco tiempo acertijos, rompecabezas y ejercicios lógicos. La prueba no dice cuánta inteligencia se tiene: sólo califica para estar o no entre los más inteligentes. Si uno quiere además conocer su coeficiente intelectual, debe cumplimentar otro test que vale unos 300 pesos. Todo esto significa al menos dos cosas: a) que entre ellos no compiten a ver quién es más inteligente (de hecho tienen prohibido exhibir su número de coeficiente intelectual), pero claramente se ponen por encima de los menos inteligentes, y b) que el club Mensa es también un buen negocio para vender credenciales de inteligente.

Si usted no logró entrar al Mensa, todavía tiene otra opción aunque más sacrificada: iniciarse en el ajedrez y llegar a ser una figura internacional en el juego ciencia, porque el imaginario popular considera que el ajedrecista es un tipo muy inteligente, cuando no un genio. Sin embargo investigaciones científicas actuales demostraron que esto no es necesariamente así cuando comprobaron que el cerebro de una campeona mundial de ajedrez utilizaba en su juego un sector del lóbulo occipital habitualmente destinado al reconocimiento de rostros humanos: el lóbulo fusiforme.

Para decirlo en simple, todos podemos reconocer y distinguir una enorme cantidad de caras, y a partir de allí saber si es una cara amiga o enemiga. Utilizando el mismo esquema, el cerebro humano puede distinguir infinidad de posiciones de juego y recordar qué posiciones llevan a triunfar o a perder. Es decir, el cerebro no realiza ningún cálculo lógico de combinaciones en términos de movimientos de piezas: el ajedrez es más una cuestión de memoria que de inteligencia.

Lo bueno que tiene el club Mensa, a diferencia de otras muchas organizaciones, es que no joden a nadie, y constituyen simplemente una curiosidad más de esa compleja realidad llamada ser humano que lleva a ciertas personas a demostrar que son inteligentes con la pertenencia a un club más que con pensamientos o acciones inteligentes.

Pablo Cazau. Abril 2011.

Gotic Magazine Número 1


Pablo Cazau. Junio 2010.

lunes 4 de julio de 2011

Nuestros múltiples espejos



Cuando volvemos de vacaciones y nos ponemos a mirar las fotos, lo primero que nos interesará será nuestra propia imagen, “para ver cómo salimos”. Recién después miramos a las demás personas, y finalmente terminamos desinteresándonos de las fotos, que quedarán sepultadas por años en algún cajón. Tan importante es nuestra propia imagen que, incluso si los demás salieron genial, la rompemos porque aparecimos con alguna arruguita. Y lo mismo pasa cuando miramos un espejo.

Incidentalmente, Wallon descubrió que esta secuencia es inversa en los bebés. Al principio no les interesan los espejos, luego atenderán a las imágenes de los otros como su mamá o papá, y finalmente, a partir de los ocho meses, comienza a interesarse en su propia imagen.

Hasta aquí destaquemos una primera conclusión: lo que más nos interesa de un espejo o una foto es nuestra propia imagen. Alguna vez habrá oído el lector el chiste del gallego que pasa por una estación de ferrocarril, se mira en el gran espejo del hall y reflexiona "Yo a este lo conozco de algún lado". Se queda pensando durante un minuto, hasta que finalmente exclama: "¡Ya sé!... ¡Lo conozco de la peluquería!...".

Lo más curioso de todo es que estas cosas suceden no solamente con los espejos o las fotos, sino también con muchos otros equivalentes del espejo: otros seres humanos, notas publicadas en internet, películas, pinturas, canciones, etc. ¿Por qué nos interesan especialmente ciertos seres humanos, ciertas notas, películas o canciones? Porque operan como espejos: en algún punto nos vemos reflejados en ellos, estamos frente a nuestra propia imagen. Una película nos conmueve porque quizás al protagonista le pasa lo que me pasó a mí, la nota de un blog nos atrapa porque habla de los celos, y ocurre que somos muy celosos. Una persona puede interesarnos especialmente porque hemos visto que le gusta el chamamé como a nosotros, o sea, nos hemos visto reflejados en ella.

El mundo en general es un gran espejo que nos interesa, entre otras razones, porque en él hay cosas donde podemos vernos reflejados. A veces, ese mundo suele ser la única oportunidad que tenemos de descubrir cosas de nosotros mismos, ya que nunca podríamos vernos la espalda si no fuera por el espejo.

Pablo Cazau. Junio 2011.

Frases varias IV

Entre dos hombres iguales en fuerza, el más fuerte es el que tiene la razón. Pitágoras

Es difícil saber quien nos hace las peores jugadas, si los enemigos con las peores intenciones o los amigos con las mejores. Lord Lytton

Es esto de las estrellas el más seguro mentir; porque ninguno puede ir a preguntárselo a ellas. Quevedo

Es imposible traducir la poesía. ¿Acaso se puede traducir la música? Voltaire

Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio. Einstein

Es más fácil juzgar el talento de un hombre por sus preguntas que por sus respuestas. Duque de Levis

Es mejor imponer a los niños reglas para que las rompan, que no imponerles ninguna regla. Tipper Gore

Escribir es realizar el pensamiento. Domingo Sarmiento

Establecemos reglas para los demás y excepciones para nosotros. La Rochefoucauld

Estar en paz consigo mismo es el medio más seguro de comenzar a estarlo con los demás. Fray Luis de León

Gran parte de la vitalidad de una amistad reside en el respeto de las diferencias, no sólo en el disfrute de las semejanzas. James Fredericks

Habla lento, pero piensa rápido. Anónimo

Háblame para que yo te vea. Séneca

Hacer preguntas es prueba de que se piensa. Rabindranath Tagore

Hay dos maneras de llegar al desastre: una, pedir lo imposible; otra, retrasar lo inevitable. Francisco Cambó

Hay tres cosas que nunca se vuelven atrás: la flecha lanzada, la palabra pronunciada y la oportunidad perdida. Darwin Chalidi

Hazte amigo de ti mismo y nunca te sentirás solo. Maxwell Maltx

Hoy se podría definir el progreso como la facultad de la humanidad para complicar lo sencillo. Thor Heyerdahl

Jamás interrumpas cuando estés siendo halagado. Anónimo

Juzga tu triunfo por lo que tuviste que dar para lograrlo. Dalai Lama

La adolescencia es como una mudanza: un desorden temporal. Julius Warren

La amabilidad es la forma más segura del desdén. Heinrich Böll

La amistad duplica las alegrías y divide las angustias por la mitad. Francis Bacon

La amistad es más difícil y más rara que el amor. Por eso, hay que salvarla como sea. Samuel Becket

La belleza sin gracia es un anzuelo sin cebo. Ninón de Lenclos