Hacía como cuarenta grados de calor y me lo encontré a mi amigo José Iturriberrigoycoerrotaberricoechea sentado en la plaza Sáenz Peña con un sobretodo. Lo miré extrañado y me dijo:
- Es que tengo que disimular. Resulta que fui al médico y me dijo que tenía una rara enfermedad que se llama priapismo.
- ¿Qué es eso? – le pregunté alarmado.
- Bueno, a lo mejor usted sabe que en la mitología griega hay un dios de la fertilidad que se llama Príapo, y que solían representarlo como un enorme falo en perpetua erección. Y eso es lo que me pasa: las 24 horas del día estoy así, y con el sobretodo algo se disimula ¿vio?
Le dije que debería estar orgulloso y que sería la envidia de todos los hombres, menos de los fabricantes del Viagra.
- No se crea, mi amigo. Cuando me subo el cierre tengo que andar con mucho cuidado desde la última vez que quedé enganchado. Encima ya no puedo ir más a la playa con el slip ni ducharme en el club. Mi mujer ya empezó a llamarme colectivo, porque se puede subir en cualquier parada en cualquier momento. Incluso pensó en alquilar el falo para pagar el impuesto inmobiliario, y no pude decirle nada. Usted sabe que las mujeres no son propietarias del falo, pero tienen el usufructo: pueden usarlo cuando quieran y alquilarlo, pero no venderlo. Al final decidí pagar el impuesto inmobiliario trabajando de modelo en Sprayette, en la parte donde te quieren vender un tratamiento trucho contra la disfunción eréctil. Hasta me ofrecieron trabajar de estrella porno destronando al famoso Tony Montana, pero mi mujer se opuso rígidamente, valga la redundancia.
- Y hablando de colectivos –siguió mi amigo- no se imagina los problemas que tuve cuando viajaba en estos vehículos todo apretujado en el pasillo. Hasta con el sobretodo se notaba. Algunas chicas me miraban con enojo como diciendo que no se venderían al mejor postor, pero había señoras grandes que no decían nada y hasta se agachaban para ver a qué altura de la calle estaban. Incluso un punguista creyó que allí tenía la billetera, pero se dio cuenta enseguida que no era un palo verde y que eso de ordeñar toros no era para él. Tampoco quiero gastarme la plata en taxis, que siempre se detienen cuando voy caminando porque creen que los estoy llamando.
Y acto seguido se levantó del banco y se fue a tomar un colectivo vacío mientras tarareaba aquella famosa canción de Los Beatles “La vi parada ahí”.
Pablo Cazau. Mayo 2010.


