La historia de la Humanidad nos revela que algunos pueblos estuvieron más inclinados a conquistar territorios y hacer la guerra, otros a conquistar mercados y comerciar, mientras que otros eligieron ambos caminos.
Las diferencias son evidentes: en la guerra todos salen dañados, incluyendo al vencedor, mientras se supone que el comercio es una actividad donde ambos se benefician mutuamente en lugar de destruirse.
Indudablemente existen formas simbióticas de comercio donde ambos salen beneficiados, como cuando el cliente compra un caramelo en el kiosco: el cliente satisface su placer oral, mientras que el vendedor se gana algunos centavos.
Sin embargo, existen algunas actividades humanas que son una perfecta mezcla de guerra y comercio, donde el vendedor vencedor intenta por todos los medios dañar al comprador perdedor, dentro o fuera del campo de la legalidad, convirtiéndose en su principal predador.
Aunque la teoría económica define desapasionadamente el comercio como una forma no gratuita de intercambio de bienes, este intercambio suele adoptar la forma perversa de la guerra donde uno sale ganando y el otro perdiendo. No por nada el lenguaje del marketing ha incorporado la palabra ‘blanco’ (target) para referirse a los potenciales clientes: es a ellos a quienes hay que apuntar con armas como la persuasión, la amenaza velada y a veces la agresividad totalmente al descubierto.
Todo el mundo lo hace, pero los EEUU, especialmente en los años de posguerra, son un ejemplo paradigmático con sus manuales donde proclamaban que “la venta comienza cuando el cliente dice no”, y donde la relación vendedor-comprador era descrita como una situación bélica. En aquel país es ya clásica la imagen del insistente y pegajoso vendedor de aspiradoras que ingresa al hogar del desprevenido cliente nadie sabe cómo, y que se propone no abandonarlo hasta vender su producto. Cualquier similitud con Pearl Harbor, Guadalcanal o el Día D es pura casualidad.
En el llamado gran país del Norte la codicia no sólo parece no tener límites sino tampoco vergüenza. La revista Selecciones del Reader’s Digest no sólo busca nuevos lectores prometiendo premios inalcanzables, sino que también utiliza a estos mismos como trabajadores sin paga. Es así que, en su número de Junio de 2009 afirmaba desvergonzadamente: Corría el año 1943. Los lectores enviaban a la redacción un montón de anécdotas graciosísimas, y los editores tuvieron una revelación un tanto maquiavélica: “¡Qué bien! ¡Mano de obra barata!.
Luego, cuando en la década de los ’60 los hippies proclamaron hacer el amor y no la guerra, no fueron muchos quienes les hicieron caso, y todo terminó desembocando, ya en pleno siglo XXI, en la colosal estafa piramidal de 50.000 millones de dólares del financista de Wall Street Bernard Madoff, considerada por muchos la mayor de la historia.
Las estafas piramidales encuentran su inspiración en el llamado esquema Ponzi, de principios del siglo XX, cuando un señor del mismo nombre prometía pagar intereses mayores a los de plaza, para lo cual utilizaba el dinero de nuevos clientes. Ese era todo el secreto, y es así que uno llega a preguntarse: ¿no será mejor una buena guerra con sangre y todo que vender acciones o aspiradoras?
Pablo Cazau. Junio 2009.




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