La lectura de los posmodernos me estimuló para plantearme algunos interrogantes, tales como: a) ¿Están verdaderamente expresando nuevas ideas, o sólo se trata del mismo vino con un nuevo envase? y b) ¿Por qué han decidido utilizar lenguajes tan intrincados?, y mi reflexión me llevó por los siguientes derroteros.
a) La realidad es mucho más vasta que el lenguaje que la describe. De hecho, periódicamente aparecen nuevas palabras para nuevas realidades, y el lenguaje afortunadamente está preparado para ello. Así, por ejemplo, de las expresiones “parro”, “perro”, “pirro”, “porro” y “purro”, sólo la segunda, la tercera y la cuarta designan realidades, mientras que las otras están aún esperando nuevos sentidos. Una excelente oportunidad para los saqueadores de neologismos.
¿Tal vez los posmodernos emplean neologismos para referirse a nuevas realidades o a ideas verdaderamente originales? ¿”Deconstruir” significa realmente algo original? No lo sé, pero tengo la fuerte sospecha que ellos no dicen nada nuevo. Es una buena pregunta para hacerles, aunque corremos el riesgo que intenten respondernos con más lenguaje intrincado.
Cuando decimos que la realidad es mucho más vasta que el lenguaje que la describe decimos también que la realidad es mucho más compleja y, tal vez, azarosa, lo cual no deja de producir angustia en el observador. En sus intentos por superar esta angustia, es que el hombre decide organizarla de algún modo, introducir un orden en el desorden, tal como alguna vez lo planteó Kant en su Crítica de la Razón Pura. Si el intento produce un discurso claro, estaríamos distorsionando la realidad, pero, si introducimos un lenguaje oscuro, tal vez esté representando mejor la realidad, y tal vez esta sea la intención o parte de la intención de los escritores oscuros: la objetividad.
b) La cuestión de porqué los posmodernos decidieron armar textos tan singulares está directamente vinculada con las funciones del lenguaje. Antes de continuar, notemos que el lenguaje posmoderno sólo es singular en un sentido semántico, porque en un sentido sintáctico sigue siendo bastante convencional. Esto significa que lo destacable son las palabras raras con significados indeterminados (aspecto semántico), pero sin embargo combinadas en oraciones por lo general correctas (aspecto sintáctico). Parecería como que las intenciones de los textos posmodernos fueran ser lo suficientemente claros como para ser entendidos por la sintaxis, pero lo suficientemente oscuros como para que la traducción quede reservada a unos pocos ‘elegidos’.
Entre las funciones que podríamos asignar al lenguaje se cuentan la seducción, la transmisión ideológica, la definición de la pertenencia, la comunicación, y la construcción de realidades.
Si usted quiere seducir a alguien, puede intentarlo diciéndole las mismas pavadas de siempre pero de una manera llamativa y original. Si en lugar de decir “todos los seres vivos terminan muriéndose” dice que “los flujos vitales terminan difuminándose en la inexorabilidad del cosmos”, probablemente alguno de sus lectores creerá que usted es un genio y terminará seduciéndolo intelectualmente (y quizá hasta sexualmente). Y si elige un nombre francés del tipo Jean-Jacques Guattaraux, tendrá el éxito asegurado. ¿Serán los autores posmodernos unos seductores empedernidos que buscan nuevos derroteros para fascinar al prójimo?
El lenguaje sirve también para transmitir ideologías con afanes proselitistas. Si usted pretende dar a entender que ser posmoderno es algo muy bueno, nada mejor que hablar elegantemente como tal, y el lector poco a poco se irá convenciendo que podría quedar rezagado en el tiempo si no decide pronto pensar como un ‘posmo’, sea lo que fuere lo que esto signifique, adoptando definitivamente el lema “para qué hacer las cosas fáciles cuando pueden ser difíciles”.
El lenguaje define también el grupo de pertenencia del sujeto hablante. Si yo pretendo mostrar que pertenezco al grupo de los posmodernos, hablaré en posmoderno y ello me permitirá, no sólo definir mi identidad, sino también ser reconocido por los otros miembros del grupo y hasta incluso conseguir un puestito en alguna cátedra, opción ésta última que nada tiene de posmoderna y que seguramente fue practicada por los anquilosados aristotélico-tomistas del siglo XIII. Del mismo modo, el padre que pretende ser un adolescente hablará como un adolescente, a riesgo que sus hijos se mueran de risa por sus intentos de hacerse el joven cuando en realidad es un viejo de mierda.
Otra función del lenguaje es la comunicación, es decir, el intercambio de información entre dos cerebros humanos. En este punto, estoy tentado de afirmar que nuestros posmodernos han violado flagrantemente el primer axioma de la comunicación humana (Watzlawick y otros, 1981), por cuanto ellos dan la impresión de 'querer' comunicarse pero no quiere aceptar el compromiso inherente a toda comunicación. Precisamente una de las formas de ‘no comunicarse’ es descalificando la comunicación mediante autocontradicciones, incongruencias, oraciones incompletas, malentendidos, lenguaje oscuro, interpretaciones literales de la metáfora o metaforización de expresiones literales, etc, todos trucos donde no se dice nada diciendo 'algo'.
Pero, ¿porqué los posmos no desearían comunicarse, o al menos comunicarse con ‘todas’ las personas, incluso con los que no son posmodernos? Menudo problema que alguna vez develará la ciencia de la psicología.
Finalmente, el lenguaje es también un constructor de realidades. Cuando el paciente se identifica con un diagnóstico sucede algo de esto. Si el psiquiatra nos dice brutalmente que tenemos una depresión endógena, y bueno… empezamos a deprimirnos y además trataremos que nuestra depresión sea lo más grave posible, habida cuenta del enigmático aunque amenazante rótulo ‘endógena’. Del mismo modo, cuando nuestros posmodernos nos arrojan la oración este es un tiempo de extremaduras y exultantes búsquedas, ¿no estarán intentando construir una nueva realidad social a la que deberemos adscribir si queremos estar a la altura de los nuevos tiempos?
En fin. ¿Retornarán, quizás alguna vez, aquellos lejanos días en que verdaderos genios de la humanidad como Newton o Kant se preocupaban por traducir sus complejos libros a un lenguaje entendible para solaz de los profanos? Kant se preocupó por hacerse entender hasta por el profano cuando reescribió la complicada Crítica de la Razón Práctica convirtiéndola en la Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres.
Si los textos posmodernos son tan importantes como el “Discurso del método” o las “Meditaciones metafísicas”, ¿nacerá algún Descartes que finalmente decida adoptar el discurso claro y distinto del genial francés que nos ha enseñado que para expresar verdades profundas no se requieren palabras complejas?
Pero, hagamos una reivindicación. El tema de la oposición entre el discurso claro y el discurso intrincado no es nuevo, como lo revela la antigua polémica entre Parménides el Diáfano y Heráclito el Oscuro. Para que la ciencia o la filosofía den resultados fructíferos, quizás deba existir siempre esta dialéctica entre unos y otros, y, por lo tanto, es tan importante el pensador oscuro e intrincado, como el claro y distinto, como yo mismo lo soy sin que por ello esté “atemorizado” por los embates de los seguidores de Heráclito, Hegel o Nietszche.
El lenguaje oscuro, digámoslo finalmente, no es el producto inevitable de alguna particular conformación cerebral, sino un modo que las personas eligen para utilizar su cerebro. Estamos seguros que cuando Derrida debe cobrar una deuda, preferirá utilizar la parte de su cerebro que habla claro y directo, salvo que decida utilizar su oscuro lenguaje para abrumar a un deudor que, desesperado, pagará sin chistar con tal de no escucharlo más.
Pablo Cazau. Diciembre 2005.
Referencias bibliográficas
Watzlawick P, Beavin J y Jackson S (1981), Teoría de la comunicación humana. Interacciones, patologías y paradojas. Barcelona: Herder, 2° edición.