La ciencia y la literatura suelen tener las mismas intuiciones sobre el hombre, la vida y el universo, lo que revelaría la existencia de una forma universal de pensamiento en la humanidad como lo ilustran los ejemplos de esta nota.
Si la ley concede la propiedad intelectual a Fulano es simplemente porque la registró primero, con lo cual la gloria se la lleva el que corre más. A veces, esta lucha llega a convertirse en una cuestión de honor nacional, por no decir chauvinista, como cuando Leibniz y Newton se disputaron el privilegio de haber inventado el cálculo infinitesimal inventado, en rigor, por ambos en forma independiente.
1) El gen egoísta.- Richard Dawkins, de la Universidad de Oxford, afirmó que los seres vivos no somos más que dispositivos de supervivencia de nuestros genes, los cuales han podido sobrevivir durante 4000 millones de años en un ambiente hostil gracias a que se han 'recubierto' de organismos cada vez más sofisticados creados por ellos mismos.
Desde esta perspectiva, el hombre no sería más que una máquina para mantener vivos a los genes, quienes revelan así un despiadado egoísmo que se refleja hasta en la misma conducta humana. De hecho, la agresividad del hombre en todas sus variantes (ataque, miedo, huída, defensa, persecución, destrucción, perdón del adversario, etc.) no serían más que estrategias que instrumentan los genes una vez que analizaron fríamente sus posibilidades de supervivencia.
"Una gallina es sólo la manera que tiene un huevo de hacer más huevos", decía el escritor Samuel Butler mucho tiempo antes que Dawkins, y palabras más, palabras menos, la teoría del gen egoísta aparece también expresada literariamente en los versos de Kalil Gibran:
"Tus hijos no son tus hijos
son hijos e hijas de la vida
deseosa de sí misma.
No vienen de ti sino a través de ti
y, aunque estén contigo,
no te pertenecen".
¿Dawkins se copió de Gibran, o Gibran de Dawkins? Si bien muchos poetas se inspiraron en ideas científicas y, al revés, muchos investigadores imaginaron sus teorías en base a ficciones literarias, es también posible que a veces poetas y científicos, aunados en un solo corazón, hayan producido independientemente las mismas ideas.
De algún modo la teoría del gen egoísta fue también propuesta, en la ficción, por Stanislaw Lem y otros tantos. Somos simples carteros, arguye Lem, que llevamos información genética de una generación a otra, sólo que algunos, los llamados ingenieros genéticos, abren las cartas para curiosear... y hasta para modificar el mensaje.
2) Le electricidad genera vida.- La electricidad puede matar, pero es creencia común que también puede infundir vida, idea que floreció tanto en la literatura como en la ciencia. Antiguas leyendas orientales ya refieren que los cantos rodados de ciertos arroyos de montaña son en realidad huevos de dragón, los que, al ser heridos por un relámpago, hacen nacer pequeños dragoncitos que vuelan raudamente hacia el cielo.
En 1804 Luis Galvani había logrado 'levantar' de su lecho un cadáver mediante oportunas descargas eléctricas, y un año antes su sobrino -los sobrinos suelen ser muy traviesos- hizo guiñar el ojo de un asesino recién ahorcado conectándole sendas baterías en la boca y el oído.
¿Habrán inspirado estos experimentos la creación del monstruo de Frankestein? Mary Shelley tenía 19 años y pasaba unas vacaciones en Italia con lord Byron y un médico amigo. Corría el año 1817 y una noche resolvieron escribir cada uno un relato terrorífico, pero la única que cumplió fue Mary al escribir "Frankestein, or de Modern Prometeus", relato donde se hablaba de un monstruo que nace a la vida gracias a la oportuna intervención de descargas eléctricas. Asimismo, y ya en el serio terreno científico, entre las más difundidas hipótesis sobre el origen de la vida se cuenta la feliz combinación de agua oceánica, ciertas sustancias orgánicas... más el mágico toque de los relámpagos de alta mar.
3) El eterno retorno.- Otra difundida creencia universal es el mito del eterno retorno, según el cual todos los procesos vuelven a su punto de partida, una y otra vez en forma circular y eterna. En muchas culturas existe la certidumbre que el universo se crea, se destruye y vuelve a crearse según una secuencia sin principio ni fin. Una tal creencia encuentra también su lugar en la ciencia y la literatura, y aún en aquellas vidas anónimas donde la persona expresa su deseo de morir en el lugar donde nació.
En la ciencia, el mito en cuestión aparece por ejemplo bajo la forma del principio de conservación de la materia, enunciado por Lavoisier. Según el químico francés, la materia no se crea ni se destruye, y sólo se transforma en un ciclo interminable. Así, el átomo que hoy constituye nuestro cuerpo no desaparece con la muerte y dentro de miles de años tal vez forme parte de alguna roca perdida, retornando eones después a un nuevo ser viviente.
Sigmund Freud expone una idea similar al afirmar que así como la vida surge de la materia inerte, tiende también hacia ella (teoría de las pulsiones de muerte). En fin: de los muchos y variados ejemplos literarios del mito del eterno retorno tomemos tres, surgidos en los últimos 150 años, lo que demuestra que el mito tampoco deja de retornar una y otra vez.
En su historia "La última pregunta", Isaac Asimov relata como a lo largo de millones de años, un hombre cada vez más evolucionado va preguntándole lo mismo a una computadora también cada vez más perfecta, acerca de si es posible o no invertir la entropía. O dicho en una forma más sencilla: si es o no posible que el universo renazca de sus cenizas una vez extinguido. Pero la computadora siempre respondía lo mismo, a saber, que no cuenta con datos suficientes como para dar una respuesta significativa.
Finalmente, cuando ya la supercomputadora se tornó inmaterial de tan sofisticada, y cuando el hombre desaparece y el universo comienza su proceso de extinción, la máquina hace un esfuerzo final y encuentra la respuesta cuando, en la inmensidad de la nada, dice "Hágase la luz". Y la luz se hizo volviendo todo a renacer.
Adolfo Bioy Casares, en "La invención de Morel", cuenta la historia de un fugitivo que llega a una isla cuyos únicos habitantes son ciertos personajes que repiten una y otra vez las mismas escenas y diálogos, según "una eternidad rotativa que puede parecer atroz al espectador".
Ese mismo eterno retorno aparece también en un cuento de Edgar Allan Poe, "Ligeia", donde su autor refiere el intenso odio que sentía un hombre por su esposa, que muere después de tener una hija. El viudo se encarga de criarla y educarla, evitando siempre toda referencia a la difunta madre y aborrecida mujer. Sin embargo, llega un momento donde se ve obligado a bautizarla, lo que implicará ponerle un nombre, y Poe, de una forma que sólo él puede hacer, hace retornar nuevamente a la mujer odiada en la espeluznante escena final.
La creencia en un eterno retorno expresa en el fondo el anhelo de inmortalidad del hombre, deseo tanto más patético en aquellas cosmovisiones donde, como la nuestra, la muerte es vista como algo de mal gusto, una inmoralidad o una herida narcisista, más que como un proceso natural, y donde interesa más educar para matar que para morir.
4) La represión.- Pero hay aún otras ideas que son patrimonio de la humanidad y que surgen de manera idéntica en ciencia y literatura. Así, Freud había postulado en el hombre el mecanismo de la represión, entendido como un rechazo al inconciente de ciertos deseos sexuales prohibidos. Pero rechazar no quiere decir olvidar, aunque la persona mantenga la ilusión de haber borrado de su memoria el material prohibido. De alguna manera, Jorge Luis Borges planteó la misma teoría al afirmar que "lo único que no existe es el olvido".
Si a pesar de los denodados esfuerzos de la gente por olvidar lo reprimido este siempre retorna, es porque el deseo sexual tiene una gran intensidad y una notable persistencia. Trescientos años antes de Freud, Tirso de Molina se había también percatado de la fuerza de estos impulsos, cuando escribió:
"Quien promete no amar toda la vida
y en la ocasión la voluntad enfrena,
seque el agua del mar, sume su arena,
los vientos pare, lo infinito mida".
5) La dualidad humana.- Freud había postulado la coexistencia, en una misma y única persona, del instinto de vida y el instinto de muerte, como así también una especie de división o escisión en la psique: un "ello" que pugnan desenfrenadamente por satisfacer sus instintos, y un "superyo" que se opone a la liberación de esas fuerzas en base a consideraciones morales.
Cualquiera de estas hipótesis sobre la dualidad de la naturaleza humana aparecen en la literatura con el Dr. Jekill y Mr. Hyde de R. Stevenson: el uno intachable, el otro execrable.
Karl Jung postuló también, a su manera, la existencia de variadas dualidades humanas: introvertido - extravertido, masculino - femenino, etc., coexistentes en todo ser humano individual. En sus intentos por buscar un equilibrio, aquella mente que inconcientemente era introvertida, por fuera se manifestaba, según Jung, como extravertida, y aquel ser demasiado masculino por fuera, no hacía otra que compensar su fuerte lado femenino inconciente. Así también, si alguien es exteriormente un tímido, es porque en su interior tal vez sea un audaz, y si a los ojos de los demás aparece como un cobarde es porque inconcientemente podría ser un valiente.
Jung desarrolló también la teoría del inconciente colectivo, la que podría explicar por qué ciertas ideas son universales y suelen reaparecer periódicamente en la ciencia y la literatura. Tales ideas o creencias no serían otra cosa que los habitantes invisibles de ese inconciente colectivo, ese fondo psíquico común a toda la humanidad que hace que una y otra vez aparezcan las mismas ideas en diferentes épocas y culturas, aunque en cada caso con diferentes matices y disfraces en los mitos, las leyendas, los poemas, los cuentos infantiles, las novelas, los dogmas religiosos, los planteos filosóficos y las teorías científicas.
Pablo Cazau. Marzo 1988.
Referencias bibliográficas
Asimov I, La última pregunta. Incluido en Aldiss B (1978) Los hombres paradójicos. Barcelona: Caralt Editor.
Bioy Casares A (1948) La invención de Morel. Buenos Aires: Emecé, 2° edición.
El gran libro de lo asombroso e inaudito, Reader's Digest, México, 1977, 2° edición.
Freud S (1995) Obras Completas. Buenos Aires: Amorrortu.
Hull L (1978) Historia y filosofía de la ciencia. Barcelona: Ariel, 4° edición.
Poe E (1972) Historias extraordinarias. Buenos Aires: Emecé.
Revista Muy Interesante, Buenos Aires, N° 45.