
Siempre ávido de nuevos conocimientos, días pasados tomé un libro que, a juzgar por su título, parecía interesante, y de entrada me topé con la siguiente frase, admirándome que haya podido ser efectivamente publicada por alguien:
"Es el proceso del libro un progresivo desarrollo hacia la idea de des-enajenación -desilusión y desideologización- de sujeto concomitantemente con el quiebre del dominio de objeto que desde el cogito aristotélico-cartesiano amparado en las tesis empiristas, positivistas, racionalistas críticas alienó en forma gradual el sentido estructural de sujeto volviendo a éste un mero servidor gnoseológico y ontológico de la onticidad cuantitativa de objeto".
Y no diré el nombre del autor para que luego no me diga que intenté ponerlo en ridículo. De hecho, lo primero que pensé no fue que estaba completamente loco, sino que yo era un verdadero ignorante porque era incapaz de entender un pensamiento tan profundo. Incluso, leí varias veces el párrafo para ver si encontraba alguna pista que orientara mi primitivo cerebro, pero la confusión no hizo más que crecer hasta el infinito cuando me topé con la onticidad cuantitativa de objeto. En un momento dado hasta tuve la idea de llamar por teléfono a este hombre y preguntarle qué carajo quiso decir, pero no tenía su número.
Afortunadamente el autor del exótico texto reconoce sus propias limitaciones, cuando algunos renglones más adelante aclara que "no es tarea fácil y lo sabemos tanto escritores como lectores el poder interpretador y explicitador que se ejerce sobre las ideas, ya que, frecuentemente estas son desvirtuadas, malentendidas o simplemente no comprehendidas (sic) y por ende el discurso que sobre ellas se estructura es una pura especulación vacía".
Poco a poco empecé a entender porqué los seres humanos, en su afán de encontrar interlocutores válidos, optaron por intentar comunicarse con delfines e incluso con extraterrestres. Hasta he llegado a sospechar que podría entender mejor lo que me dice mi perro que lo que me dicen personajes como Nietzsche, Deleuze, Lacan y otros tantos calificados de posmodernos.
Stephen Katz (1995) refiere que para el habla y la escritura posmoderna el lenguaje expresivo queda totalmente fuera de cuestión por ser muy realista, modernista y obvio. En efecto:
“El lenguaje posmoderno requiere que uno recurra al juego, a la parodia y a la falta de determinación como técnica crítica para evitar los males anteriormente mencionados. Por ejemplo, imaginemos que usted quiere decir algo así como: “debemos atender los puntos de vista de quienes no forman parte de las sociedades occidentales, con el fin de entender aquellos sesgos culturales que nos afectan”. Lo anterior es una frase real, pero aburrida (…). Entonces, la frase original quedaría de la siguiente forma: “Debemos atender la intertextualidad y las multivocalidades de las alteridades postcoloniales más allá de la cultura occidental para que podamos aprender respecto de los sesgos falocéntricos que median nuestras identidades”. ¡Ahora sí que usted habla postmoderno!”.
En un momento dado pensé que estos habladores intrincados no hacían otra cosa que elegir palabras al azar y combinarlas también azarosamente. Pero, sin embargo, no es siempre así porque se pueden combinar letras al azar y obtener, sin embargo, un discurso entendible, como lo revela el siguiente párrafo titulado “El orden de las letras no altera el producto”:
“Sgeun un etsduio de una uivenrsdiad ignlsea, no ipmotra el odren en el que las ltears etsan ersciats, la uicna csoa ipormtnate es que la pmrirea y la utlima ltera esten ecsritas en la psiocion cocrrtea. El rsteo peuden estar ttaolmntee mal y aun pordas lerelo sin pobrleams. Etso es pquore no lemeos cada ltera por si msima preo la paalbra es un tdoo”.
Consiguientemente, pensé que la estrategia posmoderna no consistía en otra cosa que en elegir palabras verdaderamente curiosas –y de ser posible, neologismos- y combinarlas de manera incomprensible. Verdaderas joyitas que pueden aprovecharse son por ejemplo “agenciamiento despótico”, “máquina deseante” o “flujos vitales”. Auténticos pioneros en estas lides fueron, dentro de la literatura argentina, individuos como Julio Cortázar o Leopoldo Lugones, quienes sin embargo cuentan con el atenuante que creaban sus neologismos para simple solaz o divertimento del lector. ¡Gracias Cortázar!
Frente a los textos posmodernos quedarían dos alternativas: o bien los tiramos a la basura y decidimos aceptar nuestras propias limitaciones para acceder a pensamientos tan originales, o bien nos identificamos patológicamente con el escritor y empezamos nuestra propia producción lingüística embarcándonos definitivamente en la nave de la posmodernidad, lo que demostrará que somos capaces de estar a la altura de los tiempos y no ser señalados como anquilosados pensadores modernos, por no decir aristotélico-tomistas.
Y ya que hablamos de aristotélico-tomistas, ¿por qué no seguir el sabio ejemplo del gran Santo Tomás de Aquino y creer que en realidad los posmodernos no son unos viles mentirosos sino gente con buenas intenciones? Se cuenta que cierta vez unos monjes quisieron burlarse de él diciéndole que se asomara a la ventana porque había chanchos volando. Santo Tomás se asomó al ventanuco sin vacilar, y mientras los monjes reían a carcajadas, el sabio les dijo que prefería pensar que había chanchos volando a pensar que había monjes mentirosos. Jamás volvieron a molestarlo.
Hasta aquí, la cuestión no tendría mucha importancia: si usted no quiere leer a los posmodernos por temor a enloquecer, tiene el total derecho de arrojarlos al incinerador. El problema radica en que muchos de estos textos son propinados a los alumnos como bibliografía obligatoria. Pero, ¡a no desesperar! El estudiante no deberá preocuparse tanto por entender las ideas como por utilizar el mismo lenguaje intrincado de los posmodernos. El profesor asentirá complacido y lo terminará aprobando.
Hay quienes dicen que el lenguaje oscuro es metafórico, pero quienes esto dicen colocan en la misma bolsa el lenguaje claro y distinto y el lenguaje literal. El lenguaje metafórico está también al servicio de lo claro y distinto, como cuando la ciencia recurre fructíferamente a muchas analogías para hacerse entender. Por ejemplo, los recientes premios Nobel de Física (año 2004) que han propuesto la interacción fuerte como uno de los cuatro pilares de la estructura de la materia, han hablado de ciertas subpartículas como los quark up y los quark down, que integrarían los protones y los neutrones, habiendo entre ellos una ‘fuerza’ que, contrariamente al sentido común, es tanto más fuerte cuanto más separados están. Estaría tentado de tildar a este discurso científico como intrincado y oscuro, por no decir delirante y alejado del común sentido sino no fuera porque está respaldado por demostraciones matemáticas que están fuera de mi alcance. Nadie ha visto jamás estas misteriosas subpartículas, pero no por ello subestimaré este discurso: las teorías científicas son una gigantesca ficción, pero esto no nos autoriza a hablar en forma intrincada y oscura, especialmente cuando con ello sólo se intenta seducir, no informar porque ‘si comparto mi conocimiento seré menos poderoso’, o disimular la ignorancia sobre un tema. El lenguaje es el gran embrujador de la inteligencia, decía Wittgenstein.
El lenguaje oscuro puede ser utilizado por modernos y posmodernos, pero es una actitud frecuente entre estos últimos. Quizás porque los posmodernistas cuestionan la modernidad, negando el valor de la Ilustración, el sentido del progreso, las ciencias y las tecnologías, es que también han decidido no adscribir al clásico lenguaje científico que se esfuerza por ser claro dentro de la complejidad de lo que intenta explicar.
El lenguaje oscuro no es criticable por ser oscuro, sino por su forma de ser empleado, o sea, para confundir a los demás, para tapar la ignorancia del autor, para evitar compartir con otros algo tan valioso como el conocimiento, para mostrar una sabiduría que no se tiene, etc.
De hecho, el lenguaje oscuro es en muchos casos una necesidad: para la mayoría de la gente el escrito de Einstein “Acerca de la dinámica de las partículas”, puntapié inicial de su teoría de la relatividad, es indudablemente lenguaje oscuro, pero es lenguaje científico y no creo que Einstein haya tenido intenciones aviesas para ocultar su ignorancia u ocultar su saber. La ciencia utiliza un lenguaje diferente que al profano puede parecerle oscuro, aunque hay otros personajes, científicos o no, que oscurecen el lenguaje deliberadamente y el profano termina creyendo que dicen grandes verdades científicas.
Pablo Cazau. Diciembre 2006.
Referencias bibliográficas
Katz S (1995) Como hablar y escribir posmoderno. Editado en alt-humor.best-of-usenet por Andrew Bulhak, y ubicado en alt-posmodern. Traducción de Martín Tessi. La traducción castellana del artículo completo puede encontrarse en Revista Dialogantes N° 7, Julio 2003. Buenos Aires: Encuentro Clínico.
