La comunicación masiva tiene el inmenso y peligroso poder de redefinir lo que es normal. Por ejemplo, algunos avisos publicitarios imponen modelos de felicidad que a veces hay que pagar muy caros. Es así que la felicidad está en poseer un automóvil nuevo, ropa de una determinada marca, viajar en un crucero por todo el mundo, o tener un bungalow con tiempo compartido. Todo eso es lo que “normalmente” debe ser considerado felicidad, simplemente porque “casualmente” es lo que deja más dinero a las empresas y es lo que ellas suponen que muchos desean.Sin embargo, para la gente la felicidad puede estar en pasear con los hijos, en bailar en una murga, en escribir historias, etc. Para otros la felicidad es estar sentado en la puerta de la casa, o bajo el alero en el medio de una tormenta campera, o en escuchar su música preferida, o en estar rodeado de perros o gatos, en ser budista, en coleccionar estampillas, en el casamiento de un hijo, en el nacimiento de un nieto, o en la contemplación, como decían algunos filósofos griegos. Claro que hay gente que es feliz viajando en un crucero, luciendo ropa fina o con un nuevo lifting, pero no todos tienen esa idea de felicidad.
Cuando tenía veinte años mis padres me ofrecieron viajar a Europa, pero yo rehusé. En ese entonces la felicidad para mí era estar en el boliche con mis amigos, irme a la biblioteca a leer las aventuras de Sherlock Holmes, escuchar a Julio Sosa, construir una guitarra eléctrica, pero no tener que andar movilizándome de un continente a otro. Claro que todos me dijeron que estaba loco, porque estaba en sus mentes el estereotipo que viajar por el mundo otorgaba felicidad. Pero es el día de hoy que no me arrepiento de la decisión tomada. Son aquellos momentos en el bar o en la biblioteca los que recuerdo con satisfacción, una prueba contundente que por entonces fui feliz.
Pero no: para las empresas nada de eso es felicidad porque muchas veces no es vendible. La felicidad suele estar en las cosas pequeñas: pero no en un pequeño yate, una pequeña mansión, un pequeño viaje alrededor del mundo o una pequeña fortuna, sino en otras cosas como una pequeña sonrisa, una caricia, o en un insignificante gesto de amor que no se olvida nunca en la vida. Pero las sonrisas y las caricias no se venden, y por lo tanto carecen de significado para el sistema capitalista, que las usa sólo como medio para vender.
No puedo dejar de mencionar otros dos estereotipos de felicidad cubiertos por los medios masivos. Primero, la idea que la felicidad está en un cuerpo delgado y armónico. ¿O alguien vio un aviso publicitario donde haya un gordo con un granito en la frente? Segundo, la idea que la verdadera felicidad ha de ser una sensación indescriptible, sublime, intensísima o mágica, sobre todo cuando se trata de la felicidad sexual. En realidad la mayoría de los momentos felices son simples y cotidianos, y el hecho de no ser necesariamente intensos o sublimes no los hace intrascendentes porque todos ellos juntos construyen una vida feliz. Como decía Pearl Buck, muchas personas pierden estas pequeñas alegrías esperando la gran felicidad.
Pensar en las cosas que pueden hacernos feliz puede insumir cierto esfuerzo y hasta despertarnos alguna culpa escondida, y entonces buscamos que otros nos provean de modelos de felicidad que muchas veces nos defraudan porque no es la felicidad que hubiéramos elegido.
Pablo Cazau. Agosto 2008.










