La ciencia-ficción ha tocado muchas veces la cuestión. En el cuento "¿Qué le ocurrió al Cabo Cuckoo?", Gerald Kersh describe la vida de un mercenario que tuvo la fortuna -o la desgracia- de haber probado el elixir de la eterna juventud de los antiguos alquimistas, y que a pesar de sus varios 'siglos' de edad se mantenía siempre igual como una Mirta Legrand cualquiera, a no ser por las innumerables heridas recibidas a lo largo de sus muchas batallas, entre las que se encontraba una espantosa cicatriz en la cabeza que tenía varios centímetros de profundidad y producto de un hachazo que, obviamente, no lo mató. Pero, ¿qué sentido tiene la vida de un inmortal? La cuestión del sentido de la evolución fue profusamente investigada por la literatura de ficción. En "Retroceso", A. Correa se cuestiona si el único sentido de la evolución humana es la perdurabilidad de la especie mediante la reproducción, o bien si apunta al simple desarrollo de la inteligencia. La narración transcurre por otros carriles, pero a partir de su idea se puede concluir que, según la alternativa elegida tendremos un diferente modelo de superhombre: un supermacho o un supercerebro. Al autor le faltó solamente la tercera posibilidad, plantar el árbol.
Según la primera alternativa, cabe pensar que en su evolución el hombre quedaría reducido a la larga a un par de testículos (u ovarios), que irían saltando de generación en generación a los efectos de compensar la corta vida de cada gónada en particular, concepción que podríamos llamar la teoría del testículo saltarín. Como apéndice de estas gónadas (testículo u ovario) tendríamos todo un sistema circulatorio, digestivo y respiratorio para alimentarlos, y un sistema neuroendocrino que permitirían el acercamiento al otro sexo y la consecuente fecundación, los que también servirían para preservar la vida individual del ser que funciona como envase de los genes, o sea el ser humano.
La segunda alternativa equivale a considerar que el verdadero poder que busca preservarse y aumentarse es el mismo desarrollo intelectual del hombre. No son pocas las ficciones que han imaginado al hombre del futuro como un gigantesco cerebro gelatinoso, una suerte de flan neuronal alimentado por una máquina que el mismo hombre construyó cuando aún tenía manos.
Menos grosera es la metáfora del monolito negro creada por Arthur Clarke en su famosa serie "Odisea espacial". La narración trata acerca de la posible evolución de la especie humana mediante jalones que van desde la transformación del mono en hombre y, pasando por las conquistas espaciales, llega hasta la transformación del homo sapiens en una especie de entidad inmaterial, quizá energía pura e intelectualmente muy superior a lo conocido. Por citar una de las variadas interpretaciones que aquí pueden hacerse, la historia de Clarke apunta a mostrar que una inteligencia no humana e infinitamente exquisita (¿Dios?) construyó y utilizó al enigmático monolito para dirigir la evolución de la especie humana mediante oportunas intervenciones: primero en la misma tierra, luego en la luna, y finalmente en las inmediaciones de Júpiter. Fue por fin el astronauta David Bowman quien sufrió la metamorfosis susodicha al acercarse demasiado al monolito jupiteriano, convirtiéndose así en una especie de superhombre. ¿Busca el hombre reproducirse para mejorar cada vez más su capacidad intelectual? ¿O, al revés, busca ser cada vez más inteligente para garantizar mejor la preservación de la vida? Si lo primero, ¿para qué ser más inteligente? Si lo segundo, ¿para qué preservar la vida? Quizá la solución sea un círculo vicioso, o bien una tercera posibilidad inimaginable.
Los escritores de ciencia-ficción no han cesado de imaginarse a un Superhombre, sea bajo la forma de una inteligencia extraterrestre, sea bajo la forma de un descendiente de la raza humana ubicado en un lejano futuro, sea bajo la forma de seres humanos normales educados por otros muy superiores como ha imaginado Howard Fast. La distancia intelectual entre ese superhombre y los humanos actuales podría ser la misma que entre los humanos actuales y las hormigas o las rocas. Ninguna persona sensata intentaría comunicarse con insectos o con piedras, y por la misma razón ningún monstruo hiperinteligente tampoco intentaría comunicarse con los humanos: solamente jugaría o experimentaría con ellos, cuando no los destruiría por perjudiciales, como lo hacen muchos poderosos seres de la literatura de ciencia-ficción.
Quizás dentro de miles de años la raza humana evolucione hacia un Superhombre: algunos lo imaginan dotado de una inteligencia inimaginable, mientras que otros lo sueñan dotado de un sentido de la bondad y la justicia igualmente increíbles. Ese nuevo ser incluso ya no sería más humano: se habría creado una nueva especie, de la misma forma que, presuntamente, surgió la especie humana a partir de otra anterior.
En tren de especulaciones, podría llegar a pensarse que las guerras entre los humanos acelerarían este proceso evolutivo al posibilitar la supervivencia de más fuertes. Para explicar esto podemos tomar el ejemplo de los presos de las cárceles rusas, que viven en tales condiciones de estrés, hacinamiento y falta de higiene que muchos comienzan a contraer la tuberculosis. Cuando ello ocurre, las autoridades comienzan a tratarlos con antibióticos y, como son tratamientos largos, muchos presos no siguen con su tratamiento una vez que son liberados por haber cumplido la condena, es decir, quedan ‘mal curados’.
Un tratamiento incompleto a su vez hace que el antibiótico mate solamente los bacilos patógenos más débiles, con lo cual quedan solo los más fuertes, los que mejor resisten a los antibióticos, con lo cual estos a su vez comenzarán a reproducirse generando más bacilos resistentes. Por ejemplo, si antes del tratamiento había un 30% de bacilos resistentes, después queda un 100% de ellos, con lo cual los bacilos se hacen cada vez más fuertes.
De la misma manera, una guerra destruye primero a los más débiles, con lo cual los más fuertes que sobreviven son los únicos que se reproducirán y transmitirán el gen fuerte a sus descendientes. Si no hay guerras, entonces la evolución hacia formas de vida más ‘poderosas’ sufriría un retardo importante, ya que continuamente seguirían naciendo hijos de seres débiles, también débiles. Y como en las guerras no vencen los más justos o los más bondadosos, sino los más fuertes, la humanidad entonces evolucionaría hacia una especie que sería más fuerte, pero no más altruista.
Todas estas conjeturas tienen su fundamento en la teoría evolucionista de Darwin. Una forma de explicar esta teoría de una forma amena, especialmente a los niños de 11 años en adelante, es la siguiente:
1) Confeccionar 10 papelitos numerados del 1 al 10 (el 1 corresponde al gen menos apto para la supervivencia y el 10 al más).
2) Seleccionar 7 alumnos: A, B, C, D, E, F y G.
3) Los alumnos A, B, C y D eligen al azar cinco papelitos. Ese será su genoma. El docente los escribe en un papel.
4) A y B se casan. Juntan en una bolsa 10 papelitos (cada uno aporta sus 5 papelitos). De dicha bolsa eligen cuatro veces con reposición 5 papelitos. Serán los genomas de sus cuatro hijos. Eliminan tres y se quedan con el mejor, pues sobrevive. Los cuatro genomas son anotados por el docente.
5) Se repite el paso anterior con la pareja C y D.
6) Los hijos sobrevivientes de ambas parejas, E y F, a su vez se casan, y se repite la operación anterior. Quedará un nieto sobreviviente de nombre G.
7) Finalmente se comparan los genomas de uno cualquiera de los cuatro padres con el genoma del nieto, verificándose que hubo un mejoramiento del mismo. La evolución resulta ser producto del azar pero también de la selección natural.
Pablo Cazau. 2007.
Referencias bibliográficas
Clarke A, 2001, 2010 y 2061 Odisea espacial, Varias editoriales.
Correa A, Retroceso. En Narraciones de ciencia ficción, Madrid, Miguel Castellote Editor, 1973, 2ª edición.
Fast Howard (1963) El filo del futuro. Buenos Aires: Minotauro.
Kersh G, ¿Qué le ocurrió al cabo Cuckoo? En Antología de ciencia ficción, Buenos Aires, Hyspamerica, 1986.