Si en una reunión familiar alguna pareja anuncia en forma solemne que tendrá un hijo, inmediatamente surgirán conjeturas acerca de si será varón o mujer, y mil teorías diferentes para vaticinar el sexo.
Seguramente no faltará el experimento de la cadenita, que se deja oscilar libremente sobre la mano o el vientre de la embarazada: si gira en forma circular será nena, y si lo hace en forma recta será varón.
- Son las ondas energéticas del bebé –sostiene alguien de quien no se sabe si es tarotista o físico nuclear.
- Mueve inconcientemente la cadena con la mano de acuerdo a sus deseos más recónditos –refuta el psicólogo.
- Yo lo hice siempre y nunca me falló –afirma la abuela, que ya ha empezado a perder la memoria.
Seguramente algún otro conocedor propondrá la teoría del rulo a la izquierda o el rulo a la derecha, mientras que otro más experto someterá a escrutinio la nuca del hermano inmediatamente anterior: si su cabello termina en forma de pico, será mujer, y si termina en forma recta, varón.
Un jugador empedernido sostendrá que si ya salieron tres varones la siguiente tiene que ser una mujer, como si el feto fuese un billete de lotería.
Sea como fuere, en estas reuniones siempre todos son especialistas en el tema, y quien permanece silencioso simplemente no tiene ni idea de cómo determinar el sexo del futuro vástago.
Esta es su gran oportunidad de pasar a la historia inventando un mito. Por ejemplo, decir que un hindú pelirrojo habló de un método milenario que consiste en sumergir los testículos del presunto padre en vino blanco: si flotan, será varón. Y si lo dice sin reírse, todos le creerán.
Tampoco será el primero en inventar exóticas teorías: ya los antiguos egipcios adivinaban la condición masculina del futuro hijo si la orina de la mujer hacía crecer el trigo más rápido.
Ni una ecografía es garantía de nada, habida cuenta de un caso donde dijeron que era varón pero en realidad era una niña que tenía la vulva hinchada.
Cuando finalmente el nacimiento resuelve la situación, los que se equivocaron inmediatamente se olvidarán de su pronóstico fallido, mientras que los que acertaron pasarán a ser las estrellas del vaticinio y proclamarán a voz en cuello:
-¡Tenía razón! ¿Te acordás que te dije que sería varón?- dicen, olvidándose que es mucho más fácil acertar aquí que en el bingo.
Es así que todos se apresurarán a consultarlo para el próximo embarazo, mientras en la siguiente reunión el tema central será, por supuesto, el nombre que deberá recibir la criatura.
Algunos dirán que no puede faltar el nombre del abuelo, la abuela o la madrina aunque sean horribles o fuera de moda, y hasta alguno arriesgará el nombre del emperador Julio César o del mismísimo Napoleón. Tampoco falta el desubicado que sugiere el nombre de un antepasado del año 1500 de nombre Aldaricus, pero finalmente los padres tendrán la última palabra. En la milonga ciudadana “Sin pensarlo”, cansado el padre de tanto cotilleo, finalmente impuso su autoridad, se fue al Civil y sin pensarlo le puso Carlos Romualdo, igualito que Gardel.
Pablo Cazau. Mayo 2009.


