La literatura de ficción no ha desaprovechado la ocasión para explicar el origen de la religión y de sus dogmas. Por empezar, encontramos ciertas narraciones donde se asocia el origen de las religiones con seres extraterrestres que supuestamente nos habrían visitado hace mucho tiempo.
Ángel Arango, en "Un inesperado visitante", sostiene que Jesucristo fue en realidad un extraterrestre que, debido a una avería en su nave vino a parar a cierta zona del Asia Menor. Desde ya, como buen extraterrestre tenía ciertos poderes especiales, como multiplicar panes o resucitar luego de haber sido desangrado.
La cegadora luz que según la versión de Arango bajó de los cielos no era otra cosa que la espacionave de sus compañeros que venían a rescatarlo, aunque para los humanos de entonces haya sido Dios o el Espíritu Santo. Borges decía que la realidad era tan extraña que no sería nada raro que también existiese la Santísima Trinidad.
Otras piezas de la ciencia-ficción explican, asimismo, el origen extraterrestre de las revelaciones divinas. Murray Leinster, en "El Poder", relata otro accidente sufrido por un imprudente alienígena que lo dejó malherido sobre nuestro planeta. A punto de morir, no desea que sus conocimientos murieran con él y entonces manda a llamar un monje para revelarle su origen extraplanetario y transmitirle todo su saber. El monje, ignorante y prejuicioso, entiende la venida de otro planeta como una parábola sobre su origen celestial, y jamás entendió, entre otras, las siguientes palabras, que desde entonces encierran el Gran Misterio del Poder que bajó del Cielo: "Nuestros campos se pueden proyectar como sólidos tridimensionales, que asumen cualquier forma que se desee y poseen todas las propiedades de la sustancia a excepción de la afinidad química".
Edward Wellen, en "El libro de Elías", ha aprovechado lo que se cuenta del profeta judío Elías, acerca de su ascensión a los cielos mediante un carro de fuego. De aquí a considerar que este carro era una nave espacial quedaba un solo paso, y según la historia, el profeta no habría sido más que un atribulado mortal raptado por extraterrestres, estudiosos errantes de las religiones en los distintos rincones de la galaxia. Para Elías, en cambio, eran enviados de Dios o tal vez demonios que lo llevaban a lugares desconocidos, que no eran otra cosa que naves que orbitaban en el espacio. Ray Bradbury había dicho una vez que un viaje espacial es, esencialmente, una experiencia religiosa.
Otras veces, los escritores de ficción han imaginado que en la génesis de los sistemas religiosos no intervino un extraterrestre sino que lo hizo, deliberadamente o no, algún integrante de la misma raza humana. Tal el caso de los cuentos de Cordwainer Smith y de Walter Miller Jr. El primero, en "El crimen y la gloria del comandante Suzdal", ubica la narración en un futuro muy lejano donde el comandante terráqueo Suzdal localiza, en un viaje de exploración, un planeta habitado por seres inteligentes y hostiles. Ante la inminencia del ataque, seguramente mortal, Suzdal decide tomar ocho gatos de su reserva ecológica e imprimir en sus genes y cerebro cierta información acerca de que deberán servir incondicionalmente al hombre.
A continuación, introduce a los animales en un aparato 'cronopático', distorsionador del tiempo, donde los gatos permanecerán apenas uno o dos segundos, aunque en rigor fueron lanzados dos millones de años hacia el pasado. Programados genéticamente como estaban, durante todo ese enorme tiempo desarrollaron una civilización cuyo dios era el Hombre.
Finalmente, y cuando hubieron pasado los dos segundos de funcionamiento del distorsionador del tiempo, a la nave de Suzdal llegaron otras espacionaves llenas de gatos -una civilización que ya tenía dos millones de años de antigüedad-, que le enviaron el siguiente mensaje: "¡Oh, Señor! ¡Oh, Dios! ¡Oh Iniciador de la vida! Hemos esperado este momento desde que todo comenzó para serviros. Permítenos vivir para Ti y morir por Ti. Nosotros somos tu gente". Y luego, a una orden del comandante Suzdal, los gatos destruyeron a los atacantes.
Walter Miller, en su historia "Cántico por Leibowitz", ubica la época también en un futuro distante, pero en el mismo planeta Tierra. Ocurrió que el hermano Francis Gerard, monje de una desconocida religión del futuro, deambulaba por el desierto cuando encontró semienterrada una caja oxidada, que según supuso debía datar de la época anterior al Diluvio de Fuego (léase Tercera Guerra Mundial).
Encontró allí extraños utensilios, pero sobre todo algunos papeles escritos que el monje inmediatamente interpretó como revelaciones divinas, ya que en uno de ellos estaba escrito el nombre de Leibowitz, casualmente similar al del otrora fundador de la secta a la que el monje pertenecía. El revuelo que por entonces se armó se nos ocurre similar al que se podría haber armado si en nuestra época algún musulmán llegara a encontrar un auténtico manuscrito de Mahoma en el desierto.
El monje no comprendió el significado de los textos, no obstante lo cual el inapreciable documento fue transmitido de generación en generación y copiado miles de veces en su condición de palabra sagrada. Fragmentos de estos escritos eran, por ejemplo: "Medio kilo de salchichón y una lata de paté para Ema", y "No olvidar el formulario 1040 para la declaración de impuestos". Curioso destino para una agenda.
El hombre creó a Dios a su imagen y semejanza al imaginarlo con barba y sandalias, pero Frederick Brown fue un poco más lejos. En su breve cuento "Respuesta", fantasea con la computadora más perfecta que lograron hacer los mejores cerebros de todas las galaxias. El día de su inauguración, tan esperado, contestó todas las preguntas que el hombre podía hacerle, incluyendo la última de todas: "¿Existe Dios?", a lo cual la supermáquina contestó muy suelta de cuerpo: "Sí, ahora sí".
Como buen escritor de ficción, Brown llevó lejos su imaginación al pensar que una supercomputadora podía dar respuestas finales, aunque por ahora deberemos contentarnos con la triste realidad de la que hablaba Mario Bunge: no existen las respuestas definitivas, simplemente porque no hay preguntas últimas. ¿Algún día fabricará el hombre la máquina que haga la pregunta final, habida cuenta de que las preguntas denuncian no sólo lo que el preguntante ignora sino también lo que sabe?
No es necesario, por lo demás, ser un escritor fantástico para hacer de la religión una ficción entretenida, pues fueron los mismos creyentes quienes a veces asumieron esa responsabilidad. Eran famosas, en Bizancio, las interminables discusiones acerca del sexo de los ángeles, o acerca de si eran seres vivientes o simplemente cadáveres alados. Tal el origen de las discusiones 'bizantinas', que en manera alguna han perdido actualidad en nuestra tecnológica época. En junio de 1991 John O'Connor, Cardenal de Nueva York, declaraba sin tapujos que Dios es varón, como reza el mismísimo Padre Nuestro. No faltaron las réplicas, que llegaron con la dirigente feminista Ellen Doherty en los siguientes términos: "Estamos seguras que ELLA lo perdonará".
Son también discusiones a lo Bizancio las disputas acerca de si Dios existe o no, como lo demostrara Kant con su hipótesis de las antinomias de la razón pura, también aplicable a esta cuestión: existen razones demoledoramente lógicas que avalan la existencia de Dios, y razones igualmente definitivas que prueban lo contrario, con lo cual el filósofo de Könisberg vino a tirar por la borda los sesudos argumentos probatorios de la existencia del ser supremo en los que tomistas y cartesianos, entre muchos otros, supieron gastar sus neuronas.
Pablo Cazau. Julio 1995.
Bibliografía consultada
Arango Angel (1973) Un inesperado visitante. Madrid: Castellote Editor, 2° edición.
Brown Frederick, Respuesta. En Aldiss B, Los hombres paradójicos, 1978.
Leinster Murria, El Poder. En La era de Campbell III. Buenos Aires: Hyspamérica, 1987.
Miller Walter, Cántico por Leibowitz". Madrid: Castellote Editor, 1973, 2° edición.
Smith Cordwainer, El crimen y la gloria del comandante Suzdal. En "Imperios Galácticos-2. Barcelona: Bruguera, 1977.
Wellen E, Libro de Elías. En Ciencia ficción 12. Barcelona: Bruguera, 1974.