Ya de chiquito me encantaba escribir. Me acuerdo que a los 9 o 10 años me escondía en el baño a escribir, en una libretita, lo que yo consideraba una novela de aventuras con reminiscencias de Tarzán o de Sandokan.
Por aquel entonces había empezado a leer de todo: comenzando la década del '60 me iba a la biblioteca de la esquina fascinado con las viejas ediciones de Sherlock Holmes y, en mi casa, me devoraba las famosas revistas mejicanas de las cuales aún hoy recuerdo su característico olor. Leía Hora Cero, El Tony, Dartagnan, viajaba a lugares lejanos con el "Corazón" de Edmundo de Amicis y los libros de la colección Robin Hood, como "Hombrecitos", de Louise May Alcott, o "El Eternauta".
Mi padre nos compraba todas las semanas el "Billiken" y el "Patoruzú", y hasta incluso un día me dijo si no quería recibir "El Gráfico". Nunca supe por qué le dije que sí, porque el fútbol no era precisamente algo de mi agrado: tal vez fue porque me hipnotizaba el olor de la tinta fresca.
Otro tanto pasó con aquella legendaria revista "Primera Plana", dirigida por periodistas como Ramiro de Casasbellas y Tomás Eloy Martínez, sólo que aquí, si bien leía alguno que otro artículo, lo que me encantaba era la original diagramación. Y lo mismo me pasaba con el boletín del "Economic Survey" que le robaba cada semana a mi padre de su escritorio.
Más tarde llegaron Ray Bradbury, Edgar Allan Poe, y las novelas de Mister Reeder, de Sexton Blake, de Gastón Leroux, Maurice Leblanc y del Séptimo Círculo, entre otras. También me releí las "Ficciones" de Borges y la "2001 Odisea del espacio" de Clarke. Luego vinieron las revistas pornográficas, que disfrutábamos en casas de amigos lejos de la mirada severa de mi madre, aunque aquí ya había poco y nada para leer. Por entonces también me había fanatizado con la ciencia y me pasaba leyendo y releyendo incansablemente la revista "Tecnirama", el libro de mil páginas de Bunge sobre "La investigación científica" o la "Lógica" de Romero, sin hablar de los cursos que seguía en la Asociación de Amigos de la Astronomía (de la cual era socio) o en el Instituto de Biología Experimental del Colegio Máximo de San Miguel, de lo cual mis padres nunca se enteraron porque querían que me dedicara ¡a estudiar!
De cada cien páginas que leía, escribía una, y poco a poco fui convirtiéndome es un escribidor (o sea, estaba bien lejos de ser un escritor: esto llegó décadas más tarde). Una poesía a mi madre acá, unas rimas para las relaciones del programa "De lo nuestro con humor" por allá, o la letra de una milonga lunfarda más lejos, que inexplicablemente fue seleccionada en un lugar de Internet junto a la de grandes en serio como Discépolo, Carlos de la Púa o Alfredo Le Pera. También presenté en un concurso una crónica de la vida de los cirujas en Buenos Aires, y ni siquiera llegué a los preseleccionados: seguramente fue lo primero que descartaron.
Siempre continué siendo un lector y un autor incansable, pero en un momento dado me agarró el berretín de la edición, y entonces me dediqué a fundar revistitas: las hice en el colegio secundario, en la Acción Católica (donde iba exclusivamente porque tenía amigos, había un metegol, y había chicas buenas pero no de bondad).
Por la década del '70 hice una publicación satírica para la barra de amigos del boliche, dibujé varias historietas con argumento. y por la década del '80 se me dio por hacer una revista barrial impresa en fotocopias, toda escrita por mí. Me levantaba cada mes a las 5 de la mañana a repartirlas casa por casa, y debo haber recorrido cada vez como veinte manzanas diferentes. En la susodicha publicación aclaraba que quien quisiera recibir la revista periódicamente me avisara por teléfono: solamente uno me contestó, y, también a las cinco de la mañana, la seguí dejando en su puerta unos meses más hasta que me pudrí.
Entrando en los '80, obtuve un tercer puesto en un Concurso Internacional de Cuentos, y fundé una revista de 48 páginas, impresa en fotoduplicación, con temas de Filosofía de la Ciencia, Psicología y otras yerbas. Me la pidieron para distribuirla en Mar del Plata pero me la devolvieron medio enojados porque no estaba impresa en Offset y además casi el único que escribía era yo. En fin: salieron cuarenta números y ahí terminaron mis aventuras como editor aficionado. Senté cabeza, terminé mis dos carreras universitarias y paré la máquina cuando obtuve un primer premio científico en la Universidad de Buenos Aires. En el 91 publiqué, por intermedio de una editorial, un libro de Metodología de la Investigación para mis alumnos gracias al aporte económico de mi madre que ya no sabía qué hacer conmigo.
Fui a un taller literario más que nada porque me sentía solo, pero me fui a la segunda vez porque había un tipo que se la pasaba leyendo lo que él había escrito. Seguí escribiendo ensayos sobre el fundamento lógico del conocimiento científico y diseñando experimentos imaginarios que nunca realicé, hasta que hacia el 2007 decidí que lo mío era en realidad escribir relatos imaginarios de diversos tipos.
Por entonces me imaginé en qué acabaría todo esto, y tuve una fantasía recurrente: me veía como un anciano escribiendo historias a la luz de una vela en el medio de una furiosa tormenta por aquello del recrudecimiento del calentamiento global, y que periódicamente me escapaba al bar con los amigos adonde mi hija me iría a buscar para recriminarme que abandonara el cigarrillo.
Escribo “en fácil” y entrego casi todo ya digerido al lector. Aparte de gustarme, ello se debe a una “deformación” profesional. Soy docente universitario desde hace mucho tiempo y encima últimamente también revisor de publicaciones científicas. Como docente explico “en fácil”, y como revisor exijo que el artículo a publicar sea claro y riguroso, además de otras cosas.
Sin embargo en el último tiempo creo estar entrando en una nueva etapa: ahora me propongo no darles todo masticado a los lectores, intentando sugerir mucho más de lo que digo explícitamente. Entre otras cosas, porque a los lectores les gusta también pensar un poco, masticar ellos mismos, lo que da como resultado que un mismo texto tenga tantas interpretaciones diferentes como lectores hay (“polisemia”, como dirían los lingüistas y críticos literarios).
Pablo Cazau. Mayo 2010.
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