lunes 22 de junio de 2009

Me gusta pero no me gusta

Alguna vez te habrá pasado que un conocido te dice pletórico de desbordante entusiasmo “¿Te gusta Piazzolla?”, dispuesto a no aceptar un “No” como respuesta. Y vos, como no querés desilusionarlo, decís que “Sí” aunque sin mucho convencimiento porque en realidad te parece lo más horrible que hay en música. Claro que tendrás que asumir el riesgo de escuchar a Piazzolla durante una hora seguida mientras tus neuronas van derritiéndose de a poco.

Y es así que muchas veces tenés que decir que algo te gusta cuando en realidad te parece espantoso o simplemente indiferente. Ya son legendarios los experimentos donde se llevaba a las personas a un restaurante carísimo diciéndoles que comerían un plato único preparado por un chef internacional, cuando en realidad eran nada más que tallarines de la peor calidad con una vulgar salsa, mientras los comensales convencidos decían que nunca habían comido algo tan rico, aunque íntimamente sabían que el plato no pasaba de la medianía.

Es entendible: vos no querés pasar como un deficiente degustador de la buena comida, ni como un maleducado diciendo que es lo peor que comiste en tu vida. La cortesía asume muchas veces la forma de la mentira social, donde uno debe mentir para quedar bien.

Decís que el heavy metal es la música más excelsa que has escuchado si tenés algo de hipócrita, o hacés un gesto como diciendo que es pasable si sos algo cortés, cuando en verdad te parece algo tan disonante que ni siquiera es música.

Y lo mismo pasa con otras cosas: te tomás un café a la turca porque ya dijiste que era sublime, escuchás una perorata sobre los jugadores que debieran estar jugando en River porque ya pusiste una cortés cara de interesado cuando te empezaron a hablar de fútbol, mientras tu cerebro está orbitando a miles de kilómetros pensando en cómo cambiar de tema.

Quedar bien tiene su precio, de manera que un día decidís ser totalmente franco y decir simplemente “No me gusta Piazzolla”. Pero el problema se agrava, porque enseguida te preguntarán “¿Pero vos lo escuchaste alguna vez?”, y para no quedar como un incoherente tenés que decir que “Sí”, porque no podés saber si te gusta si no lo escuchaste. Luego te preguntará qué temas de Piazzolla escuchaste, qué te pareció el bandoneón y otro sinfín de interrogantes que te obligarán a quedar aprisionado en una conversación que nunca te interesó en lo más mínimo, mientras tu interlocutor se dispone a poner a todo volumen la horrible música.

A mí me entusiasman las cuecas cuyanas y la filosofía de la ciencia, pero ya ni se me ocurre mencionarlas en una conversación, sabedor que a casi nadie le interesan esas cosas. A lo sumo y con mi mejor cara de nada las menciono como al pasar por si algo se despierta en el corazón del interlocutor, mientras busco con ahínco algún tema que podamos compartir con la misma algarabía. A propósito, ¿a vos te gustan las cuecas cuyanas? ¿Siiiií? Venite que te voy a hacer escuchar mi colección de ciento cincuenta temas.

Pablo Cazau. Mayo 2009.