lunes 27 de junio de 2011

¿Por qué hay realidad?

Varias veces me hice esta pregunta, que llamo el Gran Misterio, sabiendo de antemano que la especie humana jamás podrá contestarla porque es altamente probable que antes se extinga. Pero en la medida que sigamos formando parte de la realidad, en algún sentido somos la realidad que se interroga a sí misma.

La pregunta vuelve a surgirme alguna que otra vez cuando observo el enorme cielo estrellado o las increíbles imágenes de los telescopios más potentes, que me revelan que el universo no es tan estático y pacífico como lo veían nuestros antepasados, sino que está en constante cambio, muchos de los cuales tranquilamente podrían borrar para siempre nuestro planeta.

Este interrogante radical ha sido abordado de diferentes maneras por la religión, la filosofía y la ciencia (sin hablar de las mitologías y la ciencia ficción).

Algunas religiones han respondido que la realidad existe porque la creó Dios, con lo cual no hacen más que transformar un enigma en otro ya que, ante la pregunta ¿Por qué hay Dios?, tampoco nos ofrecen respuestas satisfactorias: algunos admiten que es un “Misterio Divino” y otros quizás la vean como el desafío de un hereje que intenta ridiculizar la teología. Esta última pregunta vale tanto para las religiones que sostienen que la realidad fue creada por Dios, como para aquellas que afirman que Dios es la realidad misma (panteísmo).

La filosofía tampoco ha eludido la cuestión. Ya es clásica la reformulación de la pregunta como "¿por qué el ente y no más bien la nada?", planteada por Heidegger, y considerada por éste como el gran problema de la metafísica. Desde ya, tampoco ha ofrecido una respuesta definitiva, y prefirió abordar problemas más mundanos tales como cuál es el sentido de nuestra existencia en este mundo.

La ciencia por su parte, abordó la cuestión desde la astronomía y, más específicamente desde una de sus ramas: la cosmología. Desde hace pocas décadas se plantearon al respecto dos teorías opuestas: a) la teoría del Big Bang, según la cual realidad se creó a partir de un primer estallido cósmico que dio origen al universo conocido, en cambio constante, y b) la teoría del Estado Estacionario, según la cual el universo (o la realidad) siempre fue igual y no hace referencia a un evento que le diera origen.

Como puede apreciarse, las teorías cosmológicas no responden la pregunta ¿por qué hay realidad?, sino ¿cuál fue el origen de la realidad? De hecho, uno muy bien podría preguntarse qué había antes del Big Bang, y especular, por ejemplo, con que el gran estallido inicial no es más que una supernova (explosión estelar) tan grande que no la vemos por estar aún metidos dentro de ella.

Mientras tanto la gran pregunta seguirá sin respuesta porque es demasiado compleja para nuestro pequeño cerebro, pero persistirá como un faro orientador de los barcos cosmológicos porque en última instancia, tarde o temprano, los cosmólogos deberán responder la pregunta y aclarar el Gran misterio.

Pablo Cazau. Noviembre 2010.

Derrida y su invento de la 'deconstrucción'

Tal vez uno de los personajes más oscuros de nuestro tiempo sea Jacques Derrida, una suerte de clon defectuoso del legendario Hermes Trimegisto de otras épocas.

Pero, ¿quién es Derrida? Oigamos la opinión de sus admiradores: “Es quizás uno de los últimos grandes pensadores del siglo XX, y sus trabajos sobre la escritura rompieron esquemas en el mundo de la teoría gramatical y de la teoría literaria” (Niel, 2004). De hecho, si preguntáramos a un nazi su opinión sobre Hitler nos diría algo parecido, y es así que la historia nos demuestra que la locura de uno puede arrastrar a miles detrás de él.

Con ello no afirmamos categóricamente que Derrida esté loco. Siempre quiero pensar lo mejor de mi prójimo y pienso también que a todos debe dársele alguna oportunidad, razón por la cual me embarcaré brevemente en descifrar su lenguaje que, tal vez, esconda alguna genialidad.

Mientras los detractores de Derrida dicen que su lenguaje es ‘innecesariamente oscuro y ridículamente pretencioso’, sus defensores insisten en que el hombre hizo una propuesta concreta: la tarea de ‘deconstruir’, pero, en cuanto quiero averiguar qué significa esto, encuentro más lenguaje oscuro. Algunos dijeron que era “una forma de deshacer desde el interior un sistema de pensamiento dominante”, mientras que para otros era “la confesión de una forma insostenible del ser”. Qué lástima que se murió Derrida!!!! Era el único que podía aclararnos la definición de su palabreja, aunque sospecho que su definición ha de ser más oscura aún que su palabra.

Pero la verdadera sorpresa nos llega cuando sus mismos defensores advierten que Derrida siempre rechazó cualquier sistematización de la deconstrucción. Sobre esta indefinible noción no puede hacerse o construirse una "teoría de la deconstrucción" (Niel, 2004).

“La deconstrucción tiene un carácter "acontecimental" (el término es de Derrida), lo que implica volver sobre su íntima relación con la différance, es decir, con aquello que difiere y hace diferir a toda presencia, a toda identificación. En este sentido, "practicar" una deconstrucción es abordar un texto, atendiendo a la lógica singular de cada caso (Derrida utilizaba el término "micrológica") que si bien no reniega de la lógica formal, "agrega una complicación” que consiste en atender a los desplazamientos conceptuales, a los intersticios y límites de la universalidad de cualquier racionalidad” (Niel, 2004).

Ello equivale a decir que cuanto más intentamos entender que es deconstrucción, más destruimos este concepto (del mismo modo que a los quark de la física cuántica, cuanto más los alejamos más se atraen), y tal vez por ello el término en cuestión alude tanto a una Co-nstrucción como a una De-strucción.

Es evidente que con este discurso Derrida consigue atrapar al lector porque desafía la inteligencia, lo más sagrado que tiene el hombre, proponiendo desconcertantes problemas del tipo “cuanto más entiendo algo, menos lo entiendo”. Y es que Derrida debe ser consecuente consigo mismo, ya que parece comprender que si intenta aclarar que es la deconstrucción, deberá comenzar a utilizar un lenguaje claro, lo cual a su vez entra en conflicto con la complejidad que quiere adscribirle al término.

En última instancia, podría llegar a pensarse que la invención de la palabra ‘deconstrucción’ sirvió para habilitar o autorizar desde la ciencia a pensar como a uno le viene en gana. Si se nos ocurre algo exótico y hasta delirante, podremos siempre alegar que estamos haciendo una ‘deconstrucción’, y nadie saldrá dañado.

Pablo Cazau. Diciembre 2005.

Referencias bibliográficas

Niel Luis, Adiós a Jacques Derrida. Artículo publicado en El Litoral (Santa Fe, Argentina), 25 de octubre de 2004.

lunes 20 de junio de 2011

El día que cambió mi vida

Mi vida no era nada fuera de lo normal. Fallecieron mis padres hace ya tiempo sin haberme dejado mucho, y luego de trabajar duro algunos años pude ahorrar unos 20.000 dólares. Si me hubiera casado seguramente ya no me quedaría nada, dado el costo que supone criar hijos, entre otras cosas.

Aquel jueves 23 de abril fue otro día como cualquiera. Desayuné, trabajé todo el día con mi computadora, y terminé mi jornada comiendo un pastel de carne mirando televisión junto a mi gato, el único habitante que me acompañaba desde hacía años.

Todo comenzó cuando me fui a dormir.

Al apagar el velador, cerré los ojos y casi de inmediato vino a mi mente la extraña idea que ese día algo me había pasado, y que había sido muy importante. Presentí que era de aquellas cosas que hacen que la vida de uno se divida drásticamente en un antes y un después. Sin embargo, mi día había sido el de siempre, aunque por las dudas me puse a repasar todas las cosas que hice.

Me había levantado a las siete de la mañana, me afeité, desayuné dos tostadas con mermelada y preparé café para todo el día. Antes de comenzar a trabajar fui al autoservicio a comprar tomates y una botella de agua mineral, dejé preparado el almuerzo en la heladera y luego me planté frente a la computadora. Hasta aquí, nada fuera de lo normal.

Luego del almuerzo, la siesta, y después retomé un trabajo que, aunque mucho no me entusiasmaba, no era tan oprimente y al menos me permitía subsistir. Recuerdo que al poco tiempo sonó el teléfono y…. bueno, sonó el teléfono y… no puedo recordar que pasó, como tampoco quién había llamado. Solamente pude recordar que ese llamado había ocurrido a las 15.30 horas porque miré el reloj para intentar adivinar quien podía llamarme a esas horas.

Después del llamado tampoco recuerdo exactamente qué hice. No debí haber trabajado porque mi producción diaria aquel día había sido bastante inferior a la habitual. En mi siguiente recuerdo me vi sentado en la cocina tomando la merienda, y de aquí en más volvía a recordar muy bien todo el resto de la jornada.

Pero había una laguna. ¿Qué pasó entre aquel llamado telefónico y la merienda? ¿Qué pasó en esas dos horas y media, según pude calcular? Mi mente se esforzó vanamente en recordar, pero fue inútil. De lo que sí estaba seguro era que justo en ese momento había ocurrido algo que cambiaría mi vida para siempre.

Me costó mucho conciliar el sueño aquella noche, pero finalmente pude dormirme con el consuelo de una visita al neurólogo de la medicina prepaga para que me diera alguna solución. ¿Mi problema de memoria se debía a algo grave? ¿Podría él ayudarme a recordar qué pasó en aquellas misteriosas horas?

En la tarde del siguiente día, el neurólogo me revisó concienzudamente y me sugirió someterme a una sesión de hipnosis para que pudiese recordar aquellos momentos en blanco. Dadas las características del olvido, el médico conjeturó que probablemente en tales momentos me había sucedido algo tan traumático que mi mente no podía recordarlo. Es, me dijo, como el conductor que choca frontalmente contra un camión y luego no recuerda nada entre la escena donde viajaba plácidamente y el momento de despertar en el hospital.

Comencé a intranquilizarme, pero finalmente accedí a su intervención.

No sé cuanto tiempo estuve hipnotizado, pero cuando desperté, el hombre me contó lo que me había sucedido. Me dijo que me habían llamado de la empresa de medicina prepaga para decirme que esa misma tarde debía someterme a un chequeo médico para poder renovarme el contrato que tenía con ellos, ya que había elegido el plan con la menor cuota para un hombre soltero.

Aunque no recordaba haberlo hecho salí presuroso para cumplir este cometido, y luego del examen me informaron que padecía una grave enfermedad en el hipotálamo, una glándula situada en la base del cerebro. También pregunté, aunque tampoco lo recordaba, si era mortal, y me dijeron que había una probabilidad del 95% de curación si me sometía a cierta intervención quirúrgica que la empresa no cubría, pero que costaba alrededor de 90.000 dólares.

Me quedé pasmado y comencé a sentirme muy mal. Moriría en poco tiempo, ya que no podía ni remotamente pagar esa suma. Le comenté que apenas si contaba con 20.000.

Sin embargo el neurólogo me tranquilizó, y compadeciéndose de mi estado me dijo que un colega de él, ya jubilado y especialista en esa rara enfermedad, podría operarme abonándole esa suma, y que la intervención debía realizarse de manera urgente. El resto podría luego abonarlo mensualmente en una suma fija y razonable.

Al día siguiente fui operado por el especialista, le pagué con todos mis ahorros y permanecí tres días en la clínica bajo observación para controlar mi evolución posquirúrgica. Mi corazón saltó de júbilo cuando me dijeron que todo había salido muy bien.

A la semana siguiente, me llama por teléfono un escribano a quien no conocía, reprochándome amablemente por qué aún no había ido a visitarlo, como habíamos convenido telefónicamente en días anteriores. Intrigadísimo, le dije que no recordaba haber recibido ninguna llamada suya. Un rapto de inspiración me hizo preguntarle cuándo fue la llamada, y luego de una breve pausa me dijo que fue el jueves 23 de abril alrededor de las 15.30 horas.

No quise pasar como un sujeto fuera de mis cabales, y le expliqué mintiéndole que había estado tomando una medicación que me producía algunos estados de amnesia, y que por favor me recordase la razón de su llamada.

- Señor mío –me dijo- El primo de su padre que vivía en Europa, a quien usted no ve hace mucho tiempo, falleció sin hacer testamento y es usted el único heredero legal. ¡Felicitaciones! Ha recibido algo más de cien millones de dólares.

No volví a localizar ni al neurólogo ni al especialista que me dijo que todo había salido muy bien, pero ellos ya no me importaron nunca más.

Pablo Cazau. Octubre 2009.

lunes 13 de junio de 2011

Qué hacer con mis fotos

Hoy por hoy cada vez más gente guarda sus fotos en la computadora y menos en el papel impreso.

Sin embargo, otros muchos guardan, a veces desde hace décadas, álbumes y más álbumes que llegan a ocupar espacios considerables en la casa, y nunca se les cruzó por la cabeza iniciar alguna drástica selección.

¿Por qué no tirar a la basura aquella foto donde hay gente desconocida? ¿O aquella otra dónde la cabeza del tío salió cortada? ¿O aquella otra tan confusa que no se sabe si es una cena en el Alvear Palace, la hinchada de Huracán o un cuadro de Dalí?

¿Por qué no quedarse con unas pocas fotos de las cuarenta sacadas en el casamiento de Heriberto? ¿Por qué no tirar de una vez por todas el visor de diapositivas, habida cuenta que probablemente ya el proyector fue convertido en chatarra, y transformar unas pocas diapositivas en papel común? ¿Por qué no desprenderse de aquellos álbumes gigantes y trasladar las fotos a lugares menos espaciosos?

Cuando mi tío falleció heredé un metro cúbico de fotografías, algunas de las cuales databan del siglo XIX. Empecé a tirar muchas porque estaban prácticamente repetidas, como las de mi abuelo que aparecía en cientos casi con la misma cara. Y el mismo procedimiento utilicé con el otro metro cúbico que tenía desde hace mucho tiempo en mi propia casa.

Con el firme propósito de desprenderme de tanto papel inútil, en mis ratos de ocio de la década del ’90 procedí en dos etapas:

1) En hojas comunes de tamaño A4 pegué una selección de fotos en orden cronológico con la historia familiar. Numeré las hojas e intercalé el diagrama de un árbol genealógico general y diagramas propios de cada familia. Luego saqué varios juegos de fotocopias y los anillé, procediendo luego a regalar en una fiesta navideña los ejemplares a mi madre, mis hermanos y mis hijos. Claro que yo me quedé con otro juego.

2) Todas las fotos del álbum original y todas aquellas otras no incluidas en él las repartí entre mis hijos, delegando en ellos la responsabilidad de preservarlas para futuras generaciones o arrojarlas a la basura. Hasta les sugerí la idea de pegar algunas pocas seleccionadas en una lámina de corcho adosada a la pared.

En suma: convertí dos metros cúbicos de fotografías (equivalente a un sofá de dos cuerpos) en un álbum del volumen de un tomo de guía de teléfonos. Sin embargo, no llegué a atreverme a tirar todo lo impreso y guardar las fotos en la PC o en un pendrive.

Seguramente aquellos dos metros cúbicos serán ocupados con más basura, que a su debido tiempo también será eliminada.

Pablo Cazau. Marzo 2010.

Un error administrativo

Una tarde de otoño, hace de esto ya muchos años, el Licenciado Podoroski se hallaba plácidamente apoltronado en su flamante consultorio de Greenwich Village, cuando el timbre anunció su primer cliente como psicólogo.

-Me gustaría averiguar quién de mis hijos es el más inteligente- dijo el señor elegantemente vestido. El día de mañana deberé entregar el control de mi compañía a uno de ellos, y no quiero cometer errores.

Aunque los hijos del señor elegantemente vestido y evidentemente adinerado aún tenían 4 y 6 años de edad, el Licenciado Podoroski acometió su tarea con entusiasmo, dispuesto como estaba a estrenar sus neuronas en la profesión.

Llevó a cabo los diagnósticos correctamente: Peter obtuvo 150 puntos y Frank solamente 70: el primero era casi un genio, pero el segundo mostraba rendimientos inferiores a los normales, aunque sin llegar a ser precisamente un idiota.

Como decimos, sus diagnósticos fueron correctos, pero hubo un error administrativo: en el afán por terminar su tarea, el Licenciado Podoroski puso 150 puntos a Frank y 70 al pobre Peter, con lo cual sus respectivos cocientes intelectuales quedaron perfectamente intercambiados.

-Señor, su hijo Frank será su sucesor en la empresa. Los números me dicen que es un casi genio. Con respecto a Peter..., bueno, su cociente intelectual es notoriamente bajo.

A partir de entonces, las vidas de ambos hermanos sufrieron cambios radicales.

Por empezar Frank, el supuesto genio, fue educado en los mejores colegios, y a los 10 años ya había sido nombrado vicepresidente de la gigantesca empresa petrolera de su padre. La noticia de sus 'inmejorables condiciones intelectuales' se había difundido, y pronto se recibió de bachiller.

Sus problemas para estudiar fueron atribuidos a una mentalidad rebelde, que se preocupa sólo por lo que le interesa, y muchos llegaron a compararlo con Einstein, que cuando niño había sido también sumamente distraído, y hasta lo habían bochado en matemáticas.

Le dieron un puesto dentro del Partido Republicano como pago por una importante subvención de su adinerado padre, y facilitaron todo lo posible su recibimiento como abogado. Las fuerzas y las influencias que giraban en torno del pobre Frank hicieron de este un senador nacional a los 42 años, y finalmente, a los 56, accedió un poco desconcertado a la presidencia de los EEUU.

Su mandato transcurrió sin pena ni gloria, y su legión de asesores evitaron varias veces desastrosas medidas económicas y pésimas decisiones en cuestiones de política exterior.

Mientras tanto Peter, el genio olvidado, fue entregado en adopción a un desconocido matrimonio quien, advertido del 'déficit intelectual' de su flamante hijo, evitó gastar sus dinerillos en colegios y otras minucias. Simplemente, lo dejaron en la casa para que se entretuviera todo el día con la televisión, mientras un ama de llaves lo instruía en tareas serviles tales como sacar la basura y quitar las hojas del jardín. Desde ya, tareas que aprendía muy rápidamente y que ejecutaba a la perfección.

Los padres postizos de Peter fallecieron cierto día en un accidente automovilístico. Peter quedó desamparado, y un evento fortuito lo llevó a trabajar como jardinero en la casa del presidente de los EEUU, su hermano desconocido.

Ocurrió, por fin, que ambos hermanos se encontraron sin saber de sus parentescos. Frank, acostumbrado a seguir al pie de la letra las instrucciones de sus asesores, no dudó un instante en nombrar asesor suyo también a Peter, deslumbrado por un lenguaje sencillo que finalmente podía entender con claridad. Y desde entonces, Peter pasó a ser en las sombras el nuevo presidente de los EEUU, mientras éste terminó ocupando su tiempo en arreglar el inmenso jardín.

Pablo Cazau. 1990.

lunes 6 de junio de 2011

Historia bizarra del psicoanálisis

Incluso antes del fallecimiento de Freud, comenzaron a proliferar los psicoanalistas porque ya comenzaba a estar de moda eso de no haber resuelto el Edipo. En general eran personajes con barba freudiana y de mirada severa capaces de observar impávidamente como las pacientes histéricas se desnudaban en el consultorio en una crisis erótica. El disfraz de analista llegó a ser tan patético que uno no sabía si se trataba de un juez corrupto del siglo XIX, de un deshollinador de Mary Poppins o del abuelo de Freddy Kruger.

Después de Freud, muchos fueron los aportes que se hicieron al psicoanálisis. Uno de ellos lo hizo Melena Klein cuando apenas contaba seis meses de vida, escribiendo su teoría cuarenta años después bajo estado hipnótico, para poder recordarla. Transcribimos a continuación algunos párrafos de su artículo "Algunas confusiones relativas a la vida emocional del pobre bebé":

"Mi estudio de la mente infantil me ha hecho tomar conciencia de la asombrosa complejidad de los procesos intervinientes, a punto tal que actualmente puedo decir que ya no entiendo más nada, e inclusive no sé para qué vivo. El comienzo de mi vida post-natal estuvo signada por la perplejidad: mientras yo recién ingresaba en la posición esquizo-paranoide, no podía comprender cómo mis compañeros de la sala de maternidad estaban saliendo de la posición depresiva. Recuerdo que por entonces se habían formado dos grupos irreconciliablemente antagónicos, puesto que ninguno quería abandonar su posición".

"La enfermera encargada de amamantar a los niños era anciana, fea y de senos fláccidos. Los primeros en reaccionar frente a este error administrativo fueron los niños paranoides, quienes comenzaron a gritar ¡El pecho malo nos aniquila! Asimismo, el bajón de los niños depresivos se debió a la ausencia, ese día, de la enfermera joven, bonita y de senos turgentes. No obstante los depresivos muy pronto comenzaron a envidiar a los paranoides, pues más vale pecho en boca que succión en el vacío. Y así, los bebés depresivos atacaron tan furibundamente a sus contendientes que pronto comenzaron a sentirse terriblemente culpables, entrando así en un sopor melancólico tan intenso que tuvieron que ser amamantados con una muñeca de goma. No fue suficiente. El jefe de los depresivos convocó a una asamblea y pudo convencer a sus subordinados que no fueron ellos los autores del ataque sino el instinto de muerte, con lo cual los ánimos se tranquilizaron hasta muy entrado el complejo de Edipo".

Melena Klein, descorazonada, abandonó sus investigaciones. El último párrafo de su último artículo titulado "No hay nada que se parezca a algo, o quizá sí", de 1933, reza como sigue:

"Ya desde entonces había comenzado a esbozar mi posición respecto de los problemas emocionales del lactante. Mi posición al respecto terminó siendo la posición depresiva, en razón de la gran tristeza que me invadió cuando comprendí que, al final de mis arduas investigaciones sabía en realidad mucho menos que antes. Sabiduría negativa, que le dicen".

Desde entonces, nuevos investigadores hicieron más aportes. Uno de ellos refutó la teoría kleiniana acerca de que los primeros mecanismos infantiles son la proyección y la introyección, postulando en su lugar la inyección. A partir de entonces ya no se habló más de pecho bueno y pecho malo, sino de inyección buena y mala, siendo ésta última la que duele.

Jacques Lacan nos suministra otra versión acerca de la batalla. Insistió en que el tipo de armamento utilizado eran las palabras. Los niños de tan corta edad, no sabiendo qué hacer con ellas por tratarse de puros significantes, comenzaron a largarlas aquí y allá (hasta parecían políticos) generándose de inmediato un verdadero intercambio de palabras. Al principio se tiraban con palabras pequeñitas como "y", "o", etc., pero luego fueron pasando a los artículos, los sustantivos y los adjetivos hasta que alguien recibió en pleno rostro la palabra "fogata", recibiendo quemaduras de primer grado. En ese momento intervino la enfermera ordenando que no jugaran más con las palabras, porque era como jugar con fuego.

Por supuesto, nadie hizo caso a la enfermera y la lucha alcanzó su punto álgido cuando la muerte cobró su primera víctima: un neonato que acababa de ser retirado del útero recibió la palabra "radiotelecomunicaciones" por el cráneo, concluyendo abruptamente su vida extrauterina. Debemos creer en estos informes de Lacan, ya que este fue siempre un hombre de palabra.

Lacan sostuvo también que el complejo de Edipo no es lo único que permanece indefinidamente sin resolver en la mujer. Cansado de esperar siempre a su esposa porque nunca terminaba de retocarse el maquillaje, concluyó que también permanecía indefinidamente sin resolver el estadio del espejo.

Mencionemos por último, otros originales aportes al psicoanálisis: los de Alfred Adler y René Käes. El niñito Adler, estando en plena pelea en la nursery, muy pronto se sumió en un espantoso complejo de inferioridad y elaboró su teoría sobre la protesta masculina, cuando descubrió, compungido, que las niñas tenían dos pechos mientras que él tenía solamente uno.

Käes, cuyo nombre completo era en realidad René Käes Delquintopiso, fue el creador de la teoría del aparato psíquico del consorcio. Fue el primero en pensar que el conflicto ya no era entre el yo y el superyo sino entre la señora del cuarto A y el portero, y que la ecuación heces- dinero debe traducirse como heces-expensas, sobre todo cuando los consorcistas empiezan a sospechar que el administrador los está garcando.

Pablo Cazau. 1978.

El por qué del lenguaje oscuro

La lectura de los posmodernos me estimuló para plantearme algunos interrogantes, tales como: a) ¿Están verdaderamente expresando nuevas ideas, o sólo se trata del mismo vino con un nuevo envase? y b) ¿Por qué han decidido utilizar lenguajes tan intrincados?, y mi reflexión me llevó por los siguientes derroteros.

a) La realidad es mucho más vasta que el lenguaje que la describe. De hecho, periódicamente aparecen nuevas palabras para nuevas realidades, y el lenguaje afortunadamente está preparado para ello. Así, por ejemplo, de las expresiones “parro”, “perro”, “pirro”, “porro” y “purro”, sólo la segunda, la tercera y la cuarta designan realidades, mientras que las otras están aún esperando nuevos sentidos. Una excelente oportunidad para los saqueadores de neologismos.

¿Tal vez los posmodernos emplean neologismos para referirse a nuevas realidades o a ideas verdaderamente originales? ¿”Deconstruir” significa realmente algo original? No lo sé, pero tengo la fuerte sospecha que ellos no dicen nada nuevo. Es una buena pregunta para hacerles, aunque corremos el riesgo que intenten respondernos con más lenguaje intrincado.

Cuando decimos que la realidad es mucho más vasta que el lenguaje que la describe decimos también que la realidad es mucho más compleja y, tal vez, azarosa, lo cual no deja de producir angustia en el observador. En sus intentos por superar esta angustia, es que el hombre decide organizarla de algún modo, introducir un orden en el desorden, tal como alguna vez lo planteó Kant en su Crítica de la Razón Pura. Si el intento produce un discurso claro, estaríamos distorsionando la realidad, pero, si introducimos un lenguaje oscuro, tal vez esté representando mejor la realidad, y tal vez esta sea la intención o parte de la intención de los escritores oscuros: la objetividad.

b) La cuestión de porqué los posmodernos decidieron armar textos tan singulares está directamente vinculada con las funciones del lenguaje. Antes de continuar, notemos que el lenguaje posmoderno sólo es singular en un sentido semántico, porque en un sentido sintáctico sigue siendo bastante convencional. Esto significa que lo destacable son las palabras raras con significados indeterminados (aspecto semántico), pero sin embargo combinadas en oraciones por lo general correctas (aspecto sintáctico). Parecería como que las intenciones de los textos posmodernos fueran ser lo suficientemente claros como para ser entendidos por la sintaxis, pero lo suficientemente oscuros como para que la traducción quede reservada a unos pocos ‘elegidos’.

Entre las funciones que podríamos asignar al lenguaje se cuentan la seducción, la transmisión ideológica, la definición de la pertenencia, la comunicación, y la construcción de realidades.

Si usted quiere seducir a alguien, puede intentarlo diciéndole las mismas pavadas de siempre pero de una manera llamativa y original. Si en lugar de decir “todos los seres vivos terminan muriéndose” dice que “los flujos vitales terminan difuminándose en la inexorabilidad del cosmos”, probablemente alguno de sus lectores creerá que usted es un genio y terminará seduciéndolo intelectualmente (y quizá hasta sexualmente). Y si elige un nombre francés del tipo Jean-Jacques Guattaraux, tendrá el éxito asegurado. ¿Serán los autores posmodernos unos seductores empedernidos que buscan nuevos derroteros para fascinar al prójimo?

El lenguaje sirve también para transmitir ideologías con afanes proselitistas. Si usted pretende dar a entender que ser posmoderno es algo muy bueno, nada mejor que hablar elegantemente como tal, y el lector poco a poco se irá convenciendo que podría quedar rezagado en el tiempo si no decide pronto pensar como un ‘posmo’, sea lo que fuere lo que esto signifique, adoptando definitivamente el lema “para qué hacer las cosas fáciles cuando pueden ser difíciles”.

El lenguaje define también el grupo de pertenencia del sujeto hablante. Si yo pretendo mostrar que pertenezco al grupo de los posmodernos, hablaré en posmoderno y ello me permitirá, no sólo definir mi identidad, sino también ser reconocido por los otros miembros del grupo y hasta incluso conseguir un puestito en alguna cátedra, opción ésta última que nada tiene de posmoderna y que seguramente fue practicada por los anquilosados aristotélico-tomistas del siglo XIII. Del mismo modo, el padre que pretende ser un adolescente hablará como un adolescente, a riesgo que sus hijos se mueran de risa por sus intentos de hacerse el joven cuando en realidad es un viejo de mierda.

Otra función del lenguaje es la comunicación, es decir, el intercambio de información entre dos cerebros humanos. En este punto, estoy tentado de afirmar que nuestros posmodernos han violado flagrantemente el primer axioma de la comunicación humana (Watzlawick y otros, 1981), por cuanto ellos dan la impresión de 'querer' comunicarse pero no quiere aceptar el compromiso inherente a toda comunicación. Precisamente una de las formas de ‘no comunicarse’ es descalificando la comunicación mediante autocontradicciones, incongruencias, oraciones incompletas, malentendidos, lenguaje oscuro, interpretaciones literales de la metáfora o metaforización de expresiones literales, etc, todos trucos donde no se dice nada diciendo 'algo'.

Pero, ¿porqué los posmos no desearían comunicarse, o al menos comunicarse con ‘todas’ las personas, incluso con los que no son posmodernos? Menudo problema que alguna vez develará la ciencia de la psicología.

Finalmente, el lenguaje es también un constructor de realidades. Cuando el paciente se identifica con un diagnóstico sucede algo de esto. Si el psiquiatra nos dice brutalmente que tenemos una depresión endógena, y bueno… empezamos a deprimirnos y además trataremos que nuestra depresión sea lo más grave posible, habida cuenta del enigmático aunque amenazante rótulo ‘endógena’. Del mismo modo, cuando nuestros posmodernos nos arrojan la oración este es un tiempo de extremaduras y exultantes búsquedas, ¿no estarán intentando construir una nueva realidad social a la que deberemos adscribir si queremos estar a la altura de los nuevos tiempos?

En fin. ¿Retornarán, quizás alguna vez, aquellos lejanos días en que verdaderos genios de la humanidad como Newton o Kant se preocupaban por traducir sus complejos libros a un lenguaje entendible para solaz de los profanos? Kant se preocupó por hacerse entender hasta por el profano cuando reescribió la complicada Crítica de la Razón Práctica convirtiéndola en la Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres.

Si los textos posmodernos son tan importantes como el “Discurso del método” o las “Meditaciones metafísicas”, ¿nacerá algún Descartes que finalmente decida adoptar el discurso claro y distinto del genial francés que nos ha enseñado que para expresar verdades profundas no se requieren palabras complejas?

Pero, hagamos una reivindicación. El tema de la oposición entre el discurso claro y el discurso intrincado no es nuevo, como lo revela la antigua polémica entre Parménides el Diáfano y Heráclito el Oscuro. Para que la ciencia o la filosofía den resultados fructíferos, quizás deba existir siempre esta dialéctica entre unos y otros, y, por lo tanto, es tan importante el pensador oscuro e intrincado, como el claro y distinto, como yo mismo lo soy sin que por ello esté “atemorizado” por los embates de los seguidores de Heráclito, Hegel o Nietszche.

El lenguaje oscuro, digámoslo finalmente, no es el producto inevitable de alguna particular conformación cerebral, sino un modo que las personas eligen para utilizar su cerebro. Estamos seguros que cuando Derrida debe cobrar una deuda, preferirá utilizar la parte de su cerebro que habla claro y directo, salvo que decida utilizar su oscuro lenguaje para abrumar a un deudor que, desesperado, pagará sin chistar con tal de no escucharlo más.

Pablo Cazau. Diciembre 2005.

Referencias bibliográficas

Watzlawick P, Beavin J y Jackson S (1981), Teoría de la comunicación humana. Interacciones, patologías y paradojas. Barcelona: Herder, 2° edición.