lunes 25 de abril de 2011

Acerca de la oscuridad del lenguaje



Siempre ávido de nuevos conocimientos, días pasados tomé un libro que, a juzgar por su título, parecía interesante, y de entrada me topé con la siguiente frase, admirándome que haya podido ser efectivamente publicada por alguien:

"Es el proceso del libro un progresivo desarrollo hacia la idea de des-enajenación -desilusión y desideologización- de sujeto concomitantemente con el quiebre del dominio de objeto que desde el cogito aristotélico-cartesiano amparado en las tesis empiristas, positivistas, racionalistas críticas alienó en forma gradual el sentido estructural de sujeto volviendo a éste un mero servidor gnoseológico y ontológico de la onticidad cuantitativa de objeto".

Y no diré el nombre del autor para que luego no me diga que intenté ponerlo en ridículo. De hecho, lo primero que pensé no fue que estaba completamente loco, sino que yo era un verdadero ignorante porque era incapaz de entender un pensamiento tan profundo. Incluso, leí varias veces el párrafo para ver si encontraba alguna pista que orientara mi primitivo cerebro, pero la confusión no hizo más que crecer hasta el infinito cuando me topé con la onticidad cuantitativa de objeto. En un momento dado hasta tuve la idea de llamar por teléfono a este hombre y preguntarle qué carajo quiso decir, pero no tenía su número.

Afortunadamente el autor del exótico texto reconoce sus propias limitaciones, cuando algunos renglones más adelante aclara que "no es tarea fácil y lo sabemos tanto escritores como lectores el poder interpretador y explicitador que se ejerce sobre las ideas, ya que, frecuentemente estas son desvirtuadas, malentendidas o simplemente no comprehendidas (sic) y por ende el discurso que sobre ellas se estructura es una pura especulación vacía".

Poco a poco empecé a entender porqué los seres humanos, en su afán de encontrar interlocutores válidos, optaron por intentar comunicarse con delfines e incluso con extraterrestres. Hasta he llegado a sospechar que podría entender mejor lo que me dice mi perro que lo que me dicen personajes como Nietzsche, Deleuze, Lacan y otros tantos calificados de posmodernos.

Stephen Katz (1995) refiere que para el habla y la escritura posmoderna el lenguaje expresivo queda totalmente fuera de cuestión por ser muy realista, modernista y obvio. En efecto:

“El lenguaje posmoderno requiere que uno recurra al juego, a la parodia y a la falta de determinación como técnica crítica para evitar los males anteriormente mencionados. Por ejemplo, imaginemos que usted quiere decir algo así como: “debemos atender los puntos de vista de quienes no forman parte de las sociedades occidentales, con el fin de entender aquellos sesgos culturales que nos afectan”. Lo anterior es una frase real, pero aburrida (…). Entonces, la frase original quedaría de la siguiente forma: “Debemos atender la intertextualidad y las multivocalidades de las alteridades postcoloniales más allá de la cultura occidental para que podamos aprender respecto de los sesgos falocéntricos que median nuestras identidades”. ¡Ahora sí que usted habla postmoderno!”.

En un momento dado pensé que estos habladores intrincados no hacían otra cosa que elegir palabras al azar y combinarlas también azarosamente. Pero, sin embargo, no es siempre así porque se pueden combinar letras al azar y obtener, sin embargo, un discurso entendible, como lo revela el siguiente párrafo titulado “El orden de las letras no altera el producto”:

“Sgeun un etsduio de una uivenrsdiad ignlsea, no ipmotra el odren en el que las ltears etsan ersciats, la uicna csoa ipormtnate es que la pmrirea y la utlima ltera esten ecsritas en la psiocion cocrrtea. El rsteo peuden estar ttaolmntee mal y aun pordas lerelo sin pobrleams. Etso es pquore no lemeos cada ltera por si msima preo la paalbra es un tdoo”.

Consiguientemente, pensé que la estrategia posmoderna no consistía en otra cosa que en elegir palabras verdaderamente curiosas –y de ser posible, neologismos- y combinarlas de manera incomprensible. Verdaderas joyitas que pueden aprovecharse son por ejemplo “agenciamiento despótico”, “máquina deseante” o “flujos vitales”. Auténticos pioneros en estas lides fueron, dentro de la literatura argentina, individuos como Julio Cortázar o Leopoldo Lugones, quienes sin embargo cuentan con el atenuante que creaban sus neologismos para simple solaz o divertimento del lector. ¡Gracias Cortázar!

Frente a los textos posmodernos quedarían dos alternativas: o bien los tiramos a la basura y decidimos aceptar nuestras propias limitaciones para acceder a pensamientos tan originales, o bien nos identificamos patológicamente con el escritor y empezamos nuestra propia producción lingüística embarcándonos definitivamente en la nave de la posmodernidad, lo que demostrará que somos capaces de estar a la altura de los tiempos y no ser señalados como anquilosados pensadores modernos, por no decir aristotélico-tomistas.

Y ya que hablamos de aristotélico-tomistas, ¿por qué no seguir el sabio ejemplo del gran Santo Tomás de Aquino y creer que en realidad los posmodernos no son unos viles mentirosos sino gente con buenas intenciones? Se cuenta que cierta vez unos monjes quisieron burlarse de él diciéndole que se asomara a la ventana porque había chanchos volando. Santo Tomás se asomó al ventanuco sin vacilar, y mientras los monjes reían a carcajadas, el sabio les dijo que prefería pensar que había chanchos volando a pensar que había monjes mentirosos. Jamás volvieron a molestarlo.

Hasta aquí, la cuestión no tendría mucha importancia: si usted no quiere leer a los posmodernos por temor a enloquecer, tiene el total derecho de arrojarlos al incinerador. El problema radica en que muchos de estos textos son propinados a los alumnos como bibliografía obligatoria. Pero, ¡a no desesperar! El estudiante no deberá preocuparse tanto por entender las ideas como por utilizar el mismo lenguaje intrincado de los posmodernos. El profesor asentirá complacido y lo terminará aprobando.

Hay quienes dicen que el lenguaje oscuro es metafórico, pero quienes esto dicen colocan en la misma bolsa el lenguaje claro y distinto y el lenguaje literal. El lenguaje metafórico está también al servicio de lo claro y distinto, como cuando la ciencia recurre fructíferamente a muchas analogías para hacerse entender. Por ejemplo, los recientes premios Nobel de Física (año 2004) que han propuesto la interacción fuerte como uno de los cuatro pilares de la estructura de la materia, han hablado de ciertas subpartículas como los quark up y los quark down, que integrarían los protones y los neutrones, habiendo entre ellos una ‘fuerza’ que, contrariamente al sentido común, es tanto más fuerte cuanto más separados están. Estaría tentado de tildar a este discurso científico como intrincado y oscuro, por no decir delirante y alejado del común sentido sino no fuera porque está respaldado por demostraciones matemáticas que están fuera de mi alcance. Nadie ha visto jamás estas misteriosas subpartículas, pero no por ello subestimaré este discurso: las teorías científicas son una gigantesca ficción, pero esto no nos autoriza a hablar en forma intrincada y oscura, especialmente cuando con ello sólo se intenta seducir, no informar porque ‘si comparto mi conocimiento seré menos poderoso’, o disimular la ignorancia sobre un tema. El lenguaje es el gran embrujador de la inteligencia, decía Wittgenstein.

El lenguaje oscuro puede ser utilizado por modernos y posmodernos, pero es una actitud frecuente entre estos últimos. Quizás porque los posmodernistas cuestionan la modernidad, negando el valor de la Ilustración, el sentido del progreso, las ciencias y las tecnologías, es que también han decidido no adscribir al clásico lenguaje científico que se esfuerza por ser claro dentro de la complejidad de lo que intenta explicar.

El lenguaje oscuro no es criticable por ser oscuro, sino por su forma de ser empleado, o sea, para confundir a los demás, para tapar la ignorancia del autor, para evitar compartir con otros algo tan valioso como el conocimiento, para mostrar una sabiduría que no se tiene, etc.

De hecho, el lenguaje oscuro es en muchos casos una necesidad: para la mayoría de la gente el escrito de Einstein “Acerca de la dinámica de las partículas”, puntapié inicial de su teoría de la relatividad, es indudablemente lenguaje oscuro, pero es lenguaje científico y no creo que Einstein haya tenido intenciones aviesas para ocultar su ignorancia u ocultar su saber. La ciencia utiliza un lenguaje diferente que al profano puede parecerle oscuro, aunque hay otros personajes, científicos o no, que oscurecen el lenguaje deliberadamente y el profano termina creyendo que dicen grandes verdades científicas.

Pablo Cazau. Diciembre 2006.

Referencias bibliográficas

Katz S (1995) Como hablar y escribir posmoderno. Editado en alt-humor.best-of-usenet por Andrew Bulhak, y ubicado en alt-posmodern. Traducción de Martín Tessi. La traducción castellana del artículo completo puede encontrarse en Revista Dialogantes N° 7, Julio 2003. Buenos Aires: Encuentro Clínico.

Frases varias III

El hombre justo no es aquel que no comete ninguna injusticia, si no el que pudiendo ser injusto no quiere serlo. Menadro

El hombre más peligroso es aquel que tiene miedo. Ludwig Borne

El hombre que pretende ver todo con claridad antes de decidir, nunca decide. Henri Frédéric Amiel

El hombre razonable se adapta al mundo; el irrazonable intenta adaptar el mundo a sí mismo. Así pues, el progreso depende del hombre irrazonable. Bernard Shaw

El hombre sensato cree en el destino; el voluble en el azar. Benjamin Disraeli

El honor prohíbe acciones que la ley tolera. Séneca

El más difícil no es el primer beso, sino el último. Paul Géraldy

El mundo no está amenazado por las malas personas, sino por aquellos que permiten la maldad. Einstein

El no conseguir lo que quieres es a veces un golpe de suerte. Anónimo

El odio virulento y larvado hacia el prójimo es la expresión del dolor de uno mismo. Tahar Ben Jelloun

El optimista tiene siempre un proyecto; el pesimista, una excusa. Anónimo

El pesimista se queja del viento, el optimista espera que cambie, el realista ajusta las velas. William George Word

El primer humano que insultó a su enemigo en vez de tirarle una piedra fue el fundador de la civilización. Sigmund Freud

El problema con la familia es que los hijos abandonan un día la infancia, pero los padres nunca dejan la paternidad. Osho

El que aspira a parecer, renuncia a ser. José Ingenieros

El que dice todo lo que sabe, muchas veces dice lo que no conviene. Anónimo

El que sabe hablar, sabe también cuándo. Arquímedes

El tiempo es muy lento para los que esperan, muy rápido para los que tienen miedo, muy largo para los que se lamentan, muy corto para los que festejan. Pero para los que aman el tiempo es eternidad. Shakespeare

El único lugar donde el éxito viene antes que el trabajo es en el diccionario. Donald Kendall

El único verdadero viaje de descubrimiento es aquel que se emprende no en busca de paisajes nuevos, sino con ojos nuevos. Marcel Proust

En la ciencia todo el crédito va al hombre que convence al mundo de una idea, no al que la concibió primero. Willian Osler

En la pelea, se conoce al soldado; sólo en la victoria, se conoce al caballero. Jacinto Benavente

En mar tranquila, todos son buenos pilotos. Publio Siro

En un beso... sabrás todo lo que he callado. Pablo Neruda

lunes 18 de abril de 2011

La parapsicología es verdad

Los científicos más escépticos tienden a sostener que no hay pruebas concluyentes sobre la existencia de fantasmas, la comunicación con los muertos, la telekinesia, la precognición, la telepatía o la clarividencia, y que la parapsicología no es más que un banal entretenimiento, por no decir una burda estafa.

Sin embargo, muchos fenómenos tienden a demostrar que todas aquellas cosas parecen existir.

La clarividencia es la capacidad de recibir información por medios extrasensoriales desconocidos, como los famosos detectives psíquicos que pasan por TV cable, y que saben cómo murió la víctima, qué color de pelo tenía el asesino o en qué paraje enterró el cuerpo. Lo que nunca se informó es que ellos sabían todo eso porque eran el asesino mismo o un cómplice, y nunca nadie los consideró como el primer sospechoso.

Con la telekinesia se pueden mover objetos a distancia. La otra vez comprobé en una playa que una bellísima mujer con una bikini indistinguible se paseaba por la orilla del mar, haciendo que muchos objetos ocultos bajo mallas masculinas se movieran inexplicablemente. Amigo lector, usted mismo puede hacer la prueba de palparlos a todos, pero no me pida que lo haga yo. Claro que en este caso no se movieron objetos con la mente sino con el cuerpo, pero también pueden hacerse con la mente si la susodicha mujer hubiese comenzado a hacerles sugerencias eróticas.

Hay otros muchos ejemplos de telekinesia como la famosa cucharita que doblaba con la mente el legendario Uri Geller, pero esto ya es más aburrido.

Respecto de la existencia de los fantasmas, días pasados obtuve una prueba incontrovertible. Por la noche escuché en mi casa una música medio rara, un horrible perfume y ruidos de cadenas. Provenían de la habitación de mi hijo adolescente, y vi una figura cubierta con una sábana. Me froté los ojos y al volverlos a abrir, la figura había desaparecido. Luego me enteré que mi hijo había estado escuchando rock pesado con una chica y que se había vestido a lo punk, con el pelo rojo y cadenas colgando de la cintura, y que, cuando se avivó que yo venía, se ocultó con la chica bajo la sábana y salió corriendo de la casa.

Probar la telepatía es lo más sencillo que hay. Usted va a un espectáculo de stripers y cuando éstos empiezan a bailar junto a las damas, sabe inmediatamente lo que ellas están pensando. Y lo mismo cuando alguien está comprando un billete de lotería: si pensara que no ganará, no lo estaría comprando.

La precognición es la habilidad de adivinar el futuro con total certeza. En realidad todos tenemos esta habilidad: si usted no avanza cuando el semáforo se pone en verde, podrá predecir con absoluta seguridad que todos los de atrás empezarán a tocar bocina.

Nos queda finalmente la famosa comunicación con los muertos, sobre lo cual no hay tampoco ninguna duda. Todo el mundo ha visto en algún velorio cómo los familiares más sentimentales le hablan al muerto diciéndole cosas como “te quiero mucho”, o “te olvidaste de decirme dónde dejaste la llave de la caja fuerte”.

Pablo Cazau. Setiembre 2010.

Quedarse enroscado

Normalmente guardo el llavero en el bolsillo del pantalón, que está unido a una especie de cable atado al cinto. Hace una semana advertí que en el cable había aparecido un nudo, fenómeno que suele parecernos tan natural como incomprensible.

Al lector también le habrá pasado alguna vez enchufar un montón de cables a un enchufe múltiple, y al cabo de poco tiempo aparecen inextricablemente enmarañados, enroscados y anudados de manera tan caprichosa que puede tardarse una eternidad en separarlos. Cosa extraña, cuando en realidad originalmente cada cable estaba limpio, sin nudos y bien separado de los demás como una víbora del campo.

Y cuando uno quiere tirar tímidamente de un cable, inevitablemente arrastra a todos los demás a los que está enganchado y el desorden aumenta aún más. Los físicos hablan de la deformabilidad de los materiales por una desafortunada combinación de causas internas y ambientales, aunque todavía no inventaron el cable perfecto, o sea, aquel que jamás se enrosca sobre sí mismo o se anuda con los demás.

Y así somos los seres humanos. Al nacer todavía estamos como un cable nuevo y no nos hemos enroscado, enmarañado ni atado con ningún otro ser humano, pero a medida que pasan los meses y los años descubrimos que hemos quedado unidos a los demás por el odio o el resentimiento, lo cual hace difícil desanudarlos (y tanto más si tales sentimientos provienen de ambas partes), que hemos quedado enroscados a otro ser humano de manera que lo seguimos dondequiera que vaya, que hemos quedado confundidos porque no sabemos si el cable A somos nosotros o son los demás, que hemos quedado anudados indisolublemente con la persona que amamos, nos dañe o no, y, lo peor, que hemos quedado enroscados sobre nosotros mismos mediante uno o varios nudos sin poder desatarlos y resolver nuestros problemas personales. Hasta incluso hemos perdido de vista dónde empezaba y terminaba nuestro cable, o para qué servía. O sea, ni hablar de encontrarle un sentido a nuestra vida.

Afortunadamente hay gente que se especializa en desenmarañar cables humanos tales como los mediadores, los negociadores, los psicólogos o los gurúes desatanudos que invocan la compasión de la virgen del mismo nombre. Claro que también hay otros más impacientes que deciden tironear histéricamente de todos los cables, operación donde seguramente alguno quedará desatado y libre pero muchos otros dañados y todavía más enroscados. Son los que se encargan de hacer la guerra.

Pablo Cazau. Octubre 2009.

lunes 11 de abril de 2011

Vacaciones en Colón



Este año volvimos veinte días a Colón, y aunque esta vez lo hicimos en marzo, pudimos bañarnos en el Río Uruguay prácticamente como si fuese verano, sólo que sin tanta gente alrededor salvo en un fin de semana largo.

Desde 2009 las cosas no cambiaron mucho en esta ciudad entrerriana situada a 330 km de Buenos Aires, salvo que el Complejo Termal cambió de dueño y ahora lo están ampliando. Algún vecino de la zona hasta llegó a decirnos que sería el mayor de Sudamérica, pero sin esperar a que siguiera creciendo, fuimos tres veces pagando el equivalente a 5 dólares por persona, aunque no nos quedamos de 9 a 21. Nos bastó con recorrer las diferentes piletas, en una de las cuales, cubierta, el agua se mantenía en 36-37° centígrados. Las Termas son una buena opción incluso si llueve, ya que no hacen falta paraguas estando uno sumergido hasta el cuello en el agua tibia de las piscinas descubiertas.

Alquilamos un departamento para dos, pero como tenían en ese momento sólo para cinco, nos cobraron lo mismo: el equivalente a 35 dólares diarios. Fue así que durante los cuatro días del fin de semana largo pude invitar a un hijo, una hija y su novio, que ubicaron el auto en un garaje también incluido en el precio.

Aunque los dueños se ofrecían a llevarnos en auto donde quisiéramos, casi siempre optamos por caminar las ocho cuadras hasta la playa y las quince a las Termas, sin hablar de la vuelta al perro pueblerina por las ocho o diez cuadras céntricas.

La vuelta en la empresa El Rápido Tata (25 dólares por cabeza) fue patética, incluso sin contar mi asiento que no se inclinaba ni para atrás ni para adelante, que traía un vasito de plástico usado, y que salimos con atraso. Que haya parado en Concepción del Uruguay, en Gualeguaychú y en Moreno era esperable, pero nuestra sorpresa fue que paró además en Campana, y nos dio un largo paseo por las calles de Morón y San Justo donde bajaron infinidad de pasajeros, lo que hizo que llegáramos a Liniers con una hora de atraso. Después comprendí la razón leyendo en los pasajes cuál era el lema de la empresa: “Vamos a donde querés ir”.

Pablo Cazau. Abril 2011.

El acontecimiento

Setenta millones de años antes del acontecimiento, el lugar era una selva impenetrable donde llovía eternamente. Un tiranosaurio avanzó sigilosamente y se abalanzó sobre su víctima, quedando el gliptodonte destrozado y reducido a huesos descarnados sobre el pantanoso suelo.

Una hora antes del acontecimiento, y exactamente en el mismo lugar donde el tiranosaurio devoró a su presa, Leonardo estaba cenando en su casa. El plato era delicioso.

Treinta minutos antes del acontecimiento, Leonardo se siente molesto. Se levanta y se recuesta sobre el sofá, esperando que la molestia ceda.

Una hora después del acontecimiento, el jefe de terapia intensiva del hospital vecinal comunica a los familiares el fallecimiento del señor Leonardo Aguilar de un ataque cardíaco, hace una hora.

Un año después del acontecimiento, el hijo de Leonardo ocupa el escritorio de su padre, y comienza a utilizar algunas de sus prendas de vestir. Simultáneamente, la madre conoce a otro hombre y se casará con él.

Cinco mil años después del acontecimiento, la casa de Leonardo ya no existe y sobre sus restos corrompidos crecen enredaderas y pululan depredadores en busca de presas.

Setecientos millones de años después del acontecimiento, los átomos dispersos del tiranosaurio, el gliptodonte, Leonardo, su hijo, su esposa, el otro hombre, las plantas, los depredadores y las presas flotan, allí donde murió Leonardo, en el espacio interestelar reducidos a polvo cósmico.

Pablo Cazau. 2006.

lunes 4 de abril de 2011

Diez días en Tokio

Desde chiquito que vengo escuchando sobre la paciencia y la calma oriental, y ya me resulta antológica la famosa y eterna sonrisita del chino. La cuestión viene a confirmarse en la catástrofe japonesa, provocada en parte por la naturaleza y en parte por el hombre al no haber establecido estándares adecuados de seguridad para las plantas nucleares.

Los japoneses no reaccionaron con sonrisitas pero si con temple, disciplina, solidaridad, paciencia y resignación. Por lo menos, tal es lo que me llegó a través de los noticieros televisivos argentinos.

En los mismos noticieros dieron tanta o mayor cobertura a otras terribles tragedias que aquejaron a argentinos: personas de clase media o media alta que se quejaban que una obra en construcción les impedía entrar sus autos al garaje y, sobre todo, el robo de 60.000 $ a Valeria Lynch. Está claro que ellos no demostraron ni el temple, ni la paciencia ni la resignación de los japoneses: se quejaron amargamente de su terrible drama, al lado del cual la tragedia nipona parecía insignificante.

Lo que en definitiva me chocó fue que las dos grandes noticias de aquel martes 15 de marzo eran la catástrofe de Japón y la catástrofe de Valeria Lynch. ¡Qué bien que le hubieran venido como terapia diez días en Tokio a esta cantante venida a menos para aprender a ser paciente, pero sobre todo para aprender a ser solidaria y ceder su espacio en los noticieros, por ejemplo, a especialistas que opinaran sobre si las plantas nucleares argentinas están preparadas para desastres naturales! Pero claro, esto ya es mucho pedir para alguien como la Lynch, y mucho más para los mismos noticieros, que parecen considerar que el problema japonés es igualmente importante que el problema de esta mujer.

Pablo Cazau. Marzo 2011.

El sonido de la televisión

Está claro que ningún televidente tiene el control exclusivo de la intensidad del sonido de su televisor, y esto es casi tan antiguo como la televisión misma.

Cuando pasamos de un canal a otro, no es raro que aumente o disminuya el nivel sonoro sin que hayamos tocado ninguna tecla reguladora del control remoto: hay canales que se la pasan gritando todo el tiempo, y otros que apenas si se los escucha. Y ni hablar cuando en un mismo canal comienza el espacio publicitario: uno está viendo tranquilamente una bonita película en Studio Universal y de repente sufre un desagradable sobresalto auditivo cuando aparece la publicidad, basado en la falsa creencia que si algo hace más ruido atraerá más la atención. En mi caso todo lo contrario: siempre tengo listo el dedo sobre la salvadora tecla de “silencio” para evitar el estrés sonoro.

Al menos en la TV argentina ya hubo avances: ahora hay cartelitos que te avisan cuando empieza y finaliza el “espacio publicitario”, y sólo faltaría que obliguen a agregar los cartelitos de “aquí comienza –o aquí termina- el estruendo sonoro”. Desde ya, la solución de fondo debería establecer un mismo nivel de decibeles para todos los canales y para todas las ocasiones con el fin de respetar el derecho del televidente a elegir el sonido que se le canta: a nadie le gusta que un invitado empiece a gritar en el medio de su fiesta.

Cosas similares pasan en algunas confiterías, no precisamente bailables, o en algunos taxis donde apenas si podemos escuchar a nuestro interlocutor porque al encargado o al chofer se le ocurrió aumentar el volumen de la música (sin hablar de que también pasa la música que a él le gusta, no la que cree que le gustará a la mayoría). Y tanto es así que ahora cuando me preguntan qué música me gusta ya no contesto más tangos o litoraleñas, sino cualquiera que suene bajito: hasta estoy dispuesto a soportar un rock pesado con pocos decibeles y no un tango estruendoso.

Y conste que quien les habla es un viejo murguero acostumbrado al ruido fuerte, que sabe del pobre tipo que intenta dormir al compás de los bombos en la cuadra del corso, lo que viene a demostrar que en estas cuestiones todos tenemos un poco de culpa.

Pablo Cazau. Marzo 2011.