
El machismo es una ideología que desvaloriza y sojuzga a la mujer por su condición de tal imponiéndole hasta donde puede determinadas formas de pensar, sentir y actuar. Correlativamente, el feminismo es una ideología que surge en las últimas décadas del siglo XX como reacción contra el machismo proclamando la independencia de la mujer, condenando el sojuzgamiento masculino, y reclamando igualdad de derechos para ambos sexos. Se trata de una oposición entre ideologías, no entre hombres y mujeres, porque hay mujeres que defienden el machismo y hombres que defienden el feminismo.
El hecho de que una persona defienda una u otra ideología dependerá de cómo fue educado y, secundariamente, de sus experiencias con el otro sexo. Por ejemplo la madre, primera educadora del ser humano, puede influir decisivamente sobre la ideología de su vástago, y si a ello se suman experiencias negativas o traumáticas con un determinado sexo, se habrá plantado la semilla para hacer de alguien un machista o un feminista por efecto del resentimiento.
Influye también en la elección de una u otra ideología la necesidad de poder, variable según cada persona. Cuando el hombre percibe el dominio de la mujer, compensa su situación con el machismo, y cuando la mujer percibe que el hombre intenta dominarla degradándola, busca una compensación con el feminismo.
Machismo.- La tradicional ideología machista viene de muy lejos. Al considerarse el sexo ‘fuerte’ el hombre es el dueño de la mujer, quien así queda reducida a un virtual objeto moldeado por los caprichos masculinos. La diada masculino-femenino se transforma en la diada musculones-masculonas.
El machista tiende a creer que el dominio del hombre sobre la mujer es algo natural y por tanto inevitable, pero en realidad se trata de una pauta cultural y por lo tanto variable. En la época victoriana, donde paradójicamente gobernaba una mujer, el hombre dominaba y la mujer obedecía sin chistar. Sin embargo existen ciertas sub-culturas chinas donde las mujeres viven en sus cabañas y son dueñas de ellas, mientras que los hombres deambulan por el bosque y de vez en cuando tocan a la puerta de alguna mujer, quien decidirá si ese hombre sigue afuera, entra por una sola noche o lo elige como marido, incluso con la prerrogativa de echarlo si considera que no cumple sus obligaciones maritales como ella quiere. Si uno se pone a penar, perdón, a pensar, no hay mucha diferencia con lo que ocurre en nuestra actual civilización occidental. Tras el divorcio, por lo general la mujer que queda en la casa marital criando a sus hijos, y por ende cualquier nuevo novio o amante jugará siempre de visitante, y si se porta mal lo enviará a dormir al auto.
En uno de los relatos de su libro “Espantapájaros”, Oliverio Girondo decía que poco le importa si la mujer era linda o fea, sucia o limpia, alegre o triste. Lo único que no le perdona es no saber volar, y si no saben hacerlo, pierden el tiempo en pretender seducirlo. Por ello se enamoró de una tal María Luisa: “desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras y sus quehaceres”.
Alguien dijo alguna vez que el machismo está perfectamente reflejado en el mismo lenguaje: un zorro es un héroe justiciero y un perro el mejor amigo, pero una zorra o una perra ya es un calificativo degradante. No obstante el machismo aún no llegó al extremo de “legalizar” las palabras “astronauto”, “terapeuto” o “poeto” porque cualquier terminación con la letra “a” es degradante.
Machismo y feminismo también afectan a los científicos, humanos al fin. Sigmund Freud, varón él, propuso que todo pasaba por tener o no tener pene, y que los párvulos fantaseaban con que no tenerlo los hacía inferiores. En compensación Melanie Klein, mujer ella, armó a la mujer proponiendo la fantasía de la vagina dentada.
Otros planteos procuraron ser algo más objetivos. Si pensamos como Adler, deberemos ver en el machismo el eterno afán de dominio. Desde Jung, en cambio, podría pensarse el machismo como un modo de compensar o equilibrar el lado femenino que todo hombre lleva escondido. Y, en una línea similar, si pensamos desde Freud, el hombre es machista porque con ello intenta tapar o reprimir sus impulsos femeninos. Efectivamente, el machismo no es incompatible con la homosexualidad masculina latente, como lo prueba el famoso dicho "se aferró al lavatorio y se la aguantó como un hombre".
Es probable –y entiéndase que se trata de una mera conjetura- que parte del impulso machista derive de la situación de desvalimiento infantil, donde el hombre debía depender para todo de su madre. Este poder femenino de otorgar la vida, la muerte, la felicidad, la desdicha, el alimento o la protección podría el hombre intentar neutralizarlo mediante una compensación llamada ‘machismo’.
Este poder femenino continúa vigente toda la vida regulando los impulsos del hombre. Como pareja, por ejemplo, cuando establece los cronogramas de la relación: cuándo conocerse, cuándo hablar, cuándo tirarse un lance, cuando ir a la cama, etc. Para cada etapa ella fija un tiempo y le organiza gran parte de su vida, y de allí la sorda queja del machista. Conciente de estos pensamientos masculinos, la mujer debe calmar la furia machista haciéndole creer que es él quien manda, quien elige y quien decide los destinos del mundo, cuando en realidad, son ellas quienes encarnan el poder sobre los destinos de la especie (“la mano que mece la cuna es la que mueve el mundo”, dicen los ingleses), apoyándose sobre el razonamiento transitivo “si el jefe domina el mundo y yo domino al jefe, por lo tanto yo domino al mundo”. Y esto en el caso que la mujer sea lo suficientemente poco inteligente como para proponerse dominar el mundo, tarea vana si las hay.
Un ejemplo extremo de machismo es el hombre golpeador, si golpea porque necesita descargar sus impulsos de dominio, pero puede ocurrir que su conducta no sea producto del machismo sino que golpeando necesita comprobar cuánto lo aman, o tal vez para satisfacer los deseos masoquistas escondidos de su cónyuge. En el extremo opuesto está el complaciente en todo, que supone que lo amarán por ello, cuando su aquiescencia sólo podría garantizar que lo elegirán, no que lo amarán.
Feminismo.- El hombre machista busca dominar a la mujer, pero la mujer feminista no busca dominar al hombre (de hecho, ya lo domina de muchas y sutiles maneras, como podría pensar a regañadientes el machista): simplemente no quiere ser dominada por él.
Fue así que las mujeres presentaron su queja: para no ser sojuzgadas por ellos, exigieron sus mismos privilegios y atacaron duramente la discriminación de los varones. Empezaron a trabajar, a fumar, a ocupar puestos de gerente, a intervenir más activamente en política (hay presidentes mujeres) y a ser más independientes en su vida laboral, profesional y sentimental, sin hablar de despertar en algunos casos cierto lesbianismo dormido. En una palabra intentaron, y en parte lo lograron, avanzar sobre el territorio tradicionalmente reservado a la condición masculina: al equipararse con el hombre dejaba de tener sentido el dominio masculino. Después de todo, la mujer no es menos que el hombre en cuanto a capacidades y desempeños. Una de las más avanzadas civilizaciones de la antigüedad, los minoicos, fue gobernada por mujeres, aunque no le pusieron ese nombre por lo de las minas.
Hasta hubo hombres que fomentaron estos ideales. Tal el caso de John Stuart Mill quien, además de ser un economista clásico y un lógico que planteó los famosos métodos que llevan su nombre para determinar la causas de las cosas, fue también un político que en pleno siglo XIX propuso una ley de la igualdad de los sexos: hombres y mujeres debían tener los mismos derechos, y entre ellos, el derecho a decidir con quien contraer matrimonio.
Quizá su vida personal nos procure una clave: estuvo años de novio esperando a que los padres de su prometida se murieran, porque no la dejaban casarse. Mientras tanto, ocupó su tiempo en diseñar los famosos métodos para averiguar la causa de las cosas, quizá con la esperanza de encontrar la razón de tan ridícula prohibición parental.
La presión machista y el avance del feminismo dejó tan sensibilizada a la mujer, que puede llegar a interpretar cualquier cosa que diga el hombre como machismo. Si un hombre dice a una mujer que maneje mejor, ésta le puede replicar que es un machista, pero el hombre no dijo “las mujeres manejan mal”, que fue lo que ella interpretó equivocadamente. Si le hubiese dicho que maneje mejor a un hijo, nadie lo hubiera tildado de machista, sino a lo sumo de padre hinchapelotas.
El autor de estas líneas tiene algo de machista y algo de feminista, pero es también partidario de moderar estas diferencias, simplemente para hacer del mundo un lugar más habitable. Por ello, esta nota no podría ser nunca totalmente objetiva: allí aparece el machista, allá el feminista. Lo que se ha intentado fue una explicación del porqué del machismo y el feminismo, seguramente incompleta, pero no una justificación moral de estas actitudes.
Ni machismo ni feminismo.- Desde cierto punto de vista, tanto el hombre como la mujer son auténticos perdedores y genuinas víctimas.
Como buen esclavo disfrazado de caballero, es siempre el hombre quien debe dejar pasar a la dama primero y quien debe acomodarle la silla para que se siente. La mujer será siempre la primera en ser servida, pero el hombre debe ser el primero en probar el vino para ver si está envenenado. Si hay un solo paraguas, ya sabemos quién se mojará irremediablemente, y si viene la cuenta del mozo, sabemos también quien se hará cargo de ella.
Cuando se casa, él cargará con los gastos exóticos de su esposa, y cuando se divorcia, es él quien se quedará sin su hogar y la compañía diaria de sus hijos convirtiéndose virtualmente en un homeless o deambulador urbano. Si en la calle vemos a un hombre y una mujer discutiendo, todos pensarán que él es el verdadero culpable, ya que el estilo de discutir del hombre es gritar, y el de la mujer llorar.
Los hombres resultan ser también las primeras víctimas de acoso sexual, porque son las mujeres las que se pasean insinuando su anatomía en apretados vestidos y atrevidos escotes. Sin embargo, si algún hombre se acerca a conquistarla, será él a los ojos de todos el auténtico acosador. Y en el sexo, son ellos los más expuestos al ridículo, ya que la mujer puede perfectamente disimular un orgasmo.
Las tareas más pesadas propias de esclavos son asignadas solamente a los hombres, porque ¿alguien vio alguna vez una mujer laburando de estibadora, de limpia-vidrios en un rascacielos o recogiendo los bultos de basura para cargarlos en el camión? También es quien deberá enfrentar a los ladrones, como corresponde a la tropa, mientras la generala está parapetada dentro del armario.
Si en la casa deben colgarse unos cuadros con el taladro o arreglar un calefón que en cualquier momento puede explotar, ya sabemos quién es el esclavo que realizará esas tareas. Y si hay que subir al techo para arreglar la antena con el riesgo de fracturarse la nuca, todos lo mirarán a él en silencio como quien mira al condenado antes de subir al cadalso.
Y por si todo esto fuera poco, ahora también los hombres deben lavar los platos e ir a buscar a los hijos al colegio, cuando no cocinar y pasearse con la escoba, tareas tradicionalmente reservadas a las brujas. Y es que él se ha quedado sin empleo, mientras su esposa trabaja de sol a sol en un banco.
Los hombres no suelen pelearse entre sí por una mujer, pero las mujeres sí se pelean a muerte por conseguir el mejor esclavo. El hombre está más presionado para ser inteligente y exitoso, lo cual aumenta sus niveles de estrés. Las mujeres no tienen esas obligaciones, y por eso viven más tiempo. Esto hace que haya más mujeres que hombres, lo que torna más feroz la competencia por el hombre sobreviviente.
Moraleja: para evitar todas estas inequidades, será mejor para el hombre convertirse en travesti. Muchos ya se han pasado a la vereda de enfrente y ahora pueden ser invitados a cenar, no tienen la obligación de ser inteligentes ni arreglar antenas, y nadie los acusará de malvados si se ponen a llorar en la calle frente al hombre que les grita.
Otros no se animan a tanto y entonces crean asociaciones exclusivas para hombres, como ciertos clubes londinenses o el legendario club de Toby del cómic, donde tienen la oportunidad de disfrutar en soledad o charlando algunas horas para tomarse un respiro sin la compañía femenina. Y todo ello sin hablar de los hombres que se atrincheran en los cafés formando barras donde las mujeres no tienen cabida, y donde pueden relatar imaginarias hazañas contra las damas como en el tango “As de cartón”, que cuenta la historia de un supuesto dominador de mujeres que, al final de su pomposo relato, la percanta lo va a buscar al boliche y poco menos que lo arrastra al conventillo para que barra la pieza y haga la comida.
Ya sé: no me diga nada. Usted es mujer y ya está poniendo el grito en el cielo: “¡Nosotras somos las golpeadas y las violadas! ¡Las que salimos a trabajar como nuevas jefas del hogar! ¡Las que recibimos menos sueldo por el mismo trabajo! ¡Las que debemos lidiar con la naturaleza cada 28 días!”. Y yo le contesto que tiene razón, que las mujeres son tan desgraciadas como los hombres. Si los hombres comprendieran los padecimientos femeninos y las mujeres los masculinos, poco quedaría ya de las ideologías machistas o feministas y el mundo sería un espacio más soportable.
Pablo Cazau. Noviembre 2009.